Escribir en la red

El sentimiento de temor por la técnica, dice Heusch (1), se halla ya en el hombre prehistórico, un cazador-recolector que no puede menos que mirar con cierta inquietud el humo, los ruidos y todos los objetos nuevos que salen del taller del primer herrero. Es la inquietud por el secreto que Prometeo había robado a los dioses, el uso del fuego, primer brote y origen de las artes de la civilización. No obstante, el cazador usó las herramientas y armas del herrero, trocando con ello la Edad de la Piedra en la Edad de los Metales. Dejó de ser cazador y se hizo habitante de la ciudad, súbdito del Estado, agricultor y pastor.

Heredero de aquel temor antiguo, Platón actuó exactamente igual. La escritura le indujo el mismo temor. Creía que la escritura, aun estando pensada para escapar del olvido conducirá fatalmente a él, porque los hombres que la practiquen aprenderán a recordar desde fuera y no desde dentro. Puesto que conocer es recordar y escribir es poco más que distraerse en el olvido, el hombre serio no debe escribir. Las letras son dibujos en el agua, concluyó(2).

La ambigüedad de Platón es extrema: rechaza la escritura escribiendo, un arte en que sobresalió como pocos. Y, para abundar en la ambigüedad, todo Occidente se ha tomado siempre muy en serio sus escritos, pese a algunas voces que parecen querer denunciar la impostura, como la de Colli, para quien el arte de Platón refleja la vocación por la mentira (3).

Menos inclinado al enigma o la paradoja, Aristóteles, que no quiso entender el movimiento de los seres naturales por una confusa participación en las Ideas ni por las interacciones mecánicas de la materia, lo asimiló a la actividad del artesano. En rigor, la naturaleza es esa actividad semejante en todo a la del alfarero que modela en barro una vasija. Pero no hay en ella alma o demiurgo inteligentes que produzcan su obra con designio. La naturaleza no delibera, dice, pero eso no le impide llevar a cabo un plan. Tampoco delibera el artificio, pero sus objetos son inconcebibles sin referencia a un fin. La diferencia entre naturaleza y artificio reside en que la materia preexiste en la primera y el segundo tiene que producirla según su función. Ejemplo de lo primero es la vara con que se arrea a los bueyes; de lo segundo, los ladrillos con que se hace la casa. Pero esta diferencia no basta para separarlos, pues lo que cuenta es la forma, y en la forma son coincidentes. De ahí que, según Aristóteles, los seres naturales serían como los de ahora si los fabricara el arte, y, simétricamente, los objetos artificiales serían asimismo como los que conocemos si nacieran de la naturaleza. Ésta haría nacer casas del suelo como las que hacen los arquitectos si se propusiera producir habitáculos adecuados a los hombres. La causa de que sólo haya madrigueras para roedores o cuevas para osos es, pues, que no se lo propone. Y, si la técnica se propusiera fabricar artilugios para ver, produciría ojos como los que ahora tenemos por naturaleza. Una llega a donde la otra no alcanza. Son, en verdad, lo mismo (4).

Dicho sea de paso: la técnica humana no fabrica instrumentos iguales que los ojos, sino mucho más potentes. Baste un ejemplo: las galaxias fotografiadas por el telescopio Hubble durante el mes de Diciembre de 1.995 se hallan a una distancia tal que son 4.000 millones de veces más imperceptibles que el objeto más pequeño que pueda detectarse a simple vista en el cielo nocturno. Si la luz de la estrella Polaris tarda más de 400 años en llegar a la Tierra, ¿cuántos años habrán empleado hasta ser detectados por el Hubble unos rayos de luz que proceden de galaxias que son, como mínimo, 4.000 millones de veces más imperceptibles que la Polaris? Una cosa es evidente en cualquier caso: que las fotografías de Diciembre de 1.995 no corresponden a esa fecha, sino a muchos millones de años atrás. Tal vez esas galaxias ni siquiera existen ya y, si existen, no están donde estaban. Las imágenes fotográficas corresponden a un pasado ya extinguido y la astronomía no se diferencia en lo fundamental de la arqueología. Luego los ojos que fabrica la técnica no solamente ven más, sino que, por escudriñar un pasado ya extinguido obligan a la construcción de un objeto de reflexión, el universo, al que no podríamos acceder con nuestros ojos naturales. Los ojos que fabrica la técnica ven en el espacio y en el tiempo.

Aristóteles no despreció menos que su maestro el oficio del artesano. Como él, llegó a decir que una ciudad bien ordenada no debe permitir que los ciudadanos se dediquen a tareas manuales, que carecen de nobleza y son contrarias a la virtud (5), lo que no le impidió concebir lo natural según el modelo de lo artificial. No sólo pensó la técnica como algo natural, según el decir de García Bacca (6), sino la naturaleza como algo técnico.

De nuevo lo que en un registro se niega en el otro se ejecuta. Son ambigüedades no inusuales, pues rara vez han ido parejas las prácticas y las convicciones. El discurso de los dos filósofos rechaza la técnica, pero Platón hace filosofía escribiendo y Aristóteles transfigura la actividad artesanal en una sistema teleológico casi perfecto. Un caso contrario, que no habría incurrido en contradicción por rechazar de plano lo artificial, tanto en la práctica como en las ideas, habría sido el de Diógenes el Cínico, pero cabe conjeturar que su biografía, compuesta de hechos de renuncia a lo artificial, es más mítica que real. La reconstrucción de ésta, hecha 500 años más tarde por Diógenes Laercio con noticias de muy diversas fuentes, ha permitido a un erudito decir que es «una antología del humor griego» y no la vida de un hombre real (7).

Nadie, pues, ha sido natural. Y menos nosotros, los desmemoriados de Platón. Diógenes, dice el mito, arrojó su vaso cuando vio a un niño beber agua con la mano. ¿Cuál sería nuestro vaso si hubiéramos de hacer lo mismo, ahora que nuestra existencia se devana necesariamente en una madeja interminable de artilugios?

Ellul especifica (8): la técnica dominante del siglo XX se concentra en cinco elementos: el átomo, la ingeniería genética, el láser, la exploración del espacio y la informática. Para observar las variaciones habidas en el discurso que la acompaña, basta mencionar el primero y el último. El átomo suscitó terrores durante la guerra fría: centrales nucleares, bombas atómicas, bombas de neutrones y guerra de las galaxias fueron, entre otros, los dioses del mal durante más de veinte años. La informática, por el contrario, es un valor en sí mismo desde hace poco más de quince. Nadie pregunta ya para qué sirve un ordenador. Lo compra. Quien hace preguntas queda anticuado. Y con la informática ha llegado la ideología justificadora de la técnica en general. La victoria sobre la miseria del tercer mundo, la curación de la enfermedad, la supresión de la contaminación, la prolongación de la juventud, etc., todo parece a punto de lograrse artificialmente. Los dioses se han vuelto benefactores. La técnica es también un proyector de imágenes que dan sentido y color a la realidad, promoviendo ilusiones de índole social, económica, personal y política. Los mitos mantienen intacto su poder.

La peculiaridad de la informática reside en que, frente a casi todas las demás técnicas, es improductiva. Las otras producen objetos materiales. Ella no produce nada. Ha nacido para almacenar información y transmitirla de un lado a otro del globo, sin más fronteras que las impuestas por la diversidad de idiomas, y aun ésas no son infranqueables. Aunque exige desarrollar algunas habilidades, la facilidad con que después se obtienen los datos más variados no tiene antecedentes. Una nebulosa de unos y ceros llamada Internet lo ha facilitado.

Muchas parecen ser las posibilidades ofrecidas por esta red de comunicaciones. Muchos esperan de ella grandes bienes. Demasiados a veces. Así, en una tertulia electrónica sobre ética y política organizada por Le monde diplomatique y la UNESCO hace años se hablaba de que tal vez furea factible una teledemocracia efectiva, pues los ciudadanos podrían sustituir a los parlamentarios para votar. También de que el mundo entero es ya de hecho una aldea global, de que se aproxima el final de la información vertical, emitida hasta ahora por empresas de medios de comunicación y por el Estado, que reducen a los individuos a meros receptores. Ilusiones de alma juvenil.

Lo que sí sabemos ahora es que los temores de Platón no eran infundados y que la escritura es el límite entre un antes y un después. Pero sabemos también que el propio Platón es el primero de la nueva era, no el último de la anterior, como ya había sucedido a Homero en otro ámbito, y que la escritura no ha sido igualada por ninguna otra técnica del intelecto. La imprenta y la informática no habrían existido sin ella. En consecuencia, no parece que deba esperarse de ésta última una revolución tan profunda como la de aquélla, que cambió los hábitos de pensamiento de las escuelas de filosofía al transmitir sus secretos a todo aquel que quisiera saber. Desvelamiento de un conocimiento que hasta entonces se había transmitido de maestro a discípulo en el interior de grupos selectos de pensadores, la escritura los puso al alcance de todos los habitantes de la pólis, como el mercader, contemporáneo suyo, exponía también sus mercancías a todo aquel que quisiera comprar. El libro impreso amplió los lectores más allá de las murallas de la ciudad. La informática y su corolario, la red, o internet, amplía los límites casi hasta el máximo, lo que es la continuación de un proceso antiguo que debe aprovecharse.


(1) V. Heusch, Luc de, Pourquoi l’épouser? et autres essais, Gallimard, Paris, 1971.
(2) V. Platón, Fedro, 274 B – 277 C.
(3) Colli, G., Filosofía de la expresión, trad. de M. Morey, Ediciones Siruela, Madrid, 1996, página 244.
(4) V. Aristóteles, Física, II, 199 a, 199 b.
(5) Muchos textos pueden atestiguar esto, pero sea suficiente mencionar: Aristóteles, Política, 1329, a, IV, y Platón: Leyes, 846 d – 847 b.
(6) V. García Bacca, J. D., Elogio de la técnica, Anthropos, Barcelona, 1987. Esto que yo digo no es una crítica, sino, como mucho, una matización a las opiniones de G. Bacca sobre Aristóteles.
(7) D. R. Dudly, en Garcia Gual, C., y Diógenes Laercio, La secta del perro / Vidas de los filósofos cínicos (respect.), Alianza Editorial, Madrid, 1987, página 45.

(8) Ellul, J., Le bluff technologique, Hachette, Paris, 1988, página 15.


 

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Adán y el diablo

En un hermoso libro de Germán Sánchez Espeso, de título Paraíso, se menciona el primer encuentro entre Adán y el diablo. Yo me permito rememorarlo de la siguiente manera:

Recién creado por Dios, todavía fresco, pero en plena posesión de una capacidad mental poco común -era por aquel entonces el hombre más inteligente del planeta-, Adán sentía una curiosidad insaciable hacia todo lo que le rodeaba. La verdad es que tenía muchas cosas que aprender y poco tiempo para ello: Dios lo había creado con 30 años, así que tenía que darse prisa.

Deambulaba un día por el Edén preguntándose para qué servirían las bellotas. Todavía no les había puesto nombre, por lo que le resultaban más extrañas aún si cabe y tampoco sabía lo que es un jamón. Embebido en su meditación, casi se dio de bruces con un individuo que apareció de pronto. Era un ser siniestro, medio animal, renegrido como si viniera de limpiar una chimenea, y tenía pezuñas, cuernos y cola de cabra. Su cara esbozaba una malévola y algo diabólica sonrisa y, para colmo, despedía un insoportable hedor a azufre.

Adán no esperó a que se lo presentara nadie:

– ¿Quién eres tú?

– Yo soy el diablo. -repuso aquel sujeto.

– Eso es imposible -dijo Adán- El diablo siempre miente. Si tú fueras el diablo, me habrías contestado que no lo eres. Pero me has dicho que sí. Luego no eres el diablo.

– Tienes razón, no soy el diablo.

Adán, orgulloso de su silogismo, se convenció de que su conclusión era correcta. Pero ¿lo era realmente?

Obsérvese que no es lo mismo mentir que decir falsedad. De una persona que siempre dice falsedad es extremadamente fácil obtener verdades. Para ello sólo es preciso saber que siempre está obligado a decir lo que no es. Supongamos que un señor está en estas condiciones. Si se quiere conocer su nombre, bastará con irle preguntando: ¿se llama usted Juan, Pedro, etc.? Invariablemente irá diciendo que sí. Cuando conteste que no, entonces conoceremos su nombre con total certeza.

Una persona así dice falsedades, pero no miente. Ahora bien, el diablo miente. Luego no puede responder a Adán, cuando éste le pregunte quién es, otra cosa que la verdad, es decir, que él es el diablo. Si dice lo contrario, o sea, que no lo es, entonces Adán podría haber concluido que sí lo es, con lo que no habría conseguido mentirle. Pero diciéndole la verdad, puede propiciar el razonamiento del primer hombre, que es correcto, pero incompleto, para, una vez construido, decir la falsedad con el único fin de confirmarlo y así lograr su objetivo: mentirle.

De todo esto no se concluye todavía que el interlocutor de Adán sea el diablo, sino que si lo hubiera sido habría actuado de la forma antedicha. Podría haber sido un bromista disfrazado que, sorprendido por Adán, habría decidido mentirle para burlarse de él, pero que, una vez descubierto por la sagacidad del primer hombre, no hubiera tenido más remedio que decir la verdad. Pero eso no es posible, porque Adán fue el primer hombre, porque Eva no existía aún, los animales no hablan y ni Dios ni los ángeles pueden mentir.

Volvamos a nuestro hilo. Si mentir es distinto de decir falsedad, si lo opuesto de decir falsedad es decir verdad y lo opuesto de mentir es no mentir, entonces podría suceder que alguien mintiera diciendo verdad y que alguien no mintiera diciendo falsedad.

Mentir es inducir a alguien a creer lo opuesto de lo que es, a dar su asentimiento a lo que no es. Con vistas a ello puede utilizarse cualquier procedimiento, incluido el de decir la verdad. Una prueba de todo lo anterior sería el siguiente acertijo:

Un preso está en la cárcel, en una celda con dos puertas, una de las cuales conduce a la calle y otra a una celda de la prisión. Se presentan dos individuos, uno de los cuales dice siempre la verdad y el otro siempre la falsedad. Con una sola pregunta, dirigida a cualquiera de ellos, el preso puede saber qué puerta conduce a la libertad: ¿qué me respondería tu compañero si le preguntara cuál es la puerta buena? Es obvio que, sea quien sea el que conteste, la respuesta será falsa, porque:

a. Si pregunta al que siempre dice verdad, la dirá también ahora. Por eso tendrá que decir la falsedad que contestaría el otro.

b. Si pregunta al que siempre dice falsedad, también dirá falsedad en este caso, pues sabe que el otro nunca la dice.

Luego los dos indicarán la puerta falsa. El preso sabrá que la otra es la que da a la calle.

Complíquese un poco más la situación. ¿Cuál sería la respuesta a esa misma pregunta en el caso de que los dos mintieran siempre? Tanto uno como otro contestarían lo mismo: la verdad. Esto es así porque, sabiendo cada uno que el otro miente, cuando tenga que decir lo que contestaría su vecino, diría lo contrario de la mentira que el otro tendría que verse obligado a decir. Es decir, contestaría la verdad.

De lo que se sigue que para mentir, para lograr que una persona sea engañada, no basta con decir falsedad. Cuando la ocasión lo requiera, hay que decir verdad, como en el caso último que hemos tratado.

Conclusión: el individuo que Adán encontró en el Paraíso era el diablo.

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La venganza

Hablan de venganza y no saben lo que dicen. Más les valdría callar. Ese nombre le viene bien a lo que se llamó “venganza catalana”: el asesinato de Roger de Flor y de cien de sus almogávares de la Gran Compañía Catalana el cinco de abril de 1305 a manos de Miguel IX desencadenó un feroz ataque contra los bizantinos y el saqueo de toda Grecia a los gritos de “Aragó, Aragó”.

Grandes debieron ser la mortandad y las calamidades infligidas por los almogávares para que todavía hoy persista en algunos países balcánicos un monstruo imaginario sediento de sangre llamado Katalan y para que cuando un griego maldice a otro haga uso de un proverbio de su lengua: “así te alcance la venganza de los catalanes”.

Esto fue una venganza en toda regla. La ley del Talión –“ojo por ojo, diente por diente”-, que pasa por ser su prototipo, no lo es en absoluto. Es más bien lo contrario.

Como también fue una venganza en toda regla la que desencadenó Ulises contra los pretendientes. Después de que Eurímaco, uno de ellos, ofreciera una sastisfacción harto generosa, le respondió “mirándole torvamente”:

Eurímaco, aunque me dierais todos los bienes familiares y añadierais otros, ni aun así contendría mis manos de matar hasta que los pretendientes paguéis toda vuestra insolencia. Ahora sólo os queda luchar conmigo o huir, si es que alguno puede evitar la muerte y las Keres, pero creo que nadie escapará a la escabrosa muerte.

Eurímaco comprendió entonces que el brazo del vengador no es capaz de detenerse por sí solo:

Amigos, no contendrá este hombre sus irresistibles manos, sino que una vez que ha cogido el pulido arco y el carcaj lo disparará desde el pulido umbral hasta matarnos a todos.

Y a todos los mató:

como los buitres de retorcidas uñas y corvo pico bajan de los montes y caen sobre las aves que, asustadas por la llanura, tratan de remontarse hacia las nubes ‑éstos se lanzan sobre las aves y las matan, ya que no tienen defensa alguna ni posibilidad de huida y se alegran los hombres de la captura‑, así golpeaban éstos (Ulises y los suyos) a los pretendientes corriendo en círculo por la sala

Habría matado incluso a los familiares y deudos de los pretendientes si Atenea, por orden de Zeus, no lo hubiera detenido:

Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, contente, abandona la lucha igual para todos, no sea que el Cronida se irrite contigo, el que ve a lo ancho, Zeus

Así finaliza la Odisea, un canto que, como la Ilíada, es un canto sobre los tiempos anteriores al Estado, sobre la situación social en que cada uno debe atender a sus asuntos con su fuerza y su ingenio propios, porque la organización de la sociedad reposa sobre las normas del parentesco. En esa situación la venganza de sangre es un derecho. ¿Quién cuidará de sí mismo y de los suyos a no ser el que tenga la misma sangre?

Pero donde impera la venganza de sangre se vuelve difícil o imposible contener la violencia. Es preciso arrebatar ese derecho a los particulares. Eso es lo que han hecho los estados desde su nacimiento. El código de Hammurabi, dado por el dios Samash al rey de Babilonia en el siglo XVIII a. C., cuenta con el siguiente precepto:

Si un hombre ha reventado el ojo de un hombre libre, se le reventará un ojo.

Un ojo, no los dos, ni el asesinato de toda su familia o el saqueo de sus propiedades. El código protege en realidad al agresor deteniendo el brazo vengador de la víctima para que haya paz. No otra es la función primordial del Estado. Y la víctima debe darse por satisfecha. El código penal no es por tanto un listado de castigos, sino la puerta que se abre al que ha cometido delito para que, una vez que ha dejado de ser persona moral por haber atacado la paz en que consiste la aplicación del derecho, vuelva a serlo y pueda convivir con los demás. Y donde no es así, donde no se aplica el código penal y el delincuente no cruza la puerta que le abre, se abre la otra puerta, la del derecho de venganza.

Dicho lo cual, se comprenderá que es una horrible infamia decir que las víctimas del terrorismo etarra claman venganza. Que la verdad es la contrario está tan claro como la luz del Sol: claman justicia, aplicación de la ley, en lo que consiste la paz del Estado llamado España. Su decisión de portar banderas nacionales y escuchar el himno de la nación excluye cualquier partidismo y simboliza su adhsión al derecho.

Ante lo cual, una persona de bien no puede menos que decir en voz bien alta: “¡Honor a nuestros muertos y a sus familiares y amigos!”

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La maldad

He visto en la red varios textos de Ayn Rand sobre el expolio de los impuestos, pero ninguno como el siguiente, que versa sobre la maldad humana. Se trata de algo que muy pocos esperarían, pues hay socialistas en todos los partidos, como dijo Hayek. Se trata de un pasaje en que Dagny, una empresaria animosa y valiente, se encuentra con Ivy Starnes, una rica heredera que junto con su hermano había emprendido un experimento socialista. La novela de Rand, La rebelión de Atlas, presenta a esta última “sentada sobre un almohadón, igual que un Buda panzón”, quejándose de la avaricia humana, que ha arruinado su noble propósito de favorecer a los desheredados de la fortuna aprovechando las habilidades de los más capacidades. Se trata del lema del socialismo del siglo XIX, presente en Proudhon, Marx, etc.: “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. Así expone el Buda panzón el fracaso de este noble propósito:

-No me es posible contestar sus preguntas, jovencita. ¿El laboratorio de investigación? ¿Los ingenieros? ¿Por qué debería recordar todo eso? Era mi padre quien se encargaba de esas cosas, no yo; pero mi padre era un malvado que no se preocupó de nada, excepto de sus negocios. No tuvo tiempo para el amor; sólo para el dinero. Mis hermanos y yo vivíamos en un plano diferente. Nuestro propósito no era producir beneficios, sino hacer el bien. Hace once años elaboramos un novedoso e importante plan, pero fuimos derrotados por la codicia, el egoísmo y la bajeza animal de las personas. Era el eterno conflicto entre espíritu y materia; entre alma y cuerpo. No quisieron renunciar a sus cuerpos, que era todo lo que queríamos de ellos. No me acuerdo de ninguna de esas personas, ni me importa. ¿Los ingenieros? Creo que fueron ellos los que provocaron la hemofilia. Sí, digo bien, la hemofilia, esa paulatina hemorragia, esa pérdida de jugo vital imposible de detener. Fueron los primeros en huir, desertaron unos tras otro. ¿Nuestro plan? Pusimos en práctica el noble precepto histórico: de los más capaces a los más necesitados. Todos los trabajadores de la fábrica, desde el personal de limpieza hasta el presidente, recibían el mismo salario, el mínimo que cubriera sus necesidades diarias. Dos veces al año nos reuníamos en asamblea, y cada uno de nosotros presentaba sus reclamos. El voto de la mayoría determinaba las necesidades y las capacidades de cada uno, y las utilidades de la fábrica eran distribuidas según esa modalidad. Las recompensas se basaban en la necesidad, y los castigos, en la habilidad. Quienes, según la votación, tenían mayores necesidades, recibían las cantidades más elevadas, y quienes no habían producido lo señalado por nuestras normas, eran obligados a pagar una multa, trabajando horas extra. Tal fue nuestro plan, basado en el principio del altruismo; requería hombres que actuaran no por la ambición de beneficios, sino por amor a sus hermanos.

Y éste es el juicio moral que merecen estas palabras:

Dagny escuchó una voz fría e implacable que murmuraba en su interior: "Recuérdalo… recuérdalo bien, no es habitual encontrarse frente a la maldad pura. Fíjate bien y recuerda que algún día encontrarás las palabras para denominar su esencia".

Ayn Rand, cuyo verdadero nombre era Alisa Zinovievna Rosenbaum, había nacido en San Petersburgo en 1905 y conoció la revolución bolchevique de 1917, que instauró en Rusia los principios del Buda panzón. Consiguió salir del país en 1925 y le fue dada la ciudadanía norteamericana en 1931. Murió en 1982, cuando ya se conocía con suficiente aproximación la ruina moral, social, económica y política a que había dado lugar con el tiempo el régimen comunista.

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Terrorismo etarra

El año 2002 la Conferencia Episcopal Española publicó una Instrucción Pastoral en que daba una valoración moral del terrorismo de ETA. En ella se argumentaba que la maldad del terrorismo es en sí mayor y más profunda que sus propios actos criminales, pese a ser éstos horrendos. Lo peor, pues, no es lo que hace el etarra, aun siendo horrible. Lo peor es el hecho de ser etarra, terrorista.

Es así porque su conciencia no es como la del delincuente común. La de éste es ciertamente inmoral, pues le impulsa a cometer sus malas acciones para conseguir un bien, real o supuesto, como el dinero o la venganza. La del terrorista impulsa a su dueño a cometer sus malas acciones con el fin de que los españoles en cuanto españoles vivan aterrorizados pensando que también ellos pueden ser asesinados. Por eso no matan a hombres en cuanto tales, sino a hombres en cuanto españoles, para que todos se sientan amenazados y se dobleguen a sus imposiciones. No agreden o matan a este o aquel individuo para lograr algo, sino que atentan contra el bien común, entendido como el conjunto de aquellas condiciones externas que son necesarias al conjunto de los ciudadanos para el desarrollo de sus cualidades y de sus oficios, de su vida material, intelectual y religiosa”, según lo definió Pío XI.

Así entendido, el bien común no es otra cosa que seguridad o paz social: una situación social tal que los hombres puedan entregarse a sus actividades sabiendo que están protegidos contra la violencia. El Derecho es el que tiene la función de garantizar dicha protección y allí donde no lo hace la situación es de guerra.

Esto es lo que busca el terrorista. Y no se argumente, como hacen muchos que lo comprenden , justifican o apoyan, que la violencia de éste es una respuesta a la violencia que ejerce el Derecho para mantener la paz social, pues esta última es necesaria para la protección de todos, porque a todos considera inocentes, y aquella trata de agredir a todos, porque a todos considera culpables de los males que su delirante imaginación ha pergeñado. Es una argumentación miserable que expone a sus defensores a una calificación moral semejante a la que merece el terrorista. Pueden estar también oscureciendo su conciencia. Contra gentes así dijo el profeta Isaías: ¡Ay de los que almal llaman bien, y al bien llaman mal, que de la luz hacen tinieblas, y de las tinieblas luz.

Por lo dicho, más otros motivos que no es momento de exponer aquí, el terrorista no puede pertenecer a una sociedad humana, pues es un disolvente de la estructura moral de cualquiera de ellas. Su conciencia está tan corrompida que no distingue las normas imprescindibles que sustentan la vida en sociedad. Mientras el delincuente común puede quedar satisfecho cuando ha cometido un mal que ha afectado a uno o varios particulares, el etarra no se satisfará hasta haber destruido la paz social de todos, la cual no es otra cosa que la sociedad política que para los españoles nació en las Cortes de Cádiz y que se llama nación española.

(La piquera, de Cope-Jerez el 26/11/2011. Archivo sonoro: Terrorismo-etarra)


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ETA: el miedo y el odio

El terrorismo no es solo un conjunto de actos criminales y una banda de individuos que los cometen. Significa también la perversión de la sociedad en que germina esta mala hierba. Inocula en sus miembros el miedo a convertirse en víctimas y con el miedo llega la cobardía y la aceptación resignada e incluso complaciente del terror. También su justificación. “Por algo habrá sido”, se decía con frecuencia ante un asesinato de un guardia civil o de un policía en los años de plomo de la ETA, cuando había que oficiar el funeral a escondidas y sacar el ataúd por la puerta trasera de la iglesia. Nadie confesará nunca que es un cobarde. Su conciencia se retorcerá hasta presentarle la maldad de modo aceptable y convincente, hasta que la vea como un bien o, cuando menos, como un mal necesario.

La sociedad se va corrompiendo poco a poco y el terrorista toma sin oposición la dirección civil, política y moral. Nadie habla en público de lo que a todo el mundo interesa. Pocos españoles son tan reservados en España sobre asuntos de política como los vascos y los navarros.

Es el miedo, que vuelve mansa a la gente. Luego es también el odio. Sobre un rebaño de hombres que aman la verde quietud del pasto es fácil extender el odio a todo lo que quiere destruir el terrorismo. La estratagema es harto conocida: consiste en presentarse como víctima. La verosimilitud de los agravios importa poco. Lo más normal es que sean inventados. Y tienen un efecto sobrecogedor, porque al dibujar un enemigo en el que volcar el miedo y el odio sirve para unir a todos contra alguien. Ese alguien, supuesto enemigo del “pueblo vasco”, que a estas alturas tiene únicamente la consistencia y entidad de un fetiche ensangrentado en la mente de muchos, es, por supuesto, el español, cualquier español. Él es el culpable. Es el enemigo a destruir.

Si el español reacciona en contra de esos sentimientos habrá caído también en la trampa del terror. Su reacción será uno más de los efectos de la estrategia terrorista. También si se siente culpable de ser español y aboga por “el fin de la violencia venga de donde venga”, olvidando que la violencia ejercida por el Estado para la salvaguarda de todos es legítima y moral. La locura es contagiosa. Hay que permanecer alerta y no caer en un sentimiento ni en el otro. Hay que mantener el juicio claro.

Tan claro como lo están manteniendo en el momento presente las víctimas, que están dando muestras de discernir dónde están el bien y el mal.


 

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Etarras y mediadores

En el artículo 1, 2 de la Convención de Ginebra por la Prevención y la Represión del terrorismo de 16 de noviembre de 1937 y en la Declaración de la ONU del 18 de diciembre de 1972 se entiende por actos de terrorismo los “hechos criminales dirigidos contra un Estado con el objetivo o naturaleza de provocar el terror contra personalidades determinadas, grupo de personas o en el público». Tales hechos deben ser perseguidos incluso en los conflictos armados, guerras o actos de guerrilla de los que se distingue el terrorismo. La guerra o la guerrilla pueden ser justificables en alguna ocasión por causa de legítima defensa, pero nunca el terrorismo, que amenaza a todos y a todos declara culpables de aquello por lo que dice luchar.

Estos últimos días se reunieron en una localidad de España, país que lleva más de cuarenta años sufriendo el zarpazo de un grupo terrorista, Kofi Annan, ex secretario general de la ONU1, Gro Harlem Bruntland, ex primera ministra de Noruega, Gerry Adams, jefe del Sinn Fein, Pierre Joxe, exministro francés de Interior y Defensa, y Jonathan Powell, jefe de gabinete de Tony Blair, para reclamar a ETA el “cese definitivo” de la violencia. No por casualidad esta banda de terroristas ha utilizado esta misma expresión en su comunicado. El grupo citado apoyó además que negociase con el gobierno las “consecuencias del conflicto”. Así lo ha exigido también la banda, pretendiendo negociar también con el Estado francés sus condiciones.

Si el grupo encabezado por el anterior secretario general de la ONU piensa que la ETA es un grupo terrorista, ¿por qué no pide su disolución sin condiciones en atención a la Convención de Ginebra y a la declaración de la ONU mencionadas? Y si piensa que es un grupo que mantiene una lucha armada, sea de guerra o de guerrilla, contra un Estado, ¿por qué no pide que se juzgue a sus componentes por crímenes de guerra, por captura y asesinato de rehenes, por matar a civiles, etc.?


 

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La inexistencia de la lógica

He aquí una extraña afirmación de Wittgenstein hallada en Deaño, A., Introducción a la lógica formal, 2ª ed., Alianza Editorial, Madrid, 1980:

"Si de la inexistencia del mundo no se siguiera la inexistencia de la lógica, entonces la inexistencia de ésta se seguiría de la existencia de aquél".

Es verdadera con toda evidencia, pues si el consecuente no se sigue de A se tendrá que seguir de no-A. Así se formaliza:

Y así se resuelve, siguiendo la notación de Deaño en la obra mencionada:

Luego es cierto (Q.E.D.): tanto si el mundo existe como si no existe, la lógica no existe.

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Sofistas

Protágoras, que había acordado con Euatlo no cobrarle las clases hasta que ganara su primer juicio, lo llevó a los tribunales porque pasaba el tiempo y éste no se decidía a emprender ningún pleito. Así argumento el maestro:

-Si ganas el juicio, tendrás que pagarme, pues es lo acordado; también si lo pierdes, pues los jueces te obligarán a ello.

A lo que respondió Euatlo:

-Si gano, no tendré que pagarte, pues los jueces no me obligarán; si pierdo, tampoco, pues va en contra de nuestro acuerdo.

No se conoce la sentencia de los jueces. Lo que sí se sabe es que los dos razonaron igual, pues el argumento de Protágoras, una vez formalizado, queda así:

Y así queda el de Euatlo:

Otro sofista había acordado con su discípulo que sólo le cobraría las clases si no era capaz de enseñarle argumentos con los que demostrar cualquier cosa que quisiera. Al acabar las clases, dijo el discípulo:

-Si no me enseñas un argumento en el que se pruebe que no debo pagarte, no te pagaré, por lo acordado; pero si me lo enseñas tampoco, pues me habrás demostrado con él que no debo hacerlo.

Tampoco se sabe si pagó o no las clases. Pero se sabe igualmente que el discípulo razonó igual que Protágoras y Euatlo. La formalización de su argumento, en efecto, es la siguiente:

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El etarra

Tiene que ser un vida de perros. Eso de dedicarse a obedecer ciegamente a unos matones iluminados y convertirse uno en un iluminado matón es seguro que resulta satisfactorio al principio, cuando se entra en la banda, te dan la primera pistola, aspiras con gozo el olor de la cuadra, después de que te hayan metido en tu cabeza hueca unas cuantas ideas delirantes sobre el pueblo vasco, la revolución socialista -¿todavía la revolución socialista?- y también nacionalista, sobre la necesidad de derramar sangre por tan altos fines, etc. La sangre convence mucho a los depredadores. A veces también a quienes les sufren. Así son las cosas por estos predios.

Esos delirios tienen una fuerza irresistible en la personalidad de un mentecato. Para él debe ser muy gratificante haber dado ese paso.

Pero una vez que se ha entrado en el corro selecto de los caníbales se aprende con dolor muchas cosas nuevas que no encajan con la gloria que se creía haber hallado. Hay que aprender a vivir escondido, a relacionarte solo con quien se te mande, a guardar silencio, a no conocer a tus jefes, que mandan sobre ti en todo. Es esencial no conocer a los jefes, por si te pilla la policía. Así no podrás denunciarlos. Eso indica que no esperan mucha lealtad de tu parte. Es un desprecio que tendrás que sobrellevar por el alto fin a que te has entregado.

También tendrás que aprender a alegrarte por el asesinato de un profesor que prepara una clase en su despacho, de un médico en su consulta, de un niño que pasaba por la calle. Hay que doblegar mucho la propia naturaleza para no sentir náuseas por esas acciones, para considerarlas una victoria sobre el enemigo -¿sobre qué enemigo, si no es el que ha fraguado la mente calenturienta de los sucesores de aquel tronado que fue Arana?-, para creerte de verdad que eres un valiente gudari mientras el personal sanitario te lleva al hospital tapándose las narices porque has ensuciado tus pantalones con tus propios excrementos, que no has podido contener por el miedo de la buena gente que te perseguía por la calle aquella de Sevilla, gente desarmada y tú con pistola, ¿te acuerdas?

¡Qué perra y arrastrada vida la del que se ha convertido a fin de cuentas en matón a sueldo para que ahora vengan esos señoritos de Bildu y se cuelguen las medallas, para que se aprovechen de lo que hemos hecho otros y adquieran buenos puestos y mejores sueldos! Y mientras tanto tú pudriéndote en la cárcel o escondido dentro de una capucha bajo el siniestro símbolo del hacha y la serpiente. La vida, que es injusta.


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