El rey, el sabio y el filósofo

Veamos ahora con más detenimiento los dos factores que Thomson aduce, a saber, los políticos, con especial referencia a la monarquía, y los sociales, por haber accedido a una sociedad comercial, pues en ambos terrenos se produjeron cambios que ilustran sobremanera los cambios que a su vez tuvieron lugar en lo intelectual.

La transformación de las formas políticas griegas tuvo una importancia decisiva. Con anterioridad a la democracia y a la sociedad comercial había existido la monarquía, que, por su papel de relación privilegiada con la divinidad, era el centro de explicación del orden natural. Era un tipo de rey al que se atribuía la responsabilidad del transcurso del tiempo y de la sucesión de los meteoros naturales. Cuando este rey mago hacedor del tiempo desapareció, arrastró tras de sí el orden que regulaba todo lo natural.

Ese fue el preciso momento en que se hizo necesaria la actividad de los filósofos, los hombres que hubieron de tomar a su cargo la tarea de relevar al rey mago y buscar una explicación plausible de lo que corría el riesgo de quedar inexplicado. Pero esa especial sucesión monárquica, a propósito de la cual viene a cuento recordar cómo Platón propugnaba elevar al filósofo a la categoría de rey, cuya función principal sería la de interpretar la realidad, no podía llevarse a cabo sin que hubiera alguna diferencia entre el antiguo y el nuevo estado de cosas. La fundamental residía en que, mientras la realeza solucionaba un problema implícito que nunca se hacía consciente, el filósofo, un hombre entre otros hombres, debía enfrentarse a la discusión del problema mismo. Esta es la opinión de Vernant, quien, como conclusión a ella, define la filosofía como una estricta racionalización del mito, que ha tomado la forma de un problema explícitamente formulado”. La aparición de la filosofía no pasó de ser una clarificación y sistematización de elementos procedentes del mito. Ella no creó herramientas conceptuales nuevas, sino que las descubrió en la tradición y les añadió definiciones precisas y análisis cada vez más rigurosos. Luego habría venido a consistir en una profundización sistemática, más que racionalizadora, en los materiales proporcionados por el mito.

Si a la desaparición de la figura del rey hacedor del tiempo se añade la de otras figuras relevantes en los albores de la intelectualidad griega, cuya herencia hubo de recibir también el filósofo, se tendrá un panorama más completo de las funciones que éste tuvo que desempeñar. Se trata de hombres que a sí mismos se llaman adivinos, tal vez semejantes a los profetas del Antiguo Testamento, pero no son sacerdotes y tampoco reyes. Reúnen en su persona las cualidades del poeta, el adivino y el mago, confundidos en un solo poder mántico, el de penetrar, más allá de las apariencias sensibles, en un mundo habitualmente prohibido al resto de los mortales. Estos personajes eran para Colli los verdaderos sabios, los hombres que sirvieron de modelo al filósofo y cuya imitación le valió su propio nombre: el filósofo no posee sabiduría, sino inclinación a ella; la sabiduría se dio en el más puro sentido entre aquellos hombres.

Era un saber cerrado al grupo selecto de los iniciados, que lo recibían a la manera en que se recibe un precioso don, sin cuestionarla ni ponerla en litigio. Hasta podían ser castigados por atreverse a extenderla al resto de los mortales, de lo cual son una buena muestra las prácticas que hoy sabemos tenían lugar en las sectas de los órficos y los pitagóricos. Pero la filosofía fue más lejos que aquellas sectas cerradas que se definían en su aislamiento, pues ya antes de la desaparición del sabio había empezado un proceso de divulgación y publicidad de verdades hasta entonces ocultas que el filósofo se encargó de llevar mucho más allá de los límites de una escuela o una secta. Este nuevo personaje amplió los conocimientos que los adeptos de las escuelas recibían sin controversia a todo el que quisiera oírlo, a toda la ciudad.

Pero esto no fue así por alguna suerte de rebelión contra los antiguos sabios. Según opina Cornford, los filósofos griegos, como en realidad toda persona, construyen sus sistemas filosóficos de la misma manera que se escribe un poema, dejándose llevar de las propias inclinaciones y argumentando contra las doctrinas que se detestan. Esa argumentación es impensable mientras la sabiduría del sabio quede encerrada en los estrechos límites de la secta, pero, una vez que éstos se difuminen y sus verdades se expongan públicamente al juicio de todos los que quieren juzgar, lo mismo que se expone la mercancía a todo el que quiere comprar, los conocimientos habrán de cobrar un aspecto aceptable, capaz de resistir críticas y controversias procedentes de otras escuelas que antes quizá habrían permanecido desconocidas. Eso hizo que las ideas adquiriesen la forma argumentada y persuasiva del discurso.

A lo que contribuyó de forma decisiva la escritura, de la que diré algo en días próximos.

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2 respuestas a El rey, el sabio y el filósofo

  1. RDC dijo:

    Hola, te lo escribo aquí porque en los post sobre la Moira no me sale ningún recuadro para comentar.

    Nada, me ha gustado mucho el tema de la Moira. Y sí, es muy interesante omo luego os filósofos “despersonalizan” este concepto; especialmente los estoicos cuando lo terminan por representar como “la voluntad cosmica divina”.

    Es un pensamiento que ha influenciado enormemente en occidente. La edad moderna, en gran medida, se sustentó sobre él. Y sí, Hume fue el primer crítico al respecto.

    Sigue escribiendo… y te sigo leyendo!

  2. RDC dijo:

    Solo comentarte que intento escribir en otros posts del blog, como el último que has publicado, y no hay manera de que aparezca el recuadro de texto para ello.

    Un saludo

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