La frontera invisible

Sobre un fragmento de Fukuyama

Hay una línea, tenue como el aire y tan decisiva como un abismo, que separa el perfeccionamiento del hombre de su desaparición. Fukuyama no habla del temor supersticioso a la ciencia, sino de algo más íntimo y profundo, del riesgo de que el hombre, al intentar rehacerse, borre sin saberlo su propio rostro.

Huxley, dice el autor de El fin del hombre: Consecuencias de la revolución biotecnológica, tuvo razón cuando anunció que la amenaza más grave no vendrá de las máquinas que nos destruyen, sino de las que nos transforman. La biotecnología promete salud, inteligencia, belleza y una dicha sin sombras, pero al ofrecer tanto, puede alterar el humus del que brota nuestra humanidad, y no porque cambie la carne, que ya es mudable desde siempre, sino porque disuelva el sentido moral que esa carne sostenía.

La naturaleza humana no es para Fukuyama un mito romántico ni una reliquia teológica, sino el cauce estable que ha dado continuidad a la especie. No es un límite impuesto desde fuera, sino un modo de orden interior, una forma compartida que permite reconocernos unos en otros. Gracias a esa semejanza, que no perfecta, pero sí suficiente, hemos podido hablar de justicia, amor, deber o compasión.

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Sánchez, Podemos y el barco

En Estados Unidos

El servicio de restaurante de un crucero contrató en cierta ocasión a un hombre como camarero. Se le enseñó que cuando hiciera mal tiempo no debía andar en línea recta, sino en zig-zag, para que el balanceo del barco no le hiciera caer. Pese a la advertencia, el primer día de oleaje el camarero cayó al suelo y los platos se rompieron. Le preguntaron por qué no había seguido las instrucciones y el respondió: “Las he seguido, sólo que cuando yo hacía zig el barco hacía zag y cuando yo hacía zag el barco hacía zig”. Lo cuenta I. Berlín en su Generalissimo Stalin y el arte del gobierno.

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Miseria moral del pacifismo

Jura de Bandera para civiles. Año 2014. Efectivos del Regimiento de Infantería Ligera «Isabel la Católica»

Bruno Velasco fue hace unos días el protagonista de nuestra tertulia, dedicada al pacifismo. Esto fue lo que dijo:

“Para exponer lo que pienso os contaré un relato urdido por mí mismo. Si lo he compuesto bien, llevará a concluir que el pacifismo es moralmente miserable. Comienzo.

Hubo alguna vez un pequeño poblado que cultivaba sus huertos, situados a la orilla de un río. La vida discurría entre iguales y era pacífica.

Describiré primero la razón de la igualdad y luego la de la paz.

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