La causa eficiente

La consideración de la causa ejemplar nos ha llevado ya más allá de la interioridad estructural del ente finito. Algo semejante sucede ahora con la causa eficiente. El mero hecho del devenir obliga a trascender los principios internos del ente móvil, pues el movimiento no sólo exige aquello que lo hace posible, sino también aquello de donde procede y aquello hacia lo cual se orienta. Los principios constitutivos del ente cambiante explican la posibilidad del devenir; pero para que ese devenir se realice efectivamente es necesario apelar a otros principios. Tales principios son la causa eficiente y la causa final. Conviene atender primero a la causa eficiente.

Suele decirse que la causa eficiente es aquella función por la cual las cosas son producidas o llevadas a su realización. Sin embargo, esta noción ha sido puesta en duda muchas veces, y no siempre de modo fácil de refutar.

Avicena y Avicebrón negaron que los cuerpos tuvieran capacidad para producir sustancias. Algazel intentó mostrar que la causalidad eficiente, aplicada a los entes finitos, encerraba una contradicción; por eso sostuvo que sólo Dios causa en sentido propio. Aquello que los filósofos llaman causa no sería, según él, más que ocasión para la acción divina. En una dirección semejante se mueve Leibniz: dentro de su concepción del universo como armonía preestablecida por Dios, cada sustancia desarrolla internamente su propia serie de estados, sin verdadero contacto causal con las demás. No habría, por tanto, auténtico influjo eficiente entre los entes finitos. También se ha afirmado que, si Dios es esencialmente activo, las criaturas finitas serían esencialmente pasivas y, por ello, incapaces de producir efecto alguno.

Millán Puelles ha respondido a esta dificultad señalando que un accidente no puede pasar de una sustancia a otra. En este punto aciertan Leibniz y ciertos pensadores medievales, pues el accidente es una realidad in alio, inseparable del sujeto en el que se encuentra. Pero de ahí no se sigue la negación de la causalidad eficiente creada. La acción causal no debe imaginarse como si algo saliera físicamente de una sustancia para introducirse en otra. La causa eficiente no consiste en que un ser segregue una forma y la traslade a otro, sino en que actualiza en un sujeto una posibilidad real de llegar a ser de otro modo.

El maestro no comunica su ciencia al discípulo quedando él mismo privado de ella. Tampoco los padres dan el ser al hijo como si entregaran una porción de su propia entidad. Las capacidades operativas de las sustancias finitas pertenecen ciertamente al orden accidental; pero eso no impide que, por medio de tales operaciones, puedan inducir formas sustanciales en otros seres. El término producido se asemejará a la sustancia que obra, no al accidente por el que obra, porque el accidente no actúa por sí mismo, sino en virtud del sujeto al que pertenece.

Quienes insisten en la distancia entre el Ser Supremo y la criatura olvidan que la máxima distancia ontológica no se encuentra entre Dios y el ente finito ya constituido, sino entre el Acto Puro y la pura potencia, es decir, entre Dios y la materia prima. Los compuestos finitos poseen ya algo que los asemeja a Dios: la forma. Incluso los cuerpos participan de ella. Son pasivos por razón de la materia, pero activos por razón de la forma, como enseña santo Tomás. Los entes finitos serían enteramente inactivos sólo si se redujeran a materia prima. Pero no son pura potencia: son compuestos determinados por una forma, y precisamente por eso pueden ejercer algún influjo causal.

(Cf. Millán Puelles, Fundamentos de filosofía)