Tanto en san Agustín como en santo Tomás, el saber humano se orienta al conocimiento de esencias de valor universal. En el primero, fiel en este punto a la inspiración platónica, dicho conocimiento se explica por la iluminación; en el segundo, heredero de Aristóteles, se alcanza mediante la abstracción. En ambos casos, sin embargo, queda problematizado el acceso cognoscitivo al individuo singular en cuanto tal. Guillermo de Occam reaccionó contra esta perspectiva sosteniendo que no podemos conocer esencias universales, puesto que éstas no poseen existencia real ni presencia efectiva en ningún lugar. Por ello afirmó que la intuición constituye el conocimiento inmediato y, en rigor, el único verdaderamente disponible para nosotros.
La doctrina occamista de la intuición abrió una orientación metafísica cuyas consecuencias aún se dejan sentir. Las grandes composiciones clásicas —esencia y existencia, materia y forma, sustancia y accidentes, entre otras— quedaron profundamente debilitadas desde entonces. Con el tiempo, tales distinciones acabaron escindiéndose: unas corrientes afirmaron uno de sus términos a costa de negar el otro. Así se desembocó, por un lado, en una suerte de sustancialismo, donde el accidente quedaba prácticamente suprimido; y, por otro, en un accidentalismo, en el que era la sustancia la que terminaba perdiendo consistencia ontológica.
Cuando la intuición fue entendida como acto racional, se abrió el camino del racionalismo, que se extiende desde Descartes hasta Wolff. Cuando, en cambio, se la concibió como intuición sensible, nació la línea empirista que conduce de Locke a Hume. En el primer itinerario se debilitó el valor cognoscitivo de la experiencia sensible, conservándose la sustancia como realidad fundamental; en el segundo, se terminó por disolver la sustancia y por retener únicamente el plano de los accidentes.
Descartes inició este proceso al desconfiar de los sentidos como fuente insegura de conocimiento. Malebranche radicalizó esa tendencia, prescindiendo del conocimiento sensible incluso en lo relativo a los cuerpos. Spinoza, finalmente, rechazó de modo abierto el valor de la experiencia. Los tres hicieron de la idea el principio exclusivo del conocer y pensaron que sólo en ella se aprehende verdaderamente la realidad. De ahí que la sustancia quedara como núcleo decisivo de lo real, mientras que los accidentes, por ser sensibles y captados corporalmente, pasaron a entenderse como atributos, propiedades o modos de aquélla.
En Descartes, la sustancia aparece bajo la forma de res cogitans o de res extensa, lo cual plantea de inmediato el problema de su relación, especialmente en el hombre, donde parecen unirse mente y cuerpo. Spinoza intentó resolver la dificultad afirmando una única sustancia dotada de infinitos atributos, de los cuales conocemos únicamente dos: pensamiento y extensión. Éstos ya no son seres distintos, sino atributos del único ser, al que denomina Deus, sive natura, sive substantia. También Leibniz se ocupó de la sustancia como si ésta constituyera el ente completo, en vez de concebirla como uno de los principios integrantes de la esencia. En su Discurso de metafísica sostiene que el sujeto debe contener el predicado, de tal modo que, si el primero fuese conocido plenamente, el segundo podría derivarse de él a priori, sin aguardar a la experiencia.
Para los racionalistas, la realidad tiende a concentrarse en la sustancia. Pero, al ser ésta concebida como simple, se vuelve difícil comprender tanto el movimiento como la constitución concreta de los entes particulares. El empirismo, al situar la intuición no en la inteligencia sino en los sentidos, sometió esa posición a una crítica decisiva. La realidad dejó entonces de gravitar en torno a la sustancia y pasó a identificarse con la mutabilidad de lo accidental, inclinándose hacia el fenómeno.
Hobbes dio el primer paso al reducir al hombre a cuerpo y su conocimiento a sensibilidad. Al desaparecer la contribución propia del entendimiento, la sustancia queda sin apoyo, pues ante los sentidos sólo comparecen accidentes. Éste fue el desenlace que, tras él, siguieron Locke, Berkeley y Hume.
Locke, formado en Oxford en un ambiente marcado por tesis nominalistas, asumió que la mente es originariamente como una hoja vacía, llenada después por la experiencia sensible mediante ideas. Admitía que alguna de esas ideas debía corresponder a la sustancia, pero no lograba descubrir cuál ni explicar adecuadamente su origen. Su solución consistió en afirmar que, al encontrar repetidamente un conjunto de ideas simples asociadas y referidas a un mismo objeto, nos vemos llevados a pensarlas como unidad, aunque sin saber con claridad por qué, ya que no tenemos experiencia directa de la sustancia. Percibimos el color y la figura de la manzana, captamos su olor y su sabor, pero todo ello lo atribuimos a una manzana que no vemos, no olemos ni sentimos como tal; queda, por tanto, como un soporte desconocido al que remitimos nuestras sensaciones.
Berkeley se preguntó si era necesario admitir que tales sensaciones correspondieran a un objeto externo. Su respuesta fue negativa, pues no habría obligación de afirmar una realidad de la que carecemos de experiencia. No consta que las sensaciones sean causadas por cuerpos, ni tampoco por la mente que las recibe, ya que ésta se comporta pasivamente respecto de ellas. Por consiguiente, deben proceder de Dios. De este modo, sólo existirían Dios, la mente humana y las sensaciones producidas por aquél en ésta.
Hume llevó todavía más lejos la duda de Berkeley, extendiéndola al propio yo, del cual tampoco cabría experiencia directa. La conciencia no se capta a sí misma, sino únicamente una sucesión de impresiones que aparecen y desaparecen sin conservarse en la existencia más que durante un instante. Una vez eliminadas la sustancia externa y la sustancia interna, y puestas en cuestión las pruebas de Dios —de quien, en cualquier caso, no habría experiencia posible por tratarse de un ser necesario—, la realidad queda reducida a un aparecer indeterminado: algo que se manifiesta sin que pueda saberse con certeza qué aparece ni ante quién aparece.
Hume no hace sino llevar hasta su término lógico el punto de partida empirista: el fenomenismo. Cuando se abordan problemas ontológicos desde premisas meramente psicológicas, el resultado inevitable es la sustitución de la ontología por el psicologismo. En esto consiste precisamente el accidentalismo.
Parece, por ello, más adecuado mantener que la sustancia no es sólo aquello de lo que se predican los accidentes, y que los accidentes tampoco son simples predicados carentes de entidad propia.
(Cf. González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología, pp. 268 y ss.)