Cada ángel es una especie

La diferencia entre el ángel y el hombre en cuanto a su constitución ontológica permite iluminar, por contraste, aquello que el cuerpo añade al ser propio de la criatura racional encarnada. La primera de estas iluminaciones parte de la idea de que cada ángel agota en sí mismo una especie entera, idea que es una tesis central de la angelología tomista.

El primer punto de esta antropología filosófica que aquí expongo concierne a la relación entre especie e individuo y al papel que la materia desempeña en ella. En el caso del ser humano, la especie, es decir, la humanidad, reúne bajo un único concepto a todos los hombres y mujeres que han existido, existen y existirán. La especie es una y los individuos muchos. Cada uno posee un rostro irrepetible, una voz que nunca volverá a sonar del mismo modo en la historia, una mirada que ocupa un lugar único bajo la luz del mundo. El principio que explica esta multiplicidad dentro de la unidad específica es la materia, porque es ella la que individualiza.

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Esencia y unidad del ente en Aristóteles

En la ontología aristotélica, el ente sensible no se ofrece de entrada como una unidad pacífica, sino como una realidad internamente tensada por el devenir. Aquello que es, en cuanto sujeto al cambio, aparece siempre como capaz de ser y de no ser, esto es, como potencia abierta a diversas determinaciones. Por ello, Aristóteles sitúa en cada ente un principio de indeterminación, la materia, que lo hace susceptible de alteración, de tal modo que puede afirmarse que cada cosa es, en cierto sentido, capaz de no ser. Esta potencialidad, que el Estagirita identifica explícitamente con la materia (Metafísica, Ζ, 7, 1032 a 19), introduce en el ente sensible una suerte de fractura originaria: lo que es en acto se halla siempre expuesto a lo que puede llegar a ser. La unidad del ente no puede, por tanto, darse por supuesta en el plano inmediato de la experiencia.

Es precisamente esta dificultad la que explica el desplazamiento metodológico que Aristóteles realiza en el libro Ζ de la Metafísica, al reconducir la investigación del ser hacia la esencia. Sin embargo, esta decisión no está exenta de tensiones. El ente sensible no se reduce a su esencia, pues incluye también la materia y el compuesto de ambas. ¿Por qué, entonces, comenzar por la esencia? Aristóteles aduce tres motivos principales: la esencia es lo primero en el orden de las categorías; es aquello que puede existir separadamente; y constituye el núcleo de la definición, de modo que no hay conocimiento verdadero sin conocimiento de la esencia. No obstante, estas razones oscilan entre dos nociones próximas pero no idénticas: la esencia (tò tí ên eînai) y la sustancia (ousía). La subsistencia separada parece corresponder a la sustancia, mientras que la inteligibilidad definitoria remite a la esencia. Esta oscilación no es accidental, sino indicio de una dificultad más profunda: la de determinar con precisión el estatuto de aquello que, siendo principio de inteligibilidad, no coincide plenamente con el ente sensible en su concreción.

La esencia, entendida como tò tí ên eînai, designa la quididad, aquello por lo cual una cosa es lo que es. Pero esta noción plantea dos problemas fundamentales: si todos los entes poseen quididad y, en caso afirmativo, si dicha quididad se identifica con el ente concreto. La respuesta aristotélica no es unívoca, pues depende de la estructura interna de cada tipo de ente, en particular de la relación entre forma y materia.

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El ente en la filosofía de Aristóteles

Aristóteles, nacido en Estagira el año 384 antes de la venida de Cristo, de profesión médico por ascendencia paterna y por formación filósofo, floreció en la escuela del divino Platón, de quien fue discípulo aventajado y, no obstante, renovador audaz. Criado entre las ciencias naturales y los cuerpos vivientes, no tardó en inclinar su ingenio … Leer más