Cuando Jorge Manrique dice que “cualquiera tiempo pasado fue mejor” se equivoca. Con él se equivocan también los cristianos que creen, por ejemplo, que los siglos que median entre la caída de Roma y el Renacimiento fueron siglos de acendrada fe religiosa y estabilidad de la Iglesia, tiempos en que las gentes seguían las normas de la moral y la religión y, temerosas de los castigos de la Inquisición, tenían una conducta más recta que la de hoy.
El siglo XIV, por ejemplo, que siguió a la instauración del Santo Oficio para atajar las herejías de albigenses, insabattatos, etc., fue un siglo de barbarie, un salto hacia los tiempos más duros de la Historia. El siglo X, el siglo de hierro, no fue tan malo. El papa estaba cautivo en Aviñón, las herejías crecían sin cesar, la lujuria estaba a la orden del día, los cismas en la Iglesia aparecían por todas partes, hubo un fervor apocalíptico como nuna antes había tenido lugar, apareciero falsos profetas predicando el fin del mundo, hubo guerras feroces que ensangretaron media Europa, los reyes empobrecían a sus súbditos, los campesinos se levantaban contra los nobles y por todas partes se producían devastaciones de regiones enteras. Se recurría a la violencia con la mayor facilidad, decaían las órdenes religiosas, los grandes teólogos y filósofos se sumían en la oscuridad. Al siglo anterior, el de los reyes Fernando III, Jaime I, San Luis, el de los filósofos y teólogos Tomás de Aquino, Buenaventura, etc., sucedió el de Felipe el Hermoso, Pedro el Cruel, Carlos el Malo, Juan Wiclef. En lugar de la Divina Comedia hubo el Roman de la Rose.