Archivo de la categoría: Moral

El asno y el galgo

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Sobre el arrepentimiento

La buena disposición que alguien mantiene con los amigos parece derivar ante todo de la que tiene consigo mismo. Quien desea que los amigos sigan viviendo y siendo como son es porque está conforme con su propia manera de ser y, como le parece buena y nadie quiere lo malo, quiere seguir viviendo y siendo como es e incluso mejor si puede. Queriendo lo bueno para sí, lo quiere también para el amigo. Así parece que son las cosas en la amistad.
A un hombre que haya llegado a tener un carácter acomodado de esta manera nunca le pesa estar a solas y pasar mucho tiempo en su propia compañía, porque le produce placer recordar las cosas buenas que ha hecho y la malas que ha evitado, así como también esperar las que han de venir. Su mente le proporciona distracción más que suficiente, pues siempre le agradan y le molestan las mismas cosas y puede decirse que no tiene nada de que arrepentirse.
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La mentira en política

El octavo mandamiento ordena decir la verdad (“No levantarás falsos testimonios ni mentirás”). Hay varias clases y grados de mentira. Una, por ejemplo, es la mentira oficiosa, que se dice a alguien con el fin de agradarle, otra la piadosa, para que no se entristezca, etc. Es de suponer que hay varias clases y grados en el vicio, también debe haberlos en la virtud, y, por tanto, en la verdad, que es la virtud opuesta a la mentira. En ella, en efecto, hay dos clases principales. Una es la referida a la vida individual, que es la rectitud de quien vive conforme con la ley moral, y otra la referida a la justicia, que guarda relación con las otras personas. Sobre esta última pido que se preste atención un momento.
Puesto que no nos resulta posible vivir si no es en sociedad, no tenemos más remedio que obligarnos a aquellos actos que sostienen y fortalecen los lazos sociales. Es decir, estamos obligados unos con otros, y no por solidaridad, amor, etc., sino por nuestra naturaleza. Con esa naturaleza nuestra tiene que ver la virtud de la justicia, que consiste en dar a cada uno lo suyo.
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Las correciones paternas

Hace unos días arrestó la Guardia Civil a los padres de una chica de 16 años por haberla castigado a no salir de casa un fin de semana. El cuerpo armado actuó cumpliendo alguna norma promulgada por la Administración de Andalucía y la propia Junta de esta región aprobó el hecho.
No habiéndose tratado de un castigo brutal ni humillante, sino de una corrección paterna usual, se pregunta uno qué es lo que persiguen la ley y la Junta de Andalucía para justificar tales cosas.
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Dos clases de ignorancia

De las especies de tonto, la suprema es una cierta clase de ignorancia sobre la que ha pensado la filosofía desde su nacimiento en las obras de Platón. Su figura se encuentra bien dibujada en El banquete, donde se relaciona con el amor al saber.
Sócrates dice en este diálogo que el dios Amor es hijo de Poros, el Recurso, y de Penía, por lo que no puede ser otra cosa que privación, miseria, carencia de hogar, rudeza y terquedad. El amor, en suma, es feo. Por eso ama la belleza, pues nadie ama lo que tiene ya.
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Solidaridad humana

Por resolución número 60/209 de fecha 22 de diciembre de 2005, la Asamblea General de la ONU, decidió “proclamar el 20 de diciembre de cada año Día Internacional de la Solidaridad Humana” por ser la “la solidaridad … uno de los valores fundamentales y universales” en que deben basarse “las relaciones entre los pueblos en el siglo XXI”.
El nombre “solidaridad” parece nuevo y solo a duras penas consigue disfrazar el viejo concepto significado por él. Se trata de un nombre que no debía existir en el idioma español del Siglo de Oro, pues no aparece en autores como Cervantes o Quevedo. Ni siquiera se encuentra en filósofos como Kant o Hegel. Sí se halla, aunque una sola vez en el Diccionario filosófico de Voltaire, bajo el rubro de “Médicos”. Aparece con profusión solo a principios del siglo XX. Mises dedica muchas páginas a hablar de los solidaristas, refiriéndose a los socialistas.
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Tolerancia

Ser tolerante hoy es ser moralmente bueno y, sobre todo, un demócrata. El intolerante, por el contrario, es malo y antidemócrata. La tolerancia es la virtud moral y politica suprema. Se relaciona con la libertad de opinión, de palabra, prensa, etc., entendida como la obligación de respetar la opinión de toda persona, sea quien sea.
Pero esto es indefendible, pues equivale a creer que todos los individuos tienen pleno uso de su razón y por tanto tienen el derecho a ser oídos.
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Entre la ley y el crimen

Algunos de los simpatizantes que tiene el terrorismo etarra se han hecho la ilusión de haber hallado el término medio entre el Estado y esa banda que se llama a sí misma socialista e independentista, para lo cual tienen que otorgar a ésta la autoridad que solo corresponde al Estado y a los secuaces de la misma que han muerto por causa propia o ajena la dignidad moral que solo corresponde a sus víctimas. Al querer ponerlas en pie de igualdad no se dan cuenta de que no existe un punto medio entre la ley y el crimen.
A uno de ellos, que ha encontrado un centro de resonancia en cierta organización que pretende cosas tales como la pacificación y la resolución del conflicto y en un periódico autodenominado independiente, se le ha ocurrido que el asesinato de Lasa y Zabala tiene que producir en cualquier persona de bien el mismo sentimiento de pena y dolor que produce el de una víctima cualquiera de la banda.
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Multiculturalismo

Hace poco daba alguna receta para no ser facha. Pero no dije lo más importante. Y lo más importante es que hay ser contracultural y también multicultural.
Lo primero va de suyo con el victimismo y no añadiré nada por ahora. Lo segundo es la clave de todo, lo que todo buen izquierdista y progresista no tiene más remedio que ser. El multiculturalismo es la fuerza motriz del izquierdismo postmoderno. No es más que la transmisión del individualismo romántico, de aquel sentimentalismo que puso en el yo el centro generador de la vida intelectual y espiritual de la especie, a la vida política, de donde resulta el engrandecimiento de todo lo particular sobre lo general.
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La maldad

He visto en la red varios textos de Ayn Rand sobre el expolio de los impuestos, pero ninguno como el siguiente, que versa sobre la maldad humana. Se trata de algo que muy pocos esperarían, pues hay socialistas en todos los partidos, como dijo Hayek. Se trata de un pasaje en que Dagny, una empresaria animosa y valiente, se encuentra con Ivy Starnes, una rica heredera que junto con su hermano había emprendido un experimento socialista. La novela de Rand, La rebelión de Atlas, presenta a esta última “sentada sobre un almohadón, igual que un Buda panzón”, quejándose de la avaricia humana, que ha arruinado su noble propósito de favorecer a los desheredados de la fortuna aprovechando las habilidades de los más capacidades. Se trata del lema del socialismo del siglo XIX, presente en Proudhon, Marx, etc.: “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. Así expone el Buda panzón el fracaso de este noble propósito:
-No me es posible contestar sus preguntas, jovencita. ¿El laboratorio de investigación? ¿Los ingenieros? ¿Por qué debería recordar todo eso? Era mi padre quien se encargaba de esas cosas, no yo; pero mi padre era un malvado que no se preocupó de nada, excepto de sus negocios. No tuvo tiempo para el amor; sólo para el dinero. Mis hermanos y yo vivíamos en un plano diferente. Nuestro propósito no era producir beneficios, sino hacer el bien. Hace once años elaboramos un novedoso e importante plan, pero fuimos derrotados por la codicia, el egoísmo y la bajeza animal de las personas. Era el eterno conflicto entre espíritu y materia; entre alma y cuerpo. No quisieron renunciar a sus cuerpos, que era todo lo que queríamos de ellos. No me acuerdo de ninguna de esas personas, ni me importa. ¿Los ingenieros? Creo que fueron ellos los que provocaron la hemofilia. Sí, digo bien, la hemofilia, esa paulatina hemorragia, esa pérdida de jugo vital imposible de detener. Fueron los primeros en huir, desertaron unos tras otro. ¿Nuestro plan? Pusimos en práctica el noble precepto histórico: de los más capaces a los más necesitados. Todos los trabajadores de la fábrica, desde el personal de limpieza hasta el presidente, recibían el mismo salario, el mínimo que cubriera sus necesidades diarias. Dos veces al año nos reuníamos en asamblea, y cada uno de nosotros presentaba sus reclamos. El voto de la mayoría determinaba las necesidades y las capacidades de cada uno, y las utilidades de la fábrica eran distribuidas según esa modalidad. Las recompensas se basaban en la necesidad, y los castigos, en la habilidad. Quienes, según la votación, tenían mayores necesidades, recibían las cantidades más elevadas, y quienes no habían producido lo señalado por nuestras normas, eran obligados a pagar una multa, trabajando horas extra. Tal fue nuestro plan, basado en el principio del altruismo; requería hombres que actuaran no por la ambición de beneficios, sino por amor a sus hermanos.
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