El modelo original de los apocalípticos de todos los tiempos es el bíblico. Ninguno tan denso como aquél, ninguno causa un estremecimiento igual:
“Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer viviente que decía: ‘Ven’. Y vi un caballo negro; el jinete tenía en la mano una balanza. Y oí como una voz en medio de los cuatro vivientes que decía: ‘Una medida de trigo, un denario; tres medidas de cebada, un denario; al aceite y al vino no los dañes’. Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto viviente que decía: ‘Ven’. Y vi un caballo amarillento; el jinete se llamaba Muerte, y el Abismo lo seguía. Se les dio potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, hambre, epidemias y con las fieras salvajes.” (Apocalipsis, 6)
Los augures posteriores carecen de esa fuerza. Han ido variando según los tiempos. Gustavo Bueno (Pavores ecológicos) presenta el caso de Lactancio, que vivió en tiempo de Diocleciano, como propio de una sociedad agraria, y el de Gribbin, seguidor de Hawking, como propio de una industrial. Sigue leyendo







