Socialismo

Idea grandiosa y a la vez sencilla, una de las más ambiciosas creaciones del espíritu humano; así califica el antisocialista Mises al socialismo en Socialism. An Economic and Sociological Analysis (Liberty Classics, Indianapolis 1981, pág. 41) ¿Cómo sorprenderse de que haya ejercido una fascinación tan intensa en una infinidad de personas que todavía hoy siguen creyendo en ella?

Pero la idea es falsa. Que haya subyugado la imaginación de muchas generaciones y tenga sus mártires –y también sus víctimas-, no le añade un solo adarme de verdad. Y no solo es falsa, sino también peligrosa. Es en realidad uno de los arietes más potentes que hayan golpeado el orden social. Oponerse a ella es oponerse en verdad a la barbarie.

El orden social brota de las relaciones entre individuos, relaciones que dependen de una infinidad de decisiones que tienen que tomar cada día. Al hacerlo ajustan su actividad a las necesidades y exigencias de los demás. Las decisiones dependen a su vez de motivos que los propios individuos no son capaces de articular en un sistema consciente de conocimientos. Y, si lo lograran, sería para comprender de inmediato que no les habría servido de nada, pues se trata de un saber práctico de naturaleza cambiante. El caudal de información que producen, reciben y transmiten los individuos para su actividad diaria es demasiado amplio, profundo e inestable como para ser abarcado. Según algunos arbitristas de la Escuela de Salamanca, solo Dios puede hacerlo.

Que algún sujeto humano haya pretendido alcanzar el divino saber no tiene nada de extraño dada la abundancia de visionarios que produce la especie. Tampoco es extraño que sus seguidores sean legión. Hay que aceptar incluso que todos o casi todos ellos se mueven por un deseo elevado: el amor a la humanidad.

La pretendida posesión de ese sublime saber ha alimentado el ideal de todos los socialismos que en el mundo han sido, ideal que consiste en creer que es posible ajustar las conductas de los individuos mediante leyes de una manera mucho más lograda que cuando tales conductas fluyen libremente.

Ahora bien, dado que la ley es ley cuando brota de las costumbres humanas que forman el tejido de una sociedad y dado que las costumbres se forjan sobre el libre flujo de las actividades, la ley no debe ser cambiada según el arbitrio de la cámara legislativa de turno. El mandato legal del socialismo que ha logrado llegar al poder no es, por tanto, ley, sino decreto, y debe ser visto más bien como coacción dirigida contra la actividad libre generadora de costumbres y de orden social.

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