En este lugar no se considera la causa del ente en sentido último, cuestión que pertenece propiamente a la teología natural, sino el ente mismo en cuanto puede ejercer causalidad. El ser no debe entenderse únicamente como existencia estática o como simple presencia en la realidad, sino también como principio de operación y de comunicación. Por eso la noción de causa posee una amplitud extraordinaria: aparece tanto en la filosofía espontánea del hombre común como en las ciencias, en la moral, en la explicación del mundo físico y en la comprensión de la acción humana. Precisamente por esa extensión, resulta necesario examinarla desde un punto de vista estrictamente ontológico.
La experiencia muestra que todo ente estructurado remite a una causa, pero también que él mismo puede desempeñar una función causal. Lo compuesto no sólo procede de principios, sino que, una vez constituido, puede influir en otros seres. De ahí que la causalidad no sea un añadido externo al estudio del ente, sino una dimensión esencial de la realidad finita.
Qué es la causalidad
Para precisar la noción de causa conviene determinar, ante todo, su género y su diferencia específica. El género bajo el cual cae la causa es el de principio. Ahora bien, por principio se entiende aquello de lo cual algo procede de algún modo: id a quo aliquid procedit quocumque modo. Esta procedencia puede tener un sentido puramente lógico, como cuando una conclusión se deriva de sus premisas; o puede tener sentido ontológico y real.
Dentro de la procedencia real cabe todavía distinguir entre una procedencia negativa y otra positiva. La privación puede ser principio en cierto sentido, pero no constituye aquí el objeto propio de la causalidad, porque no comunica ser. Interesa, por tanto, el principio positivo, es decir, aquello de lo cual algo procede efectivamente en el orden de la realidad.
Todavía es necesaria una ulterior precisión. Hay principios que sólo indican comienzo, sucesión o anterioridad, sin influir verdaderamente en el ser de aquello que sigue. Pero no basta que una cosa venga después de otra para que proceda de ella causalmente. Confundir sucesión con causalidad es incurrir en la falacia expresada por la fórmula post hoc ergo propter hoc. La causa, en sentido propio, no es simplemente lo anterior, sino aquello que confiere ser o influye en el ser de lo causado.
Además, un principio puede comunicar origen sin implicar dependencia. En la vida trinitaria, el Padre comunica el ser al Hijo, y el Padre y el Hijo al Espíritu Santo; sin embargo, no se dice que el Padre sea causa del Hijo ni que ambos sean causa del Espíritu Santo. Hay ahí origen, pero no causalidad, porque falta dependencia en el ser. En cambio, la causa incluye formalmente esa dependencia. Por consiguiente, puede definirse la causa como el principio positivo del cual algo procede realmente con dependencia en el ser.
No debe confundirse la causa con la condición. La condición no ejerce causalidad propiamente dicha, aunque sea requerida para que la causa pueda actuar. La causa influye; la condición sólo permite o hace posible el ejercicio de ese influjo. Tampoco debe confundirse con la ocasión, que consiste en una circunstancia favorable para la acción causal, pero sin constituir por sí misma un principio necesario de producción. La condición es requerida para que la causa obre; la ocasión, en cambio, facilita o acompaña la acción sin ser imprescindible.
Del mismo modo, causa no equivale a razón en el sentido lógico de dar razón de algo. Esta identificación fue frecuente en el modo racionalista de hablar, especialmente en Descartes, Spinoza y Leibniz. Sin embargo, conviene reservar el término razón para el orden lógico e inteligible, y el término causa para el orden ontológico y real.
La causa sólo se comprende adecuadamente en relación con el efecto. El efecto es aquello que procede de otro con dependencia en el ser. Como hay dependencia, la causa posee prioridad respecto del efecto, aunque en una consideración puramente formal ambos puedan ser correlativos y simultáneos. La causa y el efecto son realmente distintos, pues nada puede depender causalmente de sí mismo. Para que haya relación causal debe haber distinción; pero esa distinción no implica separación absoluta.
Leibniz advirtió con razón que la acción de una sustancia sobre otra no debe imaginarse como si una entidad saliera físicamente de la causa para pasar al efecto. Aristóteles había formulado una idea semejante al decir que la enseñanza del maestro está en el discípulo. La acción de la causa se encuentra en el paciente: actio est in passo. La causalidad es, por tanto, el influjo de la causa en el efecto, no como una cosa intermedia separada, sino como una misma realidad considerada bajo dos respectos: es acto del efecto en cuanto procede de la causa. Algo análogo sucede en el conocimiento, que es acto común de lo cognoscente y de lo conocido. La causa confiere al efecto su llegar a ser.
Si la causalidad implica relación de dependencia, habrá tantas especies de causa como modos fundamentales de dependencia real puedan reconocerse. Aristóteles distinguió cuatro: causa material, causa formal, causa eficiente y causa final. En el ejemplo clásico de la estatua, unas causas son internas al compuesto y otras externas: la materia y la forma pertenecen intrínsecamente a la realidad constituida; el agente y el fin explican, desde fuera de esa estructura interna, su producción y orientación.
Causa material
La causa material es aquello de lo cual algo se hace y en lo cual algo existe. La estatua, por ejemplo, está hecha de mármol y existe en el mármol. La materia es, por tanto, el sustrato de las determinaciones, el sujeto determinable que recibe una forma. Puede expresarse con la fórmula ex qua et in qua: aquello de lo cual procede el compuesto y aquello en lo cual la determinación formal se realiza.
Su influjo causal consiste en comunicar al compuesto corpóreo el principio determinable de su ser. No causa al modo de la forma, ni al modo del agente, ni al modo del fin; causa como aquello que puede ser configurado y en lo cual la cosa producida tiene consistencia material.
Causa formal
La causa formal es aquello por lo cual una cosa es lo que es. Consiste en el acto que determina a la materia y la constituye en una naturaleza determinada. Respecto del compuesto, la forma es coprincipio especificador: lo hace pertenecer a tal especie y no a otra. Respecto de la materia, es aquello por lo cual ésta queda actualizada y deja de estar en pura indeterminación.
La forma es acto de la materia. Puede ser sustancial o accidental. La forma sustancial actualiza la materia prima y constituye una sustancia determinada; la forma accidental, en cambio, actualiza una materia segunda o un sujeto ya constituido, produciendo en él una determinación accidental. Por eso la causa formal puede entenderse en sentido sustancial o en sentido accidental.
En general, todo acto recibido en una potencia desempeña función de causa formal. Así ocurre con la existencia respecto de la esencia, en cuanto la actualiza en el orden del ser; y también con los accidentes respecto de la sustancia, en cuanto la determinan accidentalmente. La forma es causa porque influye el ser en el compuesto y actualiza aquello que se encontraba en potencia. Santo Tomás lo resume en la fórmula: forma dat esse.
Causa ejemplar
La causa ejemplar es el modelo conforme al cual un agente intelectual produce su obra. Puede tratarse de un modelo interior, concebido en la mente del artífice, o de un modelo exterior que sirve de referencia. Pero, incluso cuando el ejemplar se encuentra fuera, debe ser asumido intelectualmente por quien obra, pues sólo así puede orientar la producción.
Los griegos hablaron de idea; los latinos, de forma o especie; el pensamiento posterior empleó términos como ideal, tipo, plan o proyecto. En todos los casos, la causa ejemplar designa aquello según lo cual el agente inteligente configura su obra. No actúa como materia de la cosa, ni como forma intrínseca ya recibida en ella, ni como agente productor inmediato, sino como principio directivo que guía la operación desde el entendimiento.
(Cf. González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología).