Sobre el socialismo

La fe socialista

La fe del socialismo, un resultado de la fe cristiana o un sucedáneo suyo para la vida sobre la tierra, confía en que su realización en este mundo dará lugar a un sistema de producción inagotable de bienes y espera con ilusión beatífica su advenimiento. Se caracteriza, igual que su precedente, por la fe y la esperanza, dos virtudes teologales ligadas entre sí. Convencida de que es moralmente superior el interés común que el indiviual, ha sustituido además la caridad por la solidaridad. Es una fe religiosa casi perfecta. Algunos la caracterizan como religión civil.

Su poder de atracción es extraordinario, muy superior al de cualquier otro credo desde hace unos doscientos años. Es una gran idea-fuerza, que mueve las voluntades sin necesidad de penetrar en la inteligencias. Cierto es que el socialismo que se llamó científico a sí mismo pretendió sentar plaza de actividad intelectual, pero el transcurso de los hechos durante el siglo XX lo ha relegado al lugar que le es propio: el de las convicciones fabricadas con fines de acción política a base de convicciones utópicas, milenaristas, mesiánicas, etc., más parecidas a las de los antiguos albigenses, patarinos y otras sectas de la Antigüedad y la Edad Media.

Retrato de Carlos Marx, de John Jabez Edwin Mayall

Ese poder de la idea-fuerza socialista prueba una vez más que no son las ideas verdaderas o consistentes las que desembocan en la acción. La idea socialista no lo es, pero ninguna le disputa hoy su reinado. Las gentes siguen su enseña con fe inmarcesible. Los planes políticos de los distintos partidos siguen la dirección que ella les impone. Su fuerza sigue siendo enorme. En el siglo XX dio origen a proyectos tan grandiosos como el comunismo soviético o el chino. La caída del muro de Berlín el año 1989 fue el acta notarial del fracaso del primero y el segundo, pese a conservar un poder despótico en manos del Partido Comunista Chino, parece haber abandonado la fase socialista por haberse mostrado ineficaz a quienes estaban encargados de realizarla.

Pese a todo, la convicción socialista sigue presente por todas partes. Incluso quienes se declaran enemigos suyos participan de ella. Un ministro de hacienda de un gobierno conservador que se pronuncia a favor de la necesidad de que el Estado intervenga en ciertos sectores de la economía para cumplir con las demandas de la justicia social, un campesino que se queja de la volatilidad de los precios del cereal y pide que el Estado los mantenga en un nivel más o menos fijo a la vez que cobra las subvenciones estatales a la agricultura, un director de cine que exige la protección del arte nacional, etc., hacen profesión de fe socialista aunque de labios afuera se manifiesten contra ella.

Las clases sociales

Una tesis importante del socialismo dice que existen clases sociales. Según esta tesis, los individuos están agrupados según ciertos intereses comunes que dirigen su acción. Son los intereses de clase. Llevada a sus consecuencias lógicas últimas, esta convicción llevó a creer a sus adeptos que, en palabras de Mao Tse Tung, toda idea denota su origen clasista, con lo cual sustancializaron la clase social y acabaron pensando que es ella y no la propia voluntad del individuo quien mueve a éste sin que él mismo sea consciente de ello.

Las clases más importantes de una sociedad que ha sobrepasado la fase industrial o se halla en ella son el proletariado y la burguesía capitalista. Los proletarios, así llamados inicialmente porque solo pueden tener prole, son ahora llamados “trabajadores” y los burgueses “empresarios”. Dicho sea de paso: en estas denominaciones va implícita la idea de que los empresarios no trabajan.

En España existen sindicatos de clase, como la UGT y CCOO, cuyas creencias proceden directamente del socialismo, y sindicatos de empresarios, o patronales, como la CEOE, que dicen oponerse a él en la creencia de que los intereses de los patronos son comunes y opuestos a los de los proletarios o trabajadores, pero su sola existencia prueba que aceptan el supuesto socialista de la existencia de clases sociales.

Ese supuesto afirma que la posición que cada hombre ocupa en la sociedad no ha sido elegida por él ni determinada por su personalidad, sino por las necesidades del mercado capitalista. Las ideas, gustos, conocimientos e inclinaciones de cada uno, su propia existencia, no van más allá de la existencia de su clase social, porque todos nacen en el interior de algún grupo que fija de antemano las posibilidades de elección entre las que habrán de optar. Esta división de la sociedad en clases es también un engaño que oculta la auténtica naturaleza común de los individuos.

Cada clase tiene sus intereses. De éstos brotan las ideas y las ideas configuran la visión del mundo y de la sociedad que tiene cada persona.

Las ideologías

En esto consisten las ideologías, las cuales, por nacer de intereses de clase, tienen que estar enfrentadas entre sí y representar solo una fracción de la sociedad. No obstante, la del proletariado es netamente distinta porque representa en realidad los intereses generales de la sociedad, debido a que no es una clase más, sino la clase universal. La sociedad en su conjunto no puede tener más interés que el de suprimir las barreras que distinguen a unos individuos de otros, barrer las sombras que ocultan la verdad humana. Al no tener propiedades que defender, sino sólo prole, el proletariado tiene que aspirar a destruir el actual modo de trabajo que le mantiene alienado. Su interés, en fin, no puede ser otro que el comunismo, la fase que habrá de llegar por la dinámica interna de esta sociedad capitalista y por la actividad revolucionaria de la vanguardia del proletariado, es decir, del partido socialista o comunista.

La confrontación entre ideología burguesa e ideología proletaria es, en fin, la misma que entre falsa opinión y verdad. Las ideas del proletariado reflejan la realidad auténtica, las del burgués la apariencia de lo real.

La realidad contra la idea

Si las ideas propias de la clase trabajadora o proletaria son un fiel reflejo de la realidad histórica y social y si, por añadidura, dichas ideas se recogen en los escritos de los sociólogos, economistas y filósofos socialistas, sobre todo en los de Carlos Marx y en el partido político comunista, verdadera vanguardia del proletariado, entonces, una vez que se les presentara la ocasión de convertirse en realidad, bien por la evolución propia de la sociedad, bien por la revolución emprendida por los actores políticos socialistas, bien por ambas fuerzas actuando de consuno, deberían rodar por sí mismas e ir cobrando cuerpo en la vida de las gentes. Deberían dar lugar a la sociedad opulenta pensada en la doctrina socialista, pues, una vez que hubieran saltado por los aires las trabas que impedían la libre expansión de las fuerzas productivas, los bienes fluirían casi por si solos, como en el Jardín del Edén.

Pero nada de esto ha sucedido en ninguno de los casos en que tales ideas tuvieron la oportunidad de pasar de lo mental a lo real. La Unión Soviética, Cuba, Vietnam, China, etc., han completado el silogismo en modus tollens que hace falsa la premisa socialista: “si tal cosa pensada es verdadera, debe convertirse en realidad cuando se presente su ocasión; es así que no se ha convertido en realidad; luego tal cosa pensada es falsa”. En otras palabras: la realidad ha negado la idea, lo que es un serio contratiempo para un sistema filosófico que se declara contrario al idealismo. Es el principio del falsacionismo popperiano.

Pero la eficaz reducción a la falsedad mediante la aplicación de este principio no ha tenido nunca importancia para los adeptos al credo socialista, pues lo que importa no es la verdad, sino el dominio de la realidad política y social. De ahí la probada eficacia que ha tenido siempre el hecho de reducir al adversario a mero portador de ideología por su pertenencia ineluctable en cuerpo y alma a una clase particular.

Hermann Cohen, litografía de Carl Doerbecker

Quien se atreve a criticar la idea es un individuo vendido a la burguesía capitalista, al neoliberalismo, al mercado o a cualquier otro ídolo fabricado ad hoc. Ya fue un subterfugio exitoso puesto en marcha por el llamado socialismo científico a partir del siglo XIX para eludir toda crítica científica. Se llegó incluso con harta frecuencia a acusar de maldad a quien traspasara esa línea. Solo existen personas de buena o mala voluntad, llegó a decir Hermann Cohen. Exhibe un sentido moral defectuoso quien se atreve a criticar o poner trabas a cualquier política social, añadió (Mises, II). El egoísmo y la codicia son, según parece, lo único que puede oponérsele.

He aquí una actitud que se coloca en las antípodas de todo pensamiento científico y se adentra en el campo del fanatismo religioso, porque exige sumisión acrítica a sus postulados.


 

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