La sed de identidad es universal y profunda. El deseo de pertenencia hunde sus raíces muy adentro. A nadie debe extrañar este hecho. Siempre fue así y siempre será así. Esta sed y este deseo no pueden borrarse, porque son parte imprescindible de las comunidades políticas. Lo que cambia son las cosas en que, a modo de fetiches totémicos, se objetivan.
Las lenguas son algunos de esos seres en que identidad y pertenencia cobran cuerpo, pero desde hace muy poco tiempo. En los siglos medios podía encontrarse en el Camino de Santiago alguien que venía de Alsacia con alguien que venía de Milán. No hablaban la misma lengua, pero se reconocían como miembros de la misma comunidad en la misa, oficiada en una lengua sagrada, el latín, que ambos desconocían. Cuando las sociedades del continente europeo dejaron de ser religiosas, tuvieron necesidad de otros signos de identidad y pertenencia. Sigue leyendo









