Tanto el racionalismo como el empirismo se apoyan en motivos atendibles que no conviene despachar sin más; sin embargo, ninguno de los dos consigue ofrecer una explicación plenamente adecuada del cambio que acontece en los seres naturales. La comprensión de ese devenir parece alcanzarse con mayor rigor si se admite que las modificaciones se producen en el sujeto sin que por ello desaparezca o se transforme su sustancia.
Ya se ha indicado que, cuando se pregunta qué es una realidad determinada, debe responderse que se trata de un ser sometido al movimiento. Y allí donde hay movimiento, algo es adquirido, algo se pierde, algo se perfecciona o algo se deteriora. Ahora bien, el sujeto al que sobreviene esa variación no queda por ello anulado ni sustituido. Quien llega a ser abogado era ya hombre antes de adquirir tal condición; no se hace más hombre por ello, ni su esencia de animal racional recibe incremento alguno. Lo que se añade pertenece a otro nivel: el accidental. Del mismo modo, quien siendo varón pasa a ser considerado mujer no aumenta ni disminuye por eso su animalidad ni su racionalidad, pues la masculinidad y la feminidad pertenecen también al orden de lo accidental.
Si el sujeto fuese absolutamente simple, tal modo de cambio sería ininteligible. En ese caso, lo adquirido o perdido tendría que identificarse con el sujeto mismo, salvo que se negara que haya verdadero cambio. Pero la modificación consiste precisamente en algo que se agrega o se retira del sujeto, de manera que, cuando éste cambia, debe darse cierta composición entre lo que ya era y aquello que comienza a ser. Todo ente mudable ha de poseer, por tanto, una estructura compuesta: en él deben existir ciertas capacidades receptivas que no se identifican sin más con su ser, sino que le pertenecen como determinaciones añadidas. Son cualidades que el sujeto posee, no aquello que el sujeto es. Por eso resulta decisiva la distinción entre ser y tener.
Ahora bien, esas cualidades que se adquieren o se pierden no deben entenderse como realidades meramente exteriores, semejantes a un vestido que se pone o se quita sin afectar de ningún modo al sujeto. No son determinaciones puramente extrínsecas. La aptitud para recibirlas pertenece de algún modo a la constitución interna del ente que cambia.
Puesto que el ente particular es una realidad en devenir, y todo lo que deviene procede de algo y deviene en virtud de algo, si se deja provisionalmente de lado la causa eficiente, permanecen dos elementos fundamentales: aquello que cambia y aquello desde lo cual cambia. Esto último no puede ser pura nada, porque de la nada nada procede. Debe ser, por tanto, un no-ser todavía, una capacidad real de llegar a ser aquello que aún no se es. Se trata de una realidad no actual, pero sí efectiva en su propio orden: la potencia pasiva.
Por su parte, aquello que llega a ser tampoco desemboca en la nada, sino en una determinación positiva. Es ya algo, una realidad actual. Así, un término se ordena al acto como potencia, y el otro constituye el acto de esa potencia. Todo ente finito participa de ambos órdenes: es potencial y actual. Permanece siempre abierto a nuevas determinaciones, y siempre se halla configurado por actos sucesivos. Cada vez que una cosa llega a ser algo que antes no era, algo cesa en ella y algo nuevo comienza. El ser de lo finito aparece así como una serie de pérdidas y adquisiciones que acontecen en aquello que permanece siendo. Si el sujeto subsiste, las variaciones no son absolutas; si desaparece, entonces el cambio alcanza un carácter sustancial. González Álvarez señala que el hombre se despliega entre el ángel y el animal, oscilando entre ambos límites sin identificarse plenamente con ninguno de ellos.
De ahí la necesidad de distinguir sustancia y accidentes. La sustancia debe poseer una entidad propia, y también los accidentes han de tener algún modo real de ser. Puede hablarse, en este sentido, de una “esencia sustancial” y de una “esencia accidental”. Una realidad concreta sigue siendo la misma antes y después de una modificación: conserva su identidad, subsiste y permanece. Pero, al mismo tiempo, ha experimentado un cambio que guarda relación con ella sin alterar su constitución sustancial. Tal cambio no es, por consiguiente, sustancial, sino accidental.
En cada cosa ha de reconocerse, por tanto, un modo de ser sustancial y una serie de determinaciones no sustanciales. Sin esta distinción, el devenir del sujeto resulta difícilmente comprensible. Si se quiere precisar el lenguaje, puede llamarse naturaleza a la esencia sustancial y propiedades a las modificaciones accidentales; o bien puede conservarse la terminología clásica de sustancia y accidentes. La denominación es secundaria, siempre que se mantenga la distinción conceptual que permite entender cómo una cosa puede cambiar sin dejar de ser lo que es.
(Cf. González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología).