Duración del ente finito

Según González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología, para explicar por qué la realidad individual se halla circunscrita temporalmente, debe atenderse ante todo a su esencia. Todo ente, en cuanto existe, queda integrado en el orden total de lo real; pero, en cuanto posee una determinada constitución quiditativa, se inserta además en órdenes más restringidos. Así, si se toma como referencia la taxonomía biológica, un individuo humano pertenece sucesivamente al ámbito animal, a los cordados, a los vertebrados, a los mamíferos, a los primates, a los homínidos, al género homo y a la especie sapiens. Entre estas categorías, la especie adquiere particular importancia, pues en ella se advierte con claridad que una misma determinación esencial puede encontrarse realizada en múltiples sujetos. Esta pluralidad de especies y de individuos dentro de cada una obliga a reconocer que también en el plano de la esencia existe una cierta composición de principios.

La dificultad consiste ahora en advertir que la existencia de numerosos individuos dentro de una misma especie no elimina la unidad que todos poseen en virtud de su común pertenencia específica. De este modo reaparece, en un nivel más concreto de la realidad, la cuestión metafísica de cómo pueden coexistir la unidad y la pluralidad.

El criterio que manifiesta la pertenencia de diversos individuos a una especie común es su modo propio de obrar. En el caso del ser humano concurren operaciones físico-químicas, funciones vegetativas, dinamismos sensitivos y actividad racional, todas integradas en la unidad sustancial del individuo personal. Un examen más detallado de tales operaciones conduciría finalmente a la misma conclusión: todo sujeto capaz de ejercerlas pertenece a la especie humana. La capacidad de unión sexual entre individuos de distinto sexo y la producción de descendencia fértil y viable puede bastar al biólogo para delimitar una clase de vivientes llamada especie; sin embargo, esa noción empírica no coincide plenamente con el sentido ontológico de la especie.

El dato fundamental es que una especie puede realizarse en numerosos sujetos singulares. Que un individuo sea hombre no excluye que otros también lo sean; incluso puede pensarse que la misma condición específica reclama esa multiplicidad. Lo decisivo aquí es que los individuos concretos poseen una duración finita. Esta terminación no equivale necesariamente a la desaparición absoluta de sus componentes, ya que en el ámbito natural no parece darse una destrucción total de lo que integra las cosas, sino una transformación. No obstante, los sujetos particulares concluyen su trayectoria. Por eso surge una doble pregunta: por qué hay muchos individuos dentro de una misma especie y por qué estos se despliegan en el tiempo hasta cesar en su existencia individual. Se trata, en rigor, de dos problemas distintos: la multiplicidad de los singulares y su limitación temporal.

Para plantear adecuadamente la cuestión de la pluralidad individual, conviene distinguir tres aspectos presentes cuando se considera la esencia de un singular humano: este hombre concreto, por ejemplo Cicerón; otro hombre determinado, como César; y el hombre considerado universalmente. Los dos primeros coinciden en especie porque ambos poseen la misma esencia humana, fundada en el tercer elemento: la naturaleza específica común. Platón interpretó esta naturaleza como lo verdaderamente real. Además, gracias a ella resulta posible el conocimiento científico, pues la ciencia versa sobre lo universal y no sobre lo meramente individual.

Ahora bien, en los sujetos particulares existe también una dimensión irreductible a la naturaleza común: el hecho de ser este individuo y no otro. En el hombre universal solo se encuentra la esencia humana considerada en general, pero dicha esencia no permite explicar por sí sola qué distingue a Cicerón de César. Para comprender plenamente al singular no basta señalar aquello que comparte con otros, aunque sin esa comunidad no sería lo que es. Es preciso añadir también aquello que lo hace propio. Por tanto, en la consideración del individuo deben concurrir la naturaleza específica y la determinación singular.

La cuestión es cómo puede formularse esa determinación. Podría suponerse que bastaría añadir a las notas específicas del esquema porfiriano —viviente, animal, racional y otras semejantes— una nota individualizadora. Sin embargo, esto no resuelve el problema, porque la singularidad no prolonga la serie de perfecciones esenciales como si constituyera una diferencia específica más. El tránsito hacia el individuo no añade una perfección superior dentro de la misma línea lógica. El singular no es más ni menos que la especie concretada. Su relación con la especie no reproduce la relación que la especie mantiene con el género. Cicerón no es hombre más un añadido extrínseco; es la esencia humana realizada de modo individual. La esencia universal, por sí misma, no subsiste separadamente, sino que solo existe concretada en sujetos singulares.

Así se formula la dificultad central: ¿cómo puede un individuo realizar íntegramente la especie y, al mismo tiempo, dejar abierta la posibilidad de otras realizaciones igualmente completas? Ser particular significa precisamente ser una realidad determinada y, a la vez, no agotar la capacidad de la especie para actualizarse en otros sujetos. En esta pregunta se examina, por tanto, el fundamento mismo de la existencia de individuos.

Debe considerarse entonces que yo soy hombre y que otros también lo son, aunque no sean yo. Los demás no son algo distinto de hombre, sino distintos de mí. Cada sujeto humano es un yo para sí mismo, aunque aparezca como tú para los otros. Todos integran el orden denominado humanidad, pero ese orden no posee existencia separada al margen de los individuos humanos en los que se realiza.

La pertenencia a la humanidad plantea, por ello, una nueva precisión. La especie humana no es un organismo compuesto de partes, como si cada individuo fuese un órgano de un todo superior. La humanidad, la especie o la naturaleza de animal racional no constituye un ente subsistente por cuenta propia. Lo que existe son los hombres concretos, cada uno con existencia propia e independiente. La humanidad existe únicamente en ellos; fuera de los individuos no posee realidad efectiva. No puede haber humanidad si no hay hombres en quienes tal naturaleza se encuentre realizada.

Lo humano no se consume en un solo individuo, porque puede encontrarse en muchos. Pero cada hombre singular es plenamente hombre: todo él posee la esencia humana y no una fracción de ella. La pregunta metafísica consiste entonces en explicar cómo varios sujetos particulares pueden compartir una misma perfección esencial sin confundirse entre sí.

La respuesta reside en que la esencia del ente singular no es simple, sino compuesta y estructurada. En los seres naturales, la cesación de un individuo no debe entenderse como aniquilación absoluta, sino como término de una forma de existir que da paso a otros procesos. La corrupción de un ente se vincula a la generación de otro. Desde una perspectiva universal, la muerte de un viviente puede integrarse en el dinamismo positivo de la naturaleza, pues un ser natural llega a vivir a partir de la desaparición de otro. Cada individuo actúa conforme a su esencia, pero no produce otro individuo numéricamente idéntico a sí mismo. La naturaleza parece orientarse a la conservación de la especie, aunque lo hace mediante la operación de los individuos, que son sus principios próximos de realización.

En cada realidad particular deben hallarse, por tanto, los principios que explican tanto su generación como su corrupción. La generación consiste, conforme a la doctrina clásica, en que una materia recibe una forma; la corrupción, en que esa misma materia pierde la forma que la actualizaba. En la materia, en la forma y en su mutua relación se encuentra la estructura fundamental de la esencia singular.

Los vivientes inferiores, como plantas y animales, aparecen así como momentos de tránsito dentro de la sucesión del universo natural. En el caso del hombre, si se atiende a la fe, su ser es recuperado en un plano superior, lo cual introduce una dimensión metafísica en continuidad con la consideración teológica. Con todo, lo que aquí interesa subrayar es que, cuando la vida cesa, no todo queda reducido a la nada: permanece algo que se transforma y que puede integrarse en una nueva generación.

Por consiguiente, la transformación que acompaña a la muerte no afecta primariamente a la composición entre esencia y existencia, sino a la composición esencial constituida por cuerpo y alma, o, en términos hilemórficos, por materia y forma. De este modo se esclarece por qué los entes singulares son finitos en el tiempo: su estructura esencial compuesta permite que sean generados y también que dejen de existir como individuos concretos.