La diferencia entre el ángel y el hombre en cuanto a su constitución ontológica permite iluminar, por contraste, aquello que el cuerpo añade al ser propio de la criatura racional encarnada. La primera de estas iluminaciones parte de la idea de que cada ángel agota en sí mismo una especie entera, idea que es una tesis central de la angelología tomista.
El primer punto de esta antropología filosófica que aquí expongo concierne a la relación entre especie e individuo y al papel que la materia desempeña en ella. En el caso del ser humano, la especie, es decir, la humanidad, reúne bajo un único concepto a todos los hombres y mujeres que han existido, existen y existirán. La especie es una y los individuos muchos. Cada uno posee un rostro irrepetible, una voz que nunca volverá a sonar del mismo modo en la historia, una mirada que ocupa un lugar único bajo la luz del mundo. El principio que explica esta multiplicidad dentro de la unidad específica es la materia, porque es ella la que individualiza.
La vieja doctrina aristotélico-tomista encuentra aquí una inesperada confirmación en las ciencias contemporáneas. La genética, la biología celular y la embriología muestran que en el instante en que los gametos se unen comienza a escribirse una página que jamás volverá a copiarse. Como una biblioteca que recibe un volumen nuevo que no figuraba en ninguno de sus catálogos, surge entonces un genoma singular, distinto de todos los que le precedieron y de todos los que vendrán después. La naturaleza humana es una; pero entra en la historia innumerables veces, y cada vez lo hace con un nombre distinto.
En el ángel, por el contrario, la situación es radicalmente diversa. Como carece de materia, como es una sustancia separada, no hay en él nada que pueda desempeñar la función de principio de individuación. La materia multiplica en el hombre los ejemplares de una misma naturaleza, pero en el ángel no existe nada semejante. La consecuencia inmediata es que cada ángel constituye por sí mismo una especie completa.
Los nombres propios con los que la tradición los ha designado, nombres como Gabriel o Miguel, podrían inducir a error si se los entiende según el uso ordinario del lenguaje. Entre nosotros, el nombre propio distingue a un individuo dentro de una multitud; en el ángel, en cambio, designa una realidad sin semejantes. No es el nombre de uno entre muchos, sino el nombre de una especie entera. Cada ángel se parece menos a un hombre particular que a una estrella solitaria suspendida en una región del cielo donde no existe otra de su misma clase. Agota en sí todo lo que su especie puede ser.
Conviene aquí hacer explícito un contraste que el propio razonamiento reclama. Podría pensarse que, si la materia es aquello que distingue a los individuos humanos, entonces sería concebible una humanidad formada por una sola inteligencia universal, un inmenso pensamiento colectivo en el que se fundieran todas las almas particulares, como si innumerables llamas desapareciesen dentro de un único fuego. Esta fue, en efecto, la posición defendida por Averroes y por algunos de sus seguidores medievales.
Pero santo Tomás rechazó esa doctrina con firmeza. Insistió una y otra vez en que cada hombre posee su propia alma y su propio entendimiento. Aunque todos compartan la misma naturaleza específica, el cuerpo hace de ellos una multitud de seres realmente distintos. Ninguna conciencia humana es una ventana abierta a una inteligencia colectiva; cada una es una lámpara encendida en un lugar preciso del mundo. La luz es común en su naturaleza, pero cada llama arde en su propio hogar.
Esta doble constitución permite comprender mejor la singular condición humana. Cada hombre es uno, ciertamente, pero esa unidad procede de una doble pertenencia. En cuanto espíritu, pertenece al orden de las inteligencias y comparte con los ángeles la capacidad de conocer la verdad. En cuanto alma encarnada en un cuerpo viviente y sensible, pertenece también al orden de los demás seres naturales. Tiene algo en común con el almendro que florece en primavera y con el caballo que recorre los campos. Entre estos dos órdenes existe una distancia inmensa, pero el hombre participa de ambos. Es inteligencia y es vida corporal. Si se elimina cualquiera de estas dimensiones, lo que queda ya no es el hombre.
Esta doble constitución tiene consecuencias decisivas para comprender el ser del ángel y el ser humano. El ángel, al carecer de materia, carece también de potencialidad en sentido estricto. No necesita llegar a ser aquello que puede ser, porque ya lo es plenamente. Todo su ser está desplegado desde el principio, como un libro escrito de una sola vez y abierto simultáneamente en todas sus páginas. No hay en él demora, crecimiento ni aprendizaje. Su realidad no espera.
El hombre, por el contrario, es un ser material y, precisamente por ello, un ser en potencia. Vive rodeado de futuros posibles. Cada infancia contiene caminos que jamás serán recorridos; cada decisión ilumina una posibilidad y deja otras en la sombra. El joven que aprende música renuncia a otras vocaciones; quien consagra su vida a las matemáticas no podrá recorrer todos los senderos que alguna vez estuvieron abiertos ante él. En cada existencia humana hay habitaciones que permanecerán cerradas y puertas que nunca llegarán a abrirse.
Por eso cada individuo es una mezcla de acto y potencia, de presencia y promesa, de realidad y posibilidad no realizada. El ángel es enteramente aquello que es. El hombre, en cambio, es también aquello que todavía no ha llegado a ser y aquello que nunca llegará a ser. Su existencia se parece menos a una estatua acabada que a una ciudad que se construye mientras es habitada.
De aquí se sigue una observación de alcance no sólo metafísico, sino también histórico y cultural. Ningún individuo puede desplegar por sí solo todas las posibilidades de la humanidad. Lo que uno deja incompleto otro lo prolonga; lo que uno inicia otro lo comprende siglos después. Las ideas viajan por la historia como lámparas que se pasan de una mano a otra durante una larga noche.
Aristóteles llega a ser más plenamente Aristóteles muchos siglos después de su muerte en la obra de Tomás de Aquino. Entre ambos median generaciones enteras de traductores, comentaristas, filósofos y teólogos que mantuvieron viva aquella llama. Del mismo modo, otros prolongaron después las intuiciones de Tomás y siguen haciéndolo todavía. Ningún hombre puede reunir en sí todo el saber y todo el ser humanos. La inteligencia crece históricamente porque los hombres son muchos y porque cada uno aporta algo que los demás reciben, transforman y transmiten. Lo mismo pasa con el ser.
Lo que un alma individual puede llegar a realizar depende además de la familia en que nace, de la lengua que aprende, de la ciudad cuyas calles recorre durante la infancia, de las instituciones que la protegen o la destruyen, etc. Depende de su situación concreta en el mundo. Edith Stein constituye un ejemplo particularmente elocuente. Ella misma escribió que el alma individual florece “en el lugar preparado para ella por la evolución histórica de su pueblo, de su patria cercana, de su familia”.
La imagen es exacta. Un alma florece. Lo hace como florece un árbol. No lo hace en cualquier parte, sino en una tierra determinada, bajo una cierta luz, entre determinados vientos. Puede crecer o marchitarse, ser nutrida o arrancada.
Nada de esto existe para el ángel, que no tiene patria, genealogía, infancia ni lengua materna, no habita una ciudad ni recibe una herencia cultural, no hay para él veranos ni estaciones. Su ser no madura ni atraviesa épocas. El ángel no florece, simplemente es.
Todo lo dicho se sigue, en último término, de un único hecho: que el ser humano es un cuerpo y que su constitución ontológica incluye necesariamente la materia. Es el cuerpo el que individualiza dentro de la especie, el que impide la reducción de todos los hombres a una sola inteligencia universal y el que introduce la potencialidad, la apertura al futuro y la dependencia respecto del mundo y de la historia.
El cuerpo es también lo que nos sitúa. Nos da una fecha de nacimiento, una lengua, un hogar, unas calles y una memoria. Nos coloca bajo una determinada luz y nos entrega a una determinada época. Gracias a él no somos una inteligencia suspendida fuera del tiempo, sino una criatura que aprende, espera, recuerda y cambia.
Es el cuerpo, finalmente, el que hace del hombre un ser necesitado de otros. Ninguna vida humana se construye sola. Cada existencia es una conversación iniciada antes de nuestro nacimiento y que continuará cuando ya no estemos. Ésta es la primera nota que quería poner de relieve: que del hecho de ser cuerpo nacen nuestra individualidad, nuestra historia, nuestra apertura al porvenir y también nuestra fragilidad. Todo aquello que nos limita es, al mismo tiempo, aquello que nos permite florecer.