San Isidoro de Sevilla escribe desde un umbral: el mundo romano ha desaparecido como imperio, pero sobrevive como estructura mental, como gramática del orden y del tiempo. Heredero consciente de Roma, su obra, en particular la Historia Gothorum, Suevorum et Vandalorum, manifiesta una voluntad de continuidad, no de ruptura. En ella, el obispo hispalense adopta deliberadamente la Era Hispánica, aquella cronología de raíz romana que contaba los años desde la pacificación de Hispania bajo Augusto. Tal elección, aparentemente técnica, encierra una profunda significación teológica y política. Al datar los hechos visigodos según una era romana, Isidoro no inaugura una historia nueva ni funda un tiempo. En lugar de ello prolonga la antigua edad y conserva su tiempo. El reino godo no sucede a Roma, sino que la ocupa.
Esta permanencia de la forma temporal romana revela una concepción del poder profundamente jurídica y eclesial. El tiempo no pertenece al caudillo ni al profeta, sino al orden; y el rey, lejos de ser un fundador carismático, aparece como garante de una continuidad establecida por Dios y custodiada por la Iglesia. La cronología se convierte así en dogma silencioso: el calendario mismo predica que el presente no rompe con el pasado, sino que lo administra. Isidoro, teólogo de la permanencia, no ve en la historia el despliegue dramático de un designio providencial, sino la conservación de una armonía romana dentro de un horizonte cristiano. Roma organiza, los godos gobiernan, la Iglesia santifica y todo esto ocurre dentro del mismo compás de siglos y bajo la misma numeración.
Por eso la Encarnación, aunque sea el centro de la fe, no se convierte en el centro del calendario. En Isidoro hay una distinción consciente entre el tiempo de la salvación y el tiempo del gobierno; el primero se mide por los misterios, el segundo por los años del mundo. La cronología política no imita al Evangelio, sino al Derecho. De ahí que su historia sea, a la vez, una teología del poder, un orden visible que refleja, a su modo, la estabilidad invisible de la providencia.
El contraste con Beda el Venerable ilustra con precisión esta diferencia de espíritu. En Beda, la historia se mide ab incarnatione Domini, desde la encarnación del Señor, el tiempo es pedagógico y avanza hacia la conversión de los pueblos. En Isidoro, en cambio, el tiempo se pliega sobre sí mismo, es institucional y no escatológico; busca la legitimidad y no la novedad. El inglés escribe desde la esperanza del futuro, el hispalense desde la fidelidad al pasado. Aquel inaugura la historia cristiana de Europa, este consagra la supervivencia cristiana de Roma. No se trata de dos grados de fe, sino de dos modos de concebir el orden del mundo, uno mesiánico y otro jurídico.
La huella de Isidoro es profunda y silenciosa. Desde las crónicas mozárabes hasta Alfonso X, el tiempo peninsular conservará esta respiración romana, la de un pasado que no cesa de ser restaurado. Frente al impulso creador del norte, Hispania se pensará a sí misma como heredera y custodio, no como inventora. Así, bajo la superficie de las fechas, late una filosofía de la historia, la de la continuidad como virtud y la restauración como destino. Y todo comienza, casi inadvertido, con un gesto de cronista que es a la vez un acto de teología: fechar según Roma, para decir que Roma, en espíritu, no ha pasado.