El presente

Que Dios ha muerto significa para el filósofo prusiano que Europa se enfrenta a la desaparición de los valores racionales y morales que la han guiado hasta el presente. Hay todavía quien sigue fingiendo que queda algún rescoldo del fuego antiguo, pero incluso él está secretamente convencido de la extrema fragilidad de aquellos valores, aunque sigue aferrándose a ellos por ver si llena el hueco que ha quedado. Una voluntad incapaz de querer algo se ha convertido en su propio verdugo, tornándose voluntad de la nada. Un hombre se inmolaba antes al más allá religioso. Ahora dice que, habiendo sustituido ese más allá por el ideal científico, causa del derrumbamiento del anterior edificio en el interior de su conciencia, se entrega a la búsqueda de la verdad objetiva. Pretende seguir orientando hacia la verdad el afán que el creyente orientó hacia Dios. El ateo es el hombre más piadoso que hay. Es víctima de su deseo de verdad porque no puede permitirse el lujo de creer en la religión. Dios ha matado a Dios. La tradición moral y religiosa se ha suicidado. Su acta de defunción es el nihilismo del presente. Sigue leyendo

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Moneda y filosofía

En consecuencia, la filosofía repite en lo esencial la religión de los dioses olímpicos. Pero hay más. Algunos sucesos que se estaban produciendo en la sociedad griega al mismo tiempo que tenían lugar en lo religioso y lo filosófico los cambios mencionados fuerzan a ampliar considerablemente el horizonte de lo que estamos tratando, pues aportan unos elementos de juicio que, junto a lo dicho sobre la mitología, proporcionan una perspectiva imprescindible para comprender adecuadamente la posición de la filosofía en relación con las demás partes de la cultura griega. Sigue leyendo

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El destino de la Moira

Resta solamente decir algunas palabras acerca del destino que a la misma Moira tocó cumplir en la evolución de la mentalidad griega. Su significado originario era el de lote o parte que se asigna a alguien o algo. En la religión olímpica dio lugar a la existencia de tres compartimentos en el universo, cada uno de los cuales había sido por igual entregado a alguno de los tres grandes dioses, con la obligación expresa de que ninguno de ellos podía usurpar el territorio asignado a otro. Como se ha advertido, era una exigencia implícita en el sistema politeísta, y no era desconocida de las gentes, como puede comprobarse en el canto XV de la Ilíada, donde Poseidón se declara humillado por haber recibido una orden de Zeus en la que le manda dejar de luchar a favor de los aqueos. Su humillación no es otra que la de recibir un mandato de un dios igual a él: Sigue leyendo

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El rey, el sabio y el filósofo

Veamos ahora con más detenimiento los dos factores que Thomson aduce, a saber, los políticos, con especial referencia a la monarquía, y los sociales, por haber accedido a una sociedad comercial, pues en ambos terrenos se produjeron cambios que ilustran sobremanera los cambios que a su vez tuvieron lugar en lo intelectual.

La transformación de las formas políticas griegas tuvo una importancia decisiva. Con anterioridad a la democracia y a la sociedad comercial había existido la monarquía, que, por su papel de relación privilegiada con la divinidad, era el centro de explicación del orden natural. Era un tipo de rey al que se atribuía la responsabilidad del transcurso del tiempo y de la sucesión de los meteoros naturales. Cuando este rey mago hacedor del tiempo desapareció, arrastró tras de sí el orden que regulaba todo lo natural. Sigue leyendo

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La Moira y la filosofía

Es difícil exagerar la importancia de la Moira, una categoría de pensamiento de la que brotaron grandes ideas que pervivieron en distintos campos de la actividad intelectual cuando ella misma ya había desaparecido. Puede decirse incluso que su influencia no se ha apagado, por más que creamos hoy habernos librado de ella. La Moira era por derecho propio el tema central del politeísmo griego.

Por exigencias lógicas, cualquier politeísmo riguroso, si ha de permanecer tal, debe concebir un universo carente de propósito definido que pueda proceder de alguna inteligencia. Menester sería que fuera una inteligencia divina, omnipotente, para ser capaz de dotar de finalidad al universo entero y al resto de los mismos dioses, pero entonces no sería un estricto politeísmo, pues esa personalidad todopoderosa estaría a un paso de eliminar al resto de las divinidades y engendrar así un monoteísmo. Pero entre los griegos no ocurrió tal cosa. Los dioses tenían repartidas las esferas de poder del mundo y a ninguno de ellos le era permitido apoderarse del plan general. Zeus, el dios que más derechos podría haber alegado para declararse único, no pasaba de ser uno más, a pesar de su título de padre de los dioses y los hombres. No podía irrumpir en la parcela de poder que sus hermanos Poseidón, el dios de las aguas, y Hades, el dios de abajo, tenían asignada y, en última instancia, se le podía si acaso reconocer como el poder máximo del momento presente del universo, pero las gentes sabían de la existencia de otros dioses, oscuros pero tan poderosos como ellos (los Titanes, Cronos. . .), a quienes pertenecía el gobierno de otros mundos futuros y había ya pertenecido el de otros áureos tiempos pretéritos. Sigue leyendo

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Mito y razón en la antigua Grecia

La filosofía no nació en Grecia como negación o abandono de la mitología, sino como especulación sobre temas tradicionales presentes en la mitología, desde otra perspectiva. La relación entre ambas no fue de oposición, como tantas veces se ha dicho. No hubo enfrentamiento entre la religión y el pensamiento racional, ni se abandonó la primera y se entró en el segundo, como si la razón fuera una entidad envolvente, a la manera del alma del mundo de que habló Plotino, en la que se puede entrar o de la que se puede salir.

Esa supuesta oposición ha sido del todo negada después de crítica de la tesis de Lévy-Bruhl, el autor que postuló la existencia de una mentalidad que llamó prelógica, aunque no irracional, anterior al pensamiento racional y diferente de él, una mentalidad que, en lugar de seguir el principio de contradicción, seguía el de participación. El empeño de Lévy-Bruhl fue el que mejor diseñó un supuesto pensamiento no racional o científico, pero fue un empeño inútil, como él mismo reconoció, dando muestras de una honradez intelectual nada común. Lévy-Bruhl fue el mejor crítico de Lévy-Bruhl. Encontró que su teoría era inadmisible y que, en consecuencia, no puede trazarse una línea que ponga el pensamiento científico racional a un lado y al otro el religioso o mítico. Sigue leyendo

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Formar parte de un conjunto

Una muchedumbre cualquiera no es una comunidad de ciudadanos. Tampoco un clan, una tribu, una nación étnica o cualquier otro agregado humano que reclame un progenitor común, sea real o ficticio. Una comunidad de ciudadanos, una nación política, no se identifica siquiera con el territorio que habitan sus miembros, sino con la continuidad en el tiempo otorgada por la seguridad de formar parte de un conjunto al que pertenecen por igual los hombres del presente, los que ya murieron y los que habrán de nacer más tarde. Todos ellos contribuyen en una medida u otra a la construcción de un todo que consta de artes, ciencias, derecho, religión y moralidad. La participación en esta obra y el disfrute de la misma es lo que hace que un hombre sea ciudadano y tenga la oportunidad de ser un hombre completo y realizado.

El hecho de que esta obra, en la que consiste verdaderamente la nación política, haya existido durante muchos siglos bajo diferentes gobiernos es una prueba suficiente de su vigor. Esto solo debería bastar para comprender que no puede haber brotado de una decisión ocasional, por más multitudinaria que haya podido ser, y que no pertenece al orden de lo artificial, sino al de lo natural, pues hunde sus raíces en la naturaleza propia de las cosas humanas. Ahí reside su orden propio. Esto es la constitución natural.

Lo que llamamos habitualmente constitución es una ley promulgada por un grupo particular de individuos que viven en un presente dado. La de 1812 y todas las que vinieron después hasta la de 1978 pertenecen a esta clase. Son leyes cuya relación con la constitución natural se parece a la relación que guarda un libro de gramática con el idioma hablado en que serán tanto más verdaderas cuanto mejor reflejen el orden y estructura de la nación política, es decir, cuanto mejor recojan en su articulado ese todo constituido por las artes, las ciencias, el derecho, la religión y la moralidad que cultivaron nuestros mayores, disfrutamos nosotros hoy y heredarán nuestros sucesores.

(Publicado en el Diario de Jerez el 07/12/2007)

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La cultura, sucedáneo de la gracia

Se hace necesario estudiar teología para saber qué lugar ocupa la religión y no confundirla con otros sectores de la vida, como es el caso del concepto de cultura que a continuación pretendo analizar, siquiera sea de modo escueto y simple. El actual concepto de cultura es un sustituto de la idea de gracia. No es el único que ha adquirido carácter religioso. También están el de progreso, el de utopía y otros.

Soy deudor de Gustavo Bueno en las consideraciones que siguen.

1. La fuerza expansiva del concepto

Algo muy digno debe hallarse en la idea de cultura cuando son tantos los que se inclinan ante ella y le rinden veneración. Tal vez sea que “la cultura hace al hombre”, como dicen muchos. O que, como dicen otros de manera redundante, sin ella seríamos como las bestias del campo, libradas a su mero instinto. ¿Cómo no inclinarse ante lo que nos eleva sobre nosotros mismos al liberarnos de nuestra animalidad? La cultura es lo supremo, la diferencia específica que separa al hombre de la naturaleza. Hay que mostrarle entonces el máximo respeto. El animal cultural, como define Carlos París[1] al homo sapiens, debe su ser a esa totalidad compleja que incluye elementos tan variados como herramientas y máquinas, normas morales, económicas o religiosas, instituciones sociales, realizaciones artísticas, etc. Sigue leyendo

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Razón y progreso

De dos cosas he de tratar hoy brevemente, de la razón y del progreso, cosas ambas de importancia suma para los ilustrados del XVIII y sus posteriores secuaces, cuales fueron los revolucionarios franceses, pues pusieron en las armas y la rebelión lo que ellos habían puesto en la inteligencia y el discurso. Las dos fueron eficaces para, supuesto que la historia es un río de orillas izquierda y derecha según es la corriente, suponer en la derecha, motejados de retrógrados e irracionales, a quienes no las tomaban en consideración ni hacían de ellas materia para la guía política y social.

Fiesta de la Razón. 1793

Fiesta de la razón. 1793

El significado de la razón es por demás ambiguo e indefinido en el uso que de ella hicieron. Hacer uso de ella, a fin de cuentas, es algo que todos hacemos en nuestra vida diaria, y más y mejor en las ciencias y los saberes en general. Y, tanto en un campo como en el otro, es posible hacerlo de tres maneras: o bien se desciende de lo universal a lo particular, que se llama deducción, o bien se asciende de lo particular a lo universal, y se llama inducción, o bien, por último, se combinan una y otra, cosa por cierto la más común de todas. De la inducción hacen uso las ciencias positivas, obligadas a confirmar o desmentir sus hipótesis y teorías en algún experimento, bien entendido que también usan por fuerza la deducción. De la deducción hacen uso exclusivo las matemáticas y la lógica. Sigue leyendo

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Eugenesia o la cría de los mejores

Dijo Nietzsche que el hombre de ahora es el del nihilismo pasivo, un ser de cultura amplia que se preocupa de su salud, el último hombre.

Tanto la idea de cultura como la de salud tiene muy distintos sentidos. Habrá ocasión de tratar los de la primera, pero ahora hablaré de algunos de la segunda. Seguramente Nietzsche no habría adivinado bajo qué aspecto se habría de presentar la preocupación por la salud en el siglo XX, pese a que en alguna medida hundía sus raíces en su sistema filosófico.

La salud se dice en varios sentidos, tantos que no es fácil tenerlos todos en cuenta. Se dice, por ejemplo, que un hombre está sano y que un cierto clima es también sano, pero el vocablo no tiene el mismo significado en ambos casos. Al segundo se le aplica por analogía con el primero, siendo éste el analogado principal porque es el sujeto del que con toda propiedad se predica la salud o la enfermedad y del otro solamente en referencia al primero. Se habla también de salud reproductiva, salud del planeta (¿se llegará a hablar de salud del sistema solar?) o de salud digital. Durante una gran parte del siglo pasado se habló de salud del grupo biológico, salud mental, salud de la sociedad, salud de la especie, salud de la nación o salud de la raza. Sigue leyendo

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Amor a la vida y virtud

Quiero referirme a la conexión de la idea de suicidio con la ontología y la ética, lo que me obliga a deshacer previamente algunos equívocos presentes en las palabras y los conceptos que acompañan a esta idea.

Para empezar, digo que el suicidio es en realidad lo contrario de lo que aparenta ser.  No es odio a la vida, sino amor por ella, amor incluso desesperado y violento. Si al que se quiere matar se le quitara la causa de su desesperación, si se le evitara todo sufrimiento, él mismo se precipitaría con ansiedad en el gozo de vivir. Lo que él odia es la forma dolorosa y mísera con que se le presenta, pero él quiere la vida de modo más firme y consciente que la mayoría.

Éste es un hecho incontestable. Se diría que ha arraigado en nosotros un misterioso y potente instinto de cuyo influjo no es posible evadirse. Más que ocultarlo, el infortunio lo muestra en toda su fuerza y vigor. Cuando una cierta forma de vida se convierte en un tormento se desea acabar con esa forma, pero no con la vida misma, aunque en ocasiones parezca que hay que acabar con la segunda para liquidar la primera. Sigue leyendo

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Persona y naturaleza humana

Algún sistema de filosofía política, como también la gente del común, sobre todo la que dice ser demócrata, creen que el Estado existe para que se desarrolle en toda su plenitud la naturaleza humana. Si esto es verdad, no puede tener una estructura cualquiera, sino sólo la que facilite esa plenitud del mejor modo posible. Aunque hay disputa sobre cuál es el mejor desarrollo de una persona, no parece que pueda haberla en que un Estado nivelador no es un buen medio para ese fin, porque lo propio de cada individuo humano es ser algo único e irrepetible. No es éste sin embargo el tema que hoy quiero tratar, sino del derecho a la vida y si el titular del mismo es la naturaleza humana individual o la persona.

Parece indiscutible que si se niega o restringe de algún modo la vida no es posible que haya ninguna manera de perfeccionarla, porque, muerto o incapacitado el sujeto, nada o muy poco puede hacerse ya. En consecuencia, el primer cuidado de la ley tiene que ser el de garantizar en primer lugar que ésta llegue a existir y, en segundo, que no sea interrumpida o dañada por decisión injusta del Estado o de un particular a quien el Estado autorice u ordene. Sigue leyendo

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El derecho a la vida

Quien dice que tiene derecho a la vida no está diciendo que hay algo en su persona con ese nombre, como si fuera parecido a tener estómago o bazo. Tener ese derecho significa que el Estado tiene el deber de protegerla. Con ese sentido lo reconoce el comienzo del artículo 15 de la Constitución de 1978, que dice que “todos tienen derecho a la vida”.

Nunca antes una constitución española, de las seis que ha habido desde 1812, había promulgado el derecho a la vida. La razón es clara: es que no era necesario, como no es necesario promulgar el derecho a la amistad o al deporte. No es indiferencia o menosprecio por la vida, como no lo es por la amistad o el deporte.

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Eutanasia. Aclaración léxica

De lo que muchos llaman derecho a la vida querría yo hoy hablarles aquí, porque estimo que hay mucha confusión y enredo en esa manera de hablar, por si pudiera yo contribuir a aclarar las cosas y poder así razonar con más propiedad y acierto.

Comienzo recordando cómo en su De anima dice Aristóteles que hay cuerpos con vida, o alma, y cuerpos sin vida, pero que lo que no hay y nadie hallará es vida sin cuerpo en el que estar, porque entonces ¿qué sería lo que viviría? Mejor es entender los vocablos “vida” y “alma” como unívocos. No en vano seguimos usando en la lengua castellana el término latino anima con el fin de distinguir los seres en animados e inanimados, dando así por descontado que en un ser vivo no es una cosa el cuerpo y otra la vida.

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Eutanasia. Dos películas

Para decir de alguien que es muy orgulloso, un viejo aforismo castellano se refiere a don Rodrigo: “Tiene más orgullo que don Rodrigo en la horca”.

Sin embargo, don Rodrigo Calderón, Marqués de Siete Iglesias, murió por degollamiento el 21 de octubre de 1621, y no dio muestras de orgullo en ese trance, sino de entereza y valor. Había sido secretario del Duque de Lerma, el que “para no morir ahorcado se vistió de colorado” en tiempos de Felipe III y, no pudiendo acogerse a la inmunidad que daba a su señor el capelo cardenalicio, comprado en Roma para librarse de la justicia debida a sus fechorías, fue ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid al comienzo del reinado de Felipe IV. Con tanta serenidad afrontó su final que el pueblo quedó vivamente admirado, el V Duque de Alba dijo de él que había muerto con el orgullo de un romano y la piedad de un buen cristiano, y mucho tiempo más tarde seguía despertando admiración, como atestigua Azorín, que lo puso como modelo de políticos, los cuales, según dejó escrito, deberían tener “este espíritu y fervor que tuvo don Rodrigo, este sosiego, esta inalterabilidad maravillosa y profunda”. Sigue leyendo

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