El templo de las musas

El templo de las musas

En la Antigüedad había templos de las musas, pero no museos. No al menos como los hay en la actualidad.

El culto a estas divinidades, que empezaron siendo ninfas de las fuentes para irse convirtiendo poco a poco en diosas inspiradoras de la música, la poesía, la tragedia, etc. habría nacido en las proximidades del monte Helicón, en la región de Beocia. Allí había un museo con sus estatuas. Un macedonio llevó más tarde la adoración de estas deidades desde Tracia a Tespis, donde se les erigió también un templo; una vez al año se celebraba un solemne festival en honor de las diosas. También les estaba consagrado el monte Parnaso.

Una musa. Metropolitan Museum of Arts.

Pitágoras mandó construirles un templo en Crotona para que propiciaran la concordia entre sus habitantes. Los atenienses elevaron otro para su culto cerca de la Academia de Platón. Los espartanos les ofrecían sacrificios antes del combate. Posteriormente contarían con adoradores en Roma, donde compartieron altar con Hércules, y también en Ambracia.

Muchos cantos célebres invocan la inspiración de las musas. Desde el primer verso de la Ilíada – “canta diosa la cólera del Pelida Aquiles”- hasta Virgilio, Dante, Milton, o Shakespeare. Homero dijo que las hermanas eran nueve y Hesíodo fijó ese número para siempre. Plutarco recuerda que en algunos lugares se las llamaba mneiae, que tanto puede significar “hijas de Mnemosine” como “recuerdos”:

Calíope, de la épica, Clío de la historia, Erato de la lírica, Euterpe de la música, Melpómene de la tragedia, Polimnia de los himnos, Talía de la comedia, Terpsícore de la danza y Urania de la astronomía.

Los sacrificios que se les ofrecían eran libaciones de leche y miel. La biblioteca de Alejandría, cuyos últimos años fueron regidos por Hipatia, se levantó cerca de un museo y de la tumba de Alejandro Magno. Por ese motivo se llama museo el centro aquel, pese a no ser un templo de las musas ni un museo en el sentido actual.

Buscando tal vez algún origen mítico para sus ideales, muchos ilustrados volvieron a invocar a las musas. Antes de la Revolución de 1789 se hallaba en París la logia masónica de las Nueve hermanas. En ella se dieron cita personajes como Franklin, Voltaire, Danton, etc.

Esto era un museo en la Antigüedad. Hoy es algo distinto. En los actuales museos también se rinde culto: a la Historia y a la sociedad propia.

Museos de ahora

Ni el templo de las musas del monte Helicón, ni el de Tespis, ni el de Crotona, erigido por Pitágoras, ni el que habia en las cercanías de la Academia, ni los museos que existieron en Roma, fueron propiamente museos en el sentido moderno de la palabra. Tampoco el Museo de Alejandría dirigido por Hipatia, que últimamente ha recordado una película española. Y no fueron museos porque era imposible que los griegos y los romanos antiguos tuvieran museos.

British Museum

El mero hecho de que exista un museo exige una noción del tiempo dividido en tres edades, Antigua, Media y Moderna, de la que carecieron los antiguos. Con esa noción se pretende conservar la memoria del pasado… y algo más. Para eso hace falta tener un calendario. Pero los griegos contaban los años teniendo como referencia las olimpiadas, lo que era un recurso erudito del que el pueblo hacía caso omiso porque no necesitaba saber lo que había ocurrido en el pasado y le bastaba y sobraba con guardar algunos recuerdos difuminados en sus leyendas sobre sus antecesores. Además, la cronología de las olimpíadas anteriores al 500 a. C. es pura invención, como también lo es la de los arcontes de Atenas. Un ejemplo bastará tal vez para comprender la noción del tiempo de los antiguos. El texto de un contrato anterior al año 500 a. C. dice que el acuerdo debía estar vigente durante cien años, lo que significa que sería obligatorio para los descendientes de las partes que habían firmado el contrato, pero no se hace constar el año en que se toma el acuerdo, de manera que en cuanto hubo pasado algún tiempo es seguro que nadie recordaría cuándo se había establecido y, por tanto, dejó de ser obligatorio.

Esta ausencia de preocupación por el pasado y por el futuro no era debida a la incapacidad de los antiguos, sino a su despreocupación. Se habría tenido por indecoroso que alguien se hubiera esforzado en poner fecha a la guerra de Troya. Eso es algo que solamente quiso hacer nuestra sociedad en el siglo XIX, por obra de Schliemann. El desinterés llegaba al extremo de que en tiempo de Aristóteles no se estaba seguro de que hubiera existido Leucipo un siglo antes.

En consecuencia, no fue posible que los griegos antiguos hicieran el mínimo esfuerzo por construir un museo en que conservar una colección de objetos dispuestos a lo largo de una línea temporal que hubiera apuntado a su propia época, como hacemos nosotros.

Los antiguos no tenían diarios, biografías, historia académica. No tenían nada que se asemeje a nuestros análisis psicológicos de individuos y sociedades. En realidad no tenían memoria, carecía de órganos para la reconstrucción del pasado y no tenía interés alguno en proyectar el futuro. No tenían más que tiempo presente. En realidad negaban el tiempo. Sófocles, Herodoto, Polibio, Temístocles o un cónsul romano eran individuos para los que el pretérito se esfumaba en una imagen intemporal. A algunos les damos ahora el nombre de historiadores, pero no lo son, porque un historiador actual bucea en un pasado ya extinguido que tiene, para él, una enorme profundidad. Ellos indagaban su presente con el espíritu práctico de un hombre de Estado, como Tucídides, que era general, y cuando se adentraban en el pretérito traían noticias confusas y poco fiables. Polibio, Tácito y el mismo Tucídides no conocían el pasado de su sociedad tan bien como lo conocemos ahora que han transcurrido más de dos mil años.

Nosotros no somos así. Nosotros tenemos una visión de siglos, de milenios, que narramos con toda precisión en las escuelas a los niños para que vayan comprendiendo que ocupan la cúspide actual de un movimiento que se dirige a ellos en línea más o menos recta desde “el comienzo de los tiempos”. Un griego, un romano, es. Nosotros estamos siendo. Nosotros tenemos museos, ellos no.

Carencia de historia

Un historiador antiguo no “historia” hechos del pasado, que para él carecen de importancia, sino que relata el presente con el sentido práctico de un hombre de Estado o de un general. Un hombre antiguo, aunque hoy se le llame historiador, carece de sentido histórico. No sabe mirar las sociedades con la perspectiva de unos cuantos siglos, lo cual es para nosotros el elemento principal del historiador. Tucídides, Polibio o Tácito yerran con facilidad cuando se refieren a lo ocurrido varios decenios antes del momento en que lo están narrando. Alguno de ellos llega incluso a decir que antes de su presente no han ocurrido en el mundo cosas de importancia.

Por esto la historia antigua tiene por fuerza la figura de los mitos. Licurgo, por ejemplo, es una invención fantástica y fue casi con seguridad una divinidad silvestre. Que Bruto expulsara a los Tarquinos es pura invención, como los nombres de los reyes de Roma, que se les pusieron por imposición de algunas familias plebeyas que se habían enriquecido en tiempos de César.

De ese mismo estilo era la historia que había entre los antiguos, por lo que cabe decir que toda ella era una invención si se refería a algún hecho anterior al año 250. Lo poco que nosotros sabemos hoy con certeza lo ignoraban los romanos de aquel tiempo. Cuando Varrón, con quien polemiza San Agustín en su Ciudad de Dios, quiso recomponer la religión de Roma, que iba desmoronándose en el sentir del pueblo, se vio obligado a dividir las divinidades en dioses ciertos y dioses no ciertos, porque de algunos de ellos solo quedaba el nombre, que afortunadamente ha recogido Agustín en la obra mencionada.

Dios hindú: Brahma

Los romanos eran, pues, un pueblo, ahistórico. No menos lo eran los indios, cuya concepción del nirvana es tal vez la mejor expresión de la negación del tiempo. Entre ellos no existen la astronomía ni el calendario. Lo que se puede saber de su cultura es casi nada, a pesar de que hubo de asistir a acontecimientos muy importantes entre los siglos XII y VIII a. C. Lo que se ha conservado se parece más a los sucesos de un sueño que a los hechos reales.

Los libros indios no forman una serie de obras de autor que pueda colocarse en un hilo temporal, sino una cantidad confusa de textos en los que cada autor ponía lo que le parecía bien, sin que para nada hubiera conciencia de época intelectual o evolución de pensamiento. Forma completamente anónima de escribir, la filosofía india es todo lo contrario de la europea, que está elaborada con toda clase de detalles sobre sus autores y el tiempo en que vivieron, sobre las influencias que unos ejercieron sobre otros y sobre los acontecimientos que promovieron sus ideas.

El pensamiento indio, por el contrario, lo olvida todo. El romano hace casi lo mismo. Pero el europeo trata de retener todo. Unos cuentan con el tiempo como elemento fundamental. Otros parecen esforzarse todo lo posible por negarlo. Para estos últimos es inconcebible la existencia de un museo.


 

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