Ante los ojos de quienes aprendan a mirar se está desplegando el drama del poder de nuestro tiempo. Los actores no desempeñan el papel que la gente les atribuye. No representan sus intereses y afanes. No oyen al pueblo, como dicen ellos. Los dramatis personae son de muy distinta índole.
En su plena juventud y vigor, que es el momento mejor para el ejercicio enérgico del poder político, el Rey Sol enunció a la perfección los rasgos que definen la oligarquía: “Las resoluciones deben ser rápidas, la disciplina exacta, las órdenes absolutas y la obediencia puntual”. Rapidez en la toma de decisiones, órdenes tajantes y ejecución de las mismas al instante, he aquí la tríada de conceptos que muestran la esencia de un partido político (R. Michels). Las otras esencias, como la democracia interna -según manda la Constitución Española-, la representación de la voluntad popular, el bien común, la justicia social y otras semejantes son ambiguas e incluso carentes de contenido. En la mayoría de los casos, no son más que anzuelos ideológicos.