Dice Brian C. Anderson en The Future of Journalism que hace ya ya unas tres décadas si uno atiende al calendario, pero casi una vida si repara en el curso acelerado de la tecnología, Peter Huber contempló la sombra alargada de Orwell y decidió pensarla desde un ángulo inesperado. Donde el novelista inglés vio un ministerio omnipresente que amasa la historia como arcilla blanda, el analista norteamericano percibió la inminencia de una dispersión, una suerte de centrifugación de la palabra pública. La red electrónica, todavía entonces en germen, prometía multiplicar los focos de emisión hasta convertir el antiguo flujo unidireccional en una conversación que se prolonga, como esas aguas subterráneas que nunca dejan de correr. No triunfaría un ojo severo y único, pensaba Huber, sino miríadas de miradas menores y pertinaces, un coro de voces libres que desafiaría a los viejos guardianes.
Huber tuvo el acierto de enunciar, con una lucidez que el tiempo ha confirmado, que las máquinas comunicativas no restringen la palabra, más bien la desbordan. La concentrada autoridad cultural que durante décadas marcó el pulso de los periódicos tradicionales comenzó a resquebrajarse. Las transformaciones en la radio, en la televisión por cable y luego en el aún tambaleante mundo digital abrieron una grieta por la que irrumpieron voces de otros signos, convicciones que hasta entonces apenas encontraban cauce en la corriente dominante.
Sigue diciendo Anderson que la ruptura tecnológica, sin embargo, arrastró consigo la estructura económica que sostenía el viejo templo del oficio. Andrey Mir ha descrito este cataclismo como la edad del posperiodismo, una transición que pulverizó el modelo publicitario y con él la pretensión de fría neutralidad que había servido durante años como escudo de la profesión. El anuncio masivo cedió ante el ingreso procedente del lector fiel, el periódico se hizo espejo identitario (pregúntenle a Elisa Beni), la redacción abandonó la plaza pública y se convirtió en un escenario donde cada actor representaba la pertenencia de su tribu.
No resulta extraña la erosión consecuente de la confianza. Las grandes cabeceras insistieron en presentarse como árbitros de la verdad mientras el país percibía, cada vez con mayor claridad, la inclinación de la balanza. Episodios recientes, desde la insistencia en ciertas narrativas políticas hasta la supresión de informaciones incómodas, reforzaron la sospecha de que la verdad había perdido su universalidad para convertirse en insignia partidista. La geografía de los medios, concentrados en unas pocas ciudades impregnadas de una misma atmósfera ideológica, no ayudó a disipar el recelo.
Con todo, la necesidad humana de comprender lo real no se debilitó. El deseo de saber quién hizo qué, dónde aconteció, qué fuerzas empujaron los hechos, sigue latiendo. Las experiencias de publicaciones como City Journal lo demuestran, pues sus reportajes, armados con documentos, testimonios y la minuciosidad del que excava hasta hallar el hueso duro de la verdad, han hallado un eco inmenso. Tal vez sea esa capacidad de encarnar en rostros y vidas las abstracciones de la política lo que permite que el lector perciba de nuevo el peso del mundo.
La figura del periodista ha comenzado a metamorfosearse en emprendedor solitario, artífice de su propia comunidad de lectores. Creadores como Matt Taibbi o iniciativas como Free Press han demostrado que una voz firme, sostenida por un criterio propio, puede reunir en torno a sí una audiencia fiel sin la intermediación de un periódico tradicional. Plataformas como Substack y X han abierto la puerta a este nuevo modo de existencia del periodista, un modo más frágil quizá, pero más libre. El paisaje actual se asemeja a una conversación interminable en la que intervienen innumerables intérpretes, algunos rigurosos, otros imprudentes, aunque todos responden de manera inmediata ante quienes los leen.
Quien aspire hoy a ejercer este oficio haría bien en reconocer esta realidad cambiante. Aún importa, y tal vez más que nunca, salir al encuentro de las historias que esperan ser contadas, sobre todo en esas regiones de la vida pública que la prensa tradicional mira con desdén o ignora. Importa también asumir la dimensión emprendedora, la necesidad de forjar una marca personal que inspire la confianza perdida en las instituciones.
Mientras tanto, una nueva ola tecnológica llega con su empuje silencioso. La inteligencia artificial ya participa en los engranajes del trabajo periodístico, capaz de sintetizar información, rastrear patrones o sugerir líneas de investigación. Francesco Marconi prevé una transformación honda del oficio, una reorganización del tiempo que podría liberar al reportero de faenas repetitivas para concentrarse en lo que exige juicio, interlocución viva y mirada propia. Existe, sin embargo, un riesgo latente: el predominio de un contenido generado por máquinas que amenaza con diluir lo singular en una marea de textos intercambiables. El periodista del futuro tendrá que dominar estas herramientas sin cederles aquello que lo define.
Los viejos medios seguirán buscando su lugar en este entorno movedizo. Algunos erigirán su identidad en torno a figuras de quienes los lectores acepten la palabra, otros explorarán formatos nuevos, quizá incluso la recuperación del objeto impreso como signo de seriedad. Experimentos recientes, desde la reconfiguración de The Atlantic hasta la creación de nuevas revistas físicas, apuntan a una paradoja interesante: la escasez como marca de prestigio en medio de un océano de abundancia. El tiempo dirá si esta intuición encuentra acogida en el público, así como revelará si la promesa de un periodismo más equilibrado se sostiene o se desvanece.
Concluye Brian C. Anderson su escrito con la advertencia de que la historia moderna de la profesión no parece sino un largo tránsito entre fuerzas contrapuestas. La libertad amplificada por la red convive con la proliferación del ruido, la democratización expresiva con la fragilidad institucional, la eficiencia algorítmica con la amenaza a la originalidad. Sin embargo, persiste en el fondo una antigua sed humana: la necesidad de un relato fiable que otorgue sentido al devenir. Tal vez el porvenir del periodismo pertenezca a quienes sepan armonizar esa abundancia con una renovada autoridad, a quienes comprendan que la tecnología es instrumento y no destino, y que la misión final del oficio es desvelar, con humildad y firmeza, el rostro mismo de la realidad.