Moralidad del dinero

Se tiene el dinero como un valor material cuando no lo es en absoluto. Marx dice que en una mercancía no hay ni un solo átomo material que responda al precio que se le pone. En su opinión, pues, es algo espiritual. Y así es, en verdad, aunque él mismo lo desprecia cuando dice que la burguesía ha conseguido mediante el interés contante y sonante lo que no consiguieron los cañones contra la muralla china: abrirse a todo el mundo.

No obstante, la contraposición entre cañones e interés monetario es correcta, porque el dinero es ciertamente algo espiritual. Los hombres intercambian bienes, que pueden ser muy materiales, gracias a él. Si no existieran tales bienes mal podría existir el dinero. Tampoco si no hubiera personas que al producirlos introducen en ellos lo más valioso de sí mismos, su inteligencia y habilidades, tal como dijo también Marx. A continuación cambian lo producido, entregando algo que valoran y recibiendo algo que también valoran. No hay aquí nada inmundo. Lo habría si se apoderaran por la fuerza del valor producido o lo consiguieran como mendigos, a cambio de nada. Cuando obran de este modo se parecen mucho al gobernante que sube los impuestos por su mala gestión, al bandolero que roba a los pacíficos aldeanos y al mendigo que explota la compasión ajena.

Si alguien acepta el dinero a cambio de lo que él ha hecho es porque espera poder cambiar también por algo que ha hecho otro las monedas así obtenidas. Esas monedas tienen para él un valor superior a cualquier otra cosa porque son un acuerdo moral por el que él entrega lo mejor de sí mismo a cambio de lo mejor de sí mismos de otros. De ese modo colabora eficazmente en la cohesión social de una sociedad civilizada, es decir, de una sociedad en que hay leyes y autoridades públicas que salvaguardan la paz social de modo que cada cual se dedique a sus quehaceres sin temor a ser importunado por otro.

Si no hubiera sobre la Tierra inteligencia, habilidad, constancia, entrega y pasión por introducir valor humano en los objetos, no existirían máquinas, viviendas, herramientas, pan, vino y todas esas cosas que hacen humana la vida e impide que vuelva al estado animal en que únicamente es posible vivir como animales, despidiendo un olor nauseabundo.

¿Habrá que tener esas cosas que los hombres hacen con el fin de intercambiarlas como objetos materiales que no merecen aprecio, en lugar de ver en ellas la encarnación de lo mejor que habita en cada uno de ellos? ¿Habrá que ver en ellas meros “valores materiales” carentes de espíritu? ¿Dónde reside entonces el espíritu? Lejos de la materia, pensará Marx y quienes, como él, se dicen materialistas, pero son en realidad dualistas, si no idealistas.

El dinero es para cada individuo que lo adquiere una expresión superior de su capacidad de pensar, apasionarse, trabajar, etc.; no lo gana a cambio de nada, como los bandoleros, los mendigos y los malos gobernantes, los cuales tratan de echar sobre la conciencia del hombre de dinero una maldad que en realidad es solo suya. Y lo consiguen con demasiada frecuencia.

El intercambio con dinero es el código moral de los hombres buenos porque reposa sobre la convicción de que cada uno manda en su persona y es dueño de su capacidad para hacer cosas insuflando en ellas su propio ser. La conquista del planeta por el “interés contante y sonante” es entonces muy superior moralmente a su conquista por medio de cañones y de fuerza bruta. Es una conquista que lleva consigo el que los tratos que hacen los individuos se ejecutan según el libre juicio de cada uno y obteniendo de su trabajo lo que vale para otros y nada más.

El dinero es en verdad un prodigio de civilización. El que lo mancha o lo degrada retorna a la barbarie y merece permanecer en ella para siempre.


 

Share
Esta entrada fue publicada en Filosofía práctica, Economía y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.