Quién debe gobernar

Platón contra la democracia

¿Quién debe llevar el timón del Estado? ¿Hay alguien que pueda con justicia reclamar ese derecho para sí? ¿Lo tienen todos acaso, como exige el demócrata, o solo unos cuantos, como dice el oligarca? ¿Tal vez solo uno lo tiene, como piensan el tirano o el monarca?

Platón, es sabido, se opuso a las pretensiones democráticas, según las cuales el gobierno corresponde al pueblo y es él quien debe gobernar. En un régimen así, respondió él, se comete injusticia y se provoca el desorden, pues la tarea del gobierno va a parar al menos preparado para ejercerla.

“Figúrate que en una nave o en varias ocurre algo así como lo que voy a decirte: hay un patrón más corpulento y fuerte que todos los demás de la nave, pero un poco sordo, otro tanto corto de vista y con conocimientos náuticos parejos de su vista y de su oído; los marineros están en reyerta unos con otros por llevar el timón, creyendo cada uno de ellos que debe regirlo, sin haber aprendido jamás el arte del timonel ni poder señalar quién fue su maestro ni el tiempo en que lo estudió, antes bien, aseguran que no es cosa de estudio y, lo que es más, se muestran dispuestos a hacer pedazos al que diga que lo es” (República, 588 a).

El patrón simboliza al pueblo, que carece de conocimientos suficientes para gobernar. Esto es indudable. Cada uno de los habitantes de un territorio organizado por un Estado sabe quizá muchas cosas de su oficio: el médico de medicina, el arquitecto de arquitectura y así todos los demás, pero si alguno de éstos tiene que regir el Estado se encontrará con que no sabe cómo hacerlo. Luego todos son ignorantes en las artes del gobierno, aunque no lo sea cada cual en su oficio. Pero no se debe poner en el gobierno a un arquitecto porque sabe construir edificios ni a un médico porque sana enfermos.

Los marineros simbolizan a la clase política, compuesta de individuos que, sin tener conocimientos están dispuestos a cometer las mayores tropelías con tal de que el patrón les entregue el timón del barco. Tan seguros están de su derecho que insultarán de la peor manera a quien les diga que para mandar es preciso saber. “A mandar tiene derecho todo el mundo por igual”, dicen, aunque en la práctica son ellos solos los ejercen ese derecho. Esto convierte el régimen político que ellos dicen defender en una oligarquía.

Con todo, cuando consiguen gobernar no se dedican más que a otorgar ventajas a su clase:

Dejan impedido al honrado patrón con mandrágora, con vino o por cualquier otro medio y se ponen a mandar en la nave apoderándose de lo que en ella hay. Y así, bebiendo y banqueteando, navegan como es natural que lo hagan tales gentes, y sobre ello, llaman hombre de mar y buen piloto y entendido en la náutica a todo aquel que se dé arte a ayudarles en tomar el mando por medio de la persuasión o fuerza hecha al patrón, y censuran como inútil al que no lo hace; y no entienden tampoco que el buen piloto tiene la necesidad de preocuparse del tiempo, de las estaciones, del cielo, de los astros, de los vientos y de todo aquello que atañe al arte, si ha de ser en realidad jefe de la nave” (Ibidem).

Mandrágora y vino equivalen a medios de comunicación de masas, televisión, demagogia, descalificaciones del adversario e incluso de quien trate de corregir sus opiniones en algún punto, por poco importante que sea. Hacen fuerza al pueblo obligándole a pagar la mitad y más de su hacienda y le imponen toda clase de coacciones en nombre de la solidaridad, la igualdad, el bien común y otras abstracciones que no tienen realidad alguna.

Pero la solución dada por Platón a estos problemas, con ser su crítica acertada en gran medida, es irrealizable. Propuso que se educara desde la niñez al hombre sabio y perfecto para que solamente él se hiciera cargo de la nave del Estado, pero un hombre así es improbable que exista y si alguna vez llega a nacer será por obra del azar y la estabilidad y buen gobierno de la pólis no puede hacerse depender del azar.

Los hombres providenciales que las actuales democracias de masas han hecho florecer, por lo demás, han traído sufrimientos sin fin a la población, por lo que es preciso huir como de la peste de estos sujetos y hacer todo lo posible para que no lleguen al poder.

El albañil de Max Weber

Habrá, pues, que resignarse a la democracia, pese a que sea en realidad una oligarquía, y a las luchas entre facciones para llegar al poder. No obstante, sí cabe entender las cosas de manera adecuada y tomar ante ellas una actitud conveniente. Un obrero americano, que parecía haber adoptado esta actitud, respondió una vez a

Una respuesta interesante a la pregunta sobre quién debe gobernar la dio algún obrero americano a Max Weber (V. “El socialismoen Escritos políticos). “Un obrero americano, dice el gran sociólogo, era un personaje con elevado rango social en la sociedad americana, mucho mayor que el que tiene en la europea.” Las preguntas que solía formularles cuando tenía ocasión eran del siguiente tenor:

¿Por qué dejáis que os gobierne gente corrompida que os roba centenares de millones de dólares con el mayor descaro? ¿No os dais cuenta de que al poner a un político durante un tiempo limitado en el poder es inevitable que trate de aprovecharse al máximo de su cargo antes de abandonarlo?

La respuesta normal era de una gran profundidad, muy superior desde luego a la que sugiere, por ejemplo, Ortega y Gasset en su Rebelión de las masas:

No importa –venía a decir el interpelado-. Hay mucho dinero y pueden robar lo que quieran, que siempre quedará algo para los demás, incluso para nosotros que no gobernamos. Pero eso nos da una ventaja sobre Uds., y es que podernos escupir a esos profesionales de la política, a esos funcionarios sobrevenidos del Estado. Podemos despreciarlos, cosa que no podríamos hacer si fueran superiores en estudios y capacitación a nosotros, si formaran una casta de individuos superiores, que es lo que ocurre entre los europeos. Si fueran superiores a nosotros, serían ellos los que nos escupirían y nos despreciarían. Lo nuestro es preferible (Socialismo).

El problema real, el único problema real a que nos enfrentamos en la actualidad, es que hay que elegir entre un cuerpo permanente de individuos superiores dedicados al poder político, una casta que sería inevitable que se colocara sobre la población y fuera inamovible, y políticos sin casta que se puedan expulsar del Estado cada poco tiempo, pero que aprovecharán la oportunidad que se les brinda cada poco tiempo para enriquecerse.

Cuántos deben gobernar

Una vez descartado el hombre providencial, ya se trate de uno solo o de un grupo de elegidos, como el detentador del derecho al poder, porque un hombre así se elevará con toda seguridad sobre la población de los súbditos y los convertirá en siervos, el problema principal no es quién debe gobernar, sino cuántos deben hacerlo. La respuesta, una vez planteado el problema en estos términos, se impone por sí sola: el menor número posible.

Falta entonces determinar en qué cuerpos del Estado es preciso que disminuya la cantidad de magistrados, sin olvidar que con la cantidad de los dirigentes va unido por fuerza el tiempo que se les debe permitir ocupar los puestos del Estado, pues si son muchos, pero están unos pocos meses es casi lo mismo que si son pocos y están durante muchos años, siendo preferible seguramente lo primero. Los que conformaron la democracia ateniense conocían bien estos peligros, por lo que decidieron que hubiera una presidencia de día: el presidente del Consejo de los Quinientos lo era durante veinticuatro horas y por sorteo. Y si había desempeñado el cargo una vez ya no podía volver a él ni una sola vez en su vida.

El poder legislativo es, sin duda alguna, el cuerpo cuyos componentes pueden reducirse más. La razón es muy clara. La función de esta magistratura es indicar cómo se debe utilizar la fuerza del Estado para proteger a los miembros de la comunidad política. Con ese fin dicta leyes que obligan a todos sus miembros. Ahora bien, como la vigencia de esas leyes es permanente, no es necesario que, una vez hechas, los legisladores sigan en sus puestos, pues las leyes no tienen por qué ser muchas, sino pocas y de larga duración y efectividad. Más bien deben descender de sus altos sitiales y obedecerlas, pues son ciudadano y nada más que ciudadanos. Su único deber y privilegio es, como el de todos los demás, obedecer las leyes que a todos sirven para dedicarse a sus tareas con la seguridad de que podrán hacerlo en paz.

Así se preserva la igualdad política y se huye cuanto es posible hacerlo de la tiranía. Si, en vez de hacer esto, siguen ocupando las magistraturas, debido a que la tendencia más normal entre ellos es la de acumular más poder aún, es normal también que tiendan a hacer las leyes a su medida y en atención a su interés, apartándose así del de la comunidad y convirtiéndose en una clase social separada y situada por encima de ella.

Un Estado perfecto o en vías de serlo sería aquel en que, atendiendo ante todo a los intereses de la comunidad y no a los de una casta de dirigentes, el poder legislativo se pusiera de vez en cuando en manos de algunas personas que se reunieran en asamblea para dictar leyes y que, una vez dictadas, se disolviera la asamblea y cada uno de sus miembros volviera a sus tareas privadas.

Si se me objeta que eso no es posible responderé dando la razón a mi objetante, pero añadiré que con lo que he dicho no he hecho más que expresar un ideal y que es muy perjudicial para la salud política de la comunidad que haya un exceso de legisladores como el que hay, por ejemplo, en España, donde, no contentos con disponer de los puestos que ofrecen el Parlamento y el Senado de la Nación, han dado en multiplicarlos con réplicas regionales, siendo todos ellos permanentes. ¿No bastaría acaso y aun sobraría con que existieran solamente los miembros del Parlamento? ¿O es que entre el ideal imposible, pero normativo, y la realidad de hecho no hay otras alternativas?


 

Share
Esta entrada fue publicada en Filosofía práctica, Política. Guarda el enlace permanente.