Sustancia y accidentes

Esencia de la estructura de sustancia y accidentes

La movilidad de las realidades naturales se comprende a partir de su composición de sustancia y accidentes. La sustancia desempeña aquí la función de principio potencial, mientras que los accidentes actúan como principios actualizadores. Ninguno de ellos es un ente completo por sí mismo; ambos son, más bien, aquello en virtud de lo cual un ente puede modificarse. No constituyen principios del ente tomado absolutamente, sino principios de su esencia, pues ya se ha establecido que los principios del ente finito en devenir son la esencia y la existencia. Sólo el ente finito está sujeto al cambio y a la transformación. Ahora bien, en medio de tales variaciones, la esencia del ente (por ejemplo, la animalidad y la racionalidad en el hombre) permanece inalterada. Si la sustancia y los accidentes fueran principios del ente en su totalidad, lo serían también de su existencia; y, en tal caso, cualquier cambio equivaldría a comenzar a existir o a dejar de existir.

Que la sustancia tenga carácter potencial y el accidente carácter actual se advierte por analogía con otras composiciones metafísicas. Allí donde aparecen dos principios correlativos, uno se presenta como determinable y el otro como determinante. Así ocurre con la esencia y la existencia, y también con la materia y la forma. Del mismo modo, en la estructura de sustancia y accidentes, la sustancia aparece como aquello que puede recibir determinaciones, y los accidentes como aquello que la actualiza en diversos modos.

Sin embargo, la relación entre sustancia y accidentes posee una peculiaridad propia. Ambos pertenecen al plano de la esencia, y los accidentes no constituyen un único principio, sino una pluralidad de determinaciones. Un hombre puede ser muchas cosas a lo largo de su vida, simultánea o sucesivamente: niño, adulto, alto, bajo, sabio, enfermo, profesor o magistrado. Tales determinaciones le acontecen, pasan del futuro al pasado y modifican su modo de presentarse; pero el sujeto continúa siendo el mismo hombre. Por eso la esencia sustancial es ya una totalidad completa respecto de los accidentes que puede recibir. No está en potencia como si careciera de su propio ser, sino como sujeto ya constituido que permanece disponible para nuevas determinaciones.

La sustancia, por consiguiente, no se convierte en accidente ni recibe de éste su ser sustancial. Cicerón no se transforma en cónsul como si su humanidad necesitara del consulado para completarse. Lo accidental no surge de la sustancia como si viniera a conferirle la perfección esencial que le faltaba, al modo en que la forma sustancial perfecciona a la materia prima. El accidente no da el ser a la sustancia; más bien, recibe de ella su existencia, ya que no puede subsistir por sí mismo.

Para precisar esta cuestión conviene recordar que una realidad puede considerarse de dos maneras: como capaz de ser o como siendo ya en acto. Lo primero se llama posibilidad, potencia o capacidad de existir; lo segundo, actualidad o existencia efectiva. Ahora bien, tanto la dimensión sustancial como la accidental pueden ser consideradas según esta doble perspectiva. No es lo mismo que Aristóteles sea hombre que el hecho de que sea filósofo. En el primer caso se trata de su ser sustancial; en el segundo, de una determinación accidental.

También lo sustancial y lo accidental admiten ser considerados desde la potencia que les corresponde. Tomás de Aquino afirma que en el semen y el ciclo menstrual está la posibilidad de que exista un hombre. En cambio, en un hombre ya constituido puede darse la posibilidad de llegar a ser patricio o cónsul romano. Si, siguiendo el uso aristotélico, se llama materia a aquello que posee capacidad de llegar a ser algo, habrá que reconocer una materia en el orden de la sustancia y otra en el orden del accidente: el semen y el ciclo menstrual respecto del hombre, y el hombre ya existente respecto del consulado.

Pero no se trata de materia en el mismo sentido. Cuando se habla de aquello desde lo cual procede la sustancia, se trata de materia ex qua; cuando se habla del sujeto en el cual se recibe el accidente, se trata de materia in qua. La diferencia es decisiva: de la materia prima adviene la sustancia, mientras que el accidente no procede de la sustancia como de materia constitutiva, sino que se da en ella como en sujeto. Por esta razón, se llama sujeto a aquello que está en potencia respecto del accidente, y materia prima a aquello que está en potencia respecto de la sustancia.

El accidente se distingue del sujeto porque el sujeto no recibe de él aquello por lo cual es lo que es. El sujeto ya posee su ser completo en el orden sustancial; el accidente, en cambio, recibe su ser del sujeto en el que inhiere. No es el ser filósofo lo que hace que Aristóteles sea hombre; más bien, porque Aristóteles es ya hombre, puede darse en él la filosofía. Dicho de otro modo: la forma sustancial comunica el ser a la materia prima, pero el accidente no confiere el ser al sujeto. Por eso, aunque santo Tomás pueda referirse a Aristóteles llamándolo el Filósofo, tal denominación no significa que la filosofía constituya su ser sustancial.

Así como aquello que está en potencia puede llamarse materia, también aquello que está en acto puede recibir el nombre de forma, sea en el orden sustancial o en el accidental. Puesto que la forma actualiza, aquello que da el ser en acto sustancial es forma sustancial; y aquello que actualiza accidentalmente es forma accidental. La forma sustancial es esencia sustancial, unida o no a la materia prima; en cambio, la forma accidental sólo es esencia accidental en cuanto se encuentra unida al sujeto, no por composición, sino por inherencia.

Por eso resulta indispensable distinguir entre composición e inhesión. Para que algo sea sujeto de inhesión, debe poder recibir la forma accidental, lo cual implica potencia, y debe sustentarla una vez recibida, lo cual implica acto. Aquello que no tiene capacidad para ser blanco jamás podrá serlo de hecho. A su vez, para que algo sea accidente inherente, debe ser una forma y no un simple modo externo, y además no debe conferir el ser absoluto, sino presuponerlo. El accidente posee un ser dependiente y relativo. En toda esencia sustancial finita debe haber potencia para los accidentes propios de la especie, como ser alto o bajo, negro o blanco en el caso del hombre; y, por tratarse de compuestos de materia y forma, también para los accidentes propios del individuo singular, como ser profesor o médico.

La inhesión es, por tanto, la relación entre una realidad sustentante y una realidad sustentada. No debe confundirse con la composición. La composición da lugar a un nuevo ser; la inhesión, en cambio, modifica un ser ya existente. En la composición, los elementos no se presuponen como un sujeto previamente constituido y una determinación posterior; en la inhesión, sí. Además, los principios que componen una realidad guardan entre sí una correlación recíproca, mientras que en la inhesión sólo el accidente inherido posee dependencia relativa respecto del sujeto.

En la esencia de todo ser móvil se encuentran, por consiguiente, una esencia sustancial y una esencia accidental. La primera posee carácter sustantivo; la segunda, carácter adjetivo. Pero la esencia misma no es sino un principio de los entes sometidos al cambio, un principio que se halla realizado y existencializado en ellos. Lo mismo debe afirmarse de la sustancia y de los accidentes: ambos sólo son entes en relación con la existencia, no realidades completas separadas.

Sustancia y accidentes son, pues, principios metafísicos que permiten explicar aquellos cambios en los que no se altera la esencia sustancial. No son objetos de observación empírica directa. Sería un error pensar que los accidentes se captan por intuición sensible y la sustancia por intuición intelectual. Si se acepta tal planteamiento, se abre la posibilidad de negar la sustancia, como hicieron los empiristas al reducir el conocimiento a la experiencia sensible; pero también podría negarse la realidad de los accidentes si se rechazara el valor de esa experiencia. La solución consiste en advertir que ni la sustancia ni los accidentes se encuentran al comienzo de un conocimiento intuitivo, ya sea racional o empírico, sino al término de un razonamiento metafísico orientado a comprender el movimiento.

El conocimiento sensible e intelectual nos presenta el ente particular. Al intentar explicar su movilidad, descubrimos que está constituido por sustancia y accidentes, no como partes físicas yuxtapuestas, sino como principios metafísicos. No hay en el ente una zona que sea sustancia y otra que sean accidentes. Los accidentes son principios actuales del devenir en cuanto modifican sin alterar la esencia; la sustancia es principio potencial del cambio y de su singularización. Tampoco debe imaginarse el movimiento como una simple acumulación de accidentes alrededor de un núcleo sustancial inmóvil. La imagen del artista que cambia los colores del cuadro, o de la dama que modifica el color de su rostro, resulta insuficiente y puede extraviar la inteligencia. La sustancia y los accidentes afectan a la realidad íntegra del ente particular: aquélla como principio potencial del devenir singular, éstos como principios actuales de sus modificaciones no esenciales.

Por todo ello, sustancia y accidentes se encuentran unidos como potencia y acto, no mediante un vínculo exterior añadido, sino por una conexión intrínseca: nullo vinculo extraneo colligante.

(Cf. González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología, artículo IV, «Esencia de la estructura de sustancia y accidentes», pp. 280 y ss.)