Moralidad del dinero

Querido amigo, sigo tratando de dilucidar la esencia del dinero, de lo que hemos tratado ya tú y yo. Al hacerlo, tal vez alguien me apellide como liberal. Pero eso importa poco. Hemos convenido que lo mejor es huir de las ideologías al uso y buscar la verdad. Como mucho, yo me definiría como reaccionario en el sentido literal del vocablo, puesto que reacciono ante los errores que, a mi juicio, se cometen o se comentan, sobre todo cuando proceden de alguna mente en que habita alguna utopía, porque las utopías son idealistas y el idealismo es un error. Pero vengamos al tema de hoy, que tiene que ver con la moralidad y el dinero.

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El revolucionario

Frisaría los veintitantos o treinta cuando, abandonados ya los libros religiosos, había tomado otros. Él estaba seguro de pertenecer a una época de hierro, desgraciada, pero una época de parto. Los dioses, o Dios, habíanse esfumado y estaba próxima la Verdad del Hombre, que caminaba con paso quedo en la oscuridad, cada vez más cerca. Sólo era preciso apresurar su paso.

El nuevo Dios llegaría al rayar el alba y, lo mismo que la luz del Sol difumina las candelas particulares, privadas, con que cada cual creer iluminar su vida y promover su felicidad, apagaría todas las esperanzas ilusorias, subjetivas, y resplandecería la Verdad Universal. Era el nuevo Dios, el definitivo. Su evangelista lo había anticipado ya con el saber propio de la ciencia. Creyó en Él, creyó en la Revolución, en el nuevo Sol que venía a iluminar a todos después de la muerte del viejo Dios.

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