Según González Álvarez, Á., en su Tratado de metafísica. Ontología, la esencia y la existencia no deben entenderse como dos realidades independientes que, al juntarse, formen una tercera cosa, porque eso implicaría que cada ente concreto estaría hecho de otras dos cosas previas. Tampoco cabe considerarlas como fragmentos separables de una misma realidad, ya que no es posible pensar un algo que no exista ni una existencia que no sea existencia de algo. Sin embargo, entre ambas media una distinción real: no son idénticas, aunque esa diferencia no equivale a la separación física de dos objetos. Precisamente esta articulación explica la condición finita del ente singular, y de esa finitud se sigue su carácter causado, puesto que todo lo compuesto remite a una causa. Solo lo absolutamente simple carece de causa; por ello, o es desde siempre, o no llega a ser de ningún modo.
Como sostiene el autor, la esencia desempeña el papel de potencia receptiva respecto del existir y opera como principio delimitador del ente. La existencia, en cambio, considerada en sí misma, no está restringida y cumple la función de actualizar las determinaciones formales. Cuando ambas se coimplican, la esencia contrae y determina aquello que la existencia actualiza. De ahí surge la impresión de que el ente finito, por componerse de esencia y existencia, reproduce también la estructura de potencia y acto. Esa irreductibilidad funcional obliga a admitir que no son lo mismo.
Algunas objeciones, agrega G. Álvarez, no logran desmontar esta tesis. Si se afirmara que la esencia posee realidad por sí misma antes de existir, entonces la existencia dejaría de ser necesaria para dar cuenta de ella. Y si se replicara que la esencia limita a la existencia solo porque esta ya le es previa, tampoco se resolvería el problema: o bien se convierte la esencia en un principio superfluo, o bien se vacía de función a la existencia. En ambos casos se pierde el sentido de su composición. Por eso no se puede arrancar ni de una esencia situada en un supuesto ámbito previo de posibilidad, ni de una existencia indeterminada aún no referida a nada concreto, ni siquiera de una acción creadora pensada como producción separada de una y otra. El punto de partida legítimo es el ente singular efectivamente dado, que comparece ya como unidad de esencia y existencia, inseparables en su mutua referencia. No hay esencia al margen del existir, ni existir aislado del ente.
La diferencia entre esencia y existencia no debe interpretarse como relación entre cosa y cosa, ni como división material de partes dentro de un mismo objeto. No es una escisión física, sino una distinción metafísica. Pero de ello no se sigue que ambas sean idénticas. La identidad podría pensarse absorbiendo la existencia en la esencia, la esencia en la existencia, o ambas en un tercero, el ente finito. No obstante, esas soluciones pasan por alto una posibilidad distinta: la de lo realmente irreductible aunque inseparable. Entre la plena separabilidad y la completa identidad cabe reconocer un tercer modo: dos principios que no pueden darse aislados, pero que tampoco se dejan reducir uno al otro. Ahí radica la verdadera distinción real.
La historia del problema, sigue diciendo nuestro filósofo, ilumina esta solución. En Aristóteles no aparece formulada la diferencia entre esencia y existencia, aunque sí la de potencia y acto, que prepara su comprensión. En Plotino, Porfirio, Proclo, el Seudo Dionisio, San Agustín y San Hilario se encuentran antecedentes favorables. Boecio plantea el asunto de manera todavía vacilante mediante los términos quod est y esse, sin que correspondan todavía estrictamente a esencia y existencia; aun así, dejó abierto el camino para la distinción ulterior. Gilberto Porretano fue quien advirtió con mayor claridad el alcance del problema, y también Hugo de San Víctor recurrió a formulaciones semejantes.
En el ámbito árabe, la cuestión se vuelve más precisa con Al-Farabí y Avicena. Ambos caracterizaron a Dios por el existir mismo y sostuvieron que, en los entes contingentes y causados, esencia y existencia difieren, de modo que esta última se añade desde fuera por la acción de la causa primera; por eso tendieron a considerarla como accidental. Averroes rechazó esa distinción real y negó que la existencia se agregue extrínsecamente a la esencia. Maimónides, por el contrario, coincidió con Avicena en distinguirlas. Santo Tomás aceptó la diferencia, pero se opuso a entender la existencia como accidente. En el siglo XIII, Guillermo de Alvernia defendió, con inspiración aviceniana, que el ente creado está compuesto en cierto modo de lo que es y de aquello por lo que es, y que el existir sobreviene desde fuera.
Alejandro de Hales, San Buenaventura y Juan de Rupella emplearon igualmente las fórmulas quod est y quo est, aunque con matices distintos. Alberto Magno se inclinó por la distinción, pero no consiguió precisarla con claridad, en buena parte porque no separó nítidamente este problema del que media entre naturaleza y supuesto. Santo Tomás, aun sin usar expresamente la fórmula realis distinctio ni tematizar de forma directa la controversia, sostuvo la distinción real. Más tarde se atribuyó a Egidio Romano una formulación explícita de la tesis, entendida como diferencia entre dos cosas inseparables. Esa lectura amplificó el debate, aunque probablemente fue más extrema que la posición del propio Tomás, para quien el esse no aparece como una tercera cosa añadida a la materia y a la forma. Frente a Egidio, Enrique de Gante propuso una diferencia meramente lógica, fundada en la relación del ente creado con su causa. Desde entonces la discusión atravesó durante siglos el núcleo mismo de la metafísica.
En síntesis histórica, González Álvarez recuerda que entre los defensores de la distinción real figuran autores como Bernardo de Trilia, Bernardo de Alvernia, Tomás de Sutton, Capréolo y Cayetano, mientras que sus opositores pueden agruparse entre averroístas, escotistas, nominalistas y suaristas. La filosofía no escolástica abandonó pronto esta temática, aunque en Espinosa reaparece bajo otra forma: en el plano físico, el entendimiento considera las cosas bajo la sucesión temporal, donde cabe distinguir posibilidad y efectividad; en el plano metafísico, en cambio, contempla todos los entes como modos de una sustancia necesaria, y allí desaparece la diferencia entre esencia y existencia. En la época contemporánea el problema sigue vivo en diversos pensadores, mientras que en la escolástica subsisten sobre todo las líneas tomista y suarista; esta última considera suficiente una distinción de razón con fundamento real para diferenciar la creatura de Dios.
A su juicio, la respuesta más ajustada consiste en afirmar que esencia y existencia se articulan en el ente finito como composición real, lo que significa que no son una sola y misma realidad. Para mostrarlo conviene examinar sus funciones propias y comprobar así que son mutuamente irreductibles.
La existencia ejerce dos operaciones fundamentales. La primera es poner absolutamente al ente singular, es decir, actualizarlo, realizarlo, sacarlo de la nada y de la mera dependencia causal para constituirlo efectivamente. Cuando se dice que la existencia es en sí ilimitada, no se habla de la existencia divina en el ente finito, ni de una infinitud actualmente poseída por la cosa creada, sino del carácter trascendental y analógico con que el entendimiento concibe el existir. Esa idea abstracta no produce nada en la realidad. Lo que actualiza es la existencia misma del ente concreto, no una noción universal. Pero tampoco se trata de una existencia pura y separada: en el ente finito el existir comparece ya esencializado, de modo que el ente mismo es existencia concretada en una esencia. La existencia, en referencia a la esencia, cumple así la función de existencializar o actualizar al sujeto.
La segunda operación de la existencia deriva de la primera: al estar realizado, el ente particular entra en un orden universal de entes. No se trata de que ese orden sea un todo compuesto de partes, sino de una comunidad de orden en la que cada ente queda proyectado junto con otros dentro de una totalidad inteligible.
Por su parte, la esencia no debe pensarse como posibilidad flotante o meramente ideal, sino como principio interno del ente concreto. Su tarea consiste en referir el ente a la existencia bajo la forma de una individualidad determinada, encuadrándolo en una totalidad singular y cerrándolo sobre un modo preciso de ser. De esa función brota la segunda: al ser esenciado, el ente queda limitado; está constreñido a ser este ente y no otro, a ser tal y solamente tal.
La conclusión de González Álvarez, Á., es que estas dos funciones no pueden reducirse entre sí. No equivale a lo mismo hacer que algo sea que hacer que sea esto. Una operación abre al ente a la actualidad y a su inserción en un orden común; la otra lo determina y lo clausura en su singularidad propia. La primera remite a proyección y comunicación; la segunda, a delimitación y autonomía. Por eso, si esencia y existencia son principios de actos irreductibles, también ellas mismas deben ser consideradas realmente distintas, aunque inseparables en la constitución del ente finito.