El templo de las musas

En la Antigüedad había templos de las musas, pero no museos. No al menos como los hay en la actualidad. El culto a estas divinidades, que empezaron siendo ninfas de las fuentes para irse convirtiendo poco a poco en diosas inspiradoras de la música, la poesía, la tragedia, etc. habría nacido en las proximidades del … Leer más

Profesores

Si se lee filosofía política de San Agustín se encuentra uno con la siguiente tesis: que el Estado no debe obligar a nadie a ser bueno y a nadie debe impedir que sea malo, excepto cuando se vea alterada la paz social. Ser un mentiroso o un borracho es algo que debe quedar al libre arbitrio de cada cual. La ley solo debe intervenir si el que se embriaga interrumpe el descanso de los vecinos o si el que miente trata de vender una propiedad que no es suya.
El Estado moderno ha sabido hallar un medio para proteger esta libertad en el funcionario libre e inamovible, un individuo obligado a atenerse a ordenamientos administrativos rigurosos y que solo puede ocupar su puesto si previamente ha demostrado poseer una cualificación específica para él. Un juez, un policía o un profesor dependen solo de su deber y están obligados a no obedecer a un jefe y a no seguir una ideología política.

Educación de los mejores

Lo peculiar de nuestro tiempo es la interacción entre los gustos de la masa y una gran eficiencia lograda por las técnicas para satisfacerlos. El gentío es el amo. Quiere esto, lo otro, lo de más allá… viajes, alimentos bien sabrosos, ropa de marca, vacaciones, sexo, alcohol… Quiere todo, aunque en el fondo quiere todo eso porque no sabe querer. Un filón para el mercado en todo caso. Para la producción de cosas, la cual, ayudada por la tecnología del presente es capaz de producir mucho más de lo que el gentío pide.
Ocurre, sin embargo, que las técnicas, dotadas del máximo prestigio a los ojos del gentío carecen en cuanto tales de principios morales o estéticos. ¿Cómo no? A un físico se le puede encomendar el diseño de una central nuclear, a un genetista el de un clon humano. Saben hacerlo. Otra cosa es que deban hacerlo. Eso no pertenece a su especialidad. No es que estos personajes sean inmorales, no. Es que los principios que podrían regir la vida de las masas no son tales principios. Son valores, como los de la bolsa. Suben y bajan de cotización. Es decir, son convencionales y pueden ser más amados por unos que por otros. Incluso pueden ser seguidos un día sí y otro no. En estas condiciones la educación moral se sustituye por el condicionamiento… para seguir comprando. Lástima que la crisis amenace este sistema tan bien ensamblado mientras había dinero en abundancia, dinero que incrementaba la oferta y aumentaba la demanda en una espiral que parecía no tener fin.

La cultura contra Esperanza Aguirre

 Se llaman a sí mismos profesionales de la cultura y firman un manifiesto en defensa de los profesores y en contra de Esperanza Aguirre. A los profesores habría que decirles que con estos amigos no necesitan enemigos y a Esperanza Aguirre que corrija sus errores y no ceje en su empeño contra estos señores de la ceja, no contra las buenas tareas que puede desempeñar un profesorado digno.
Son especialistas en sembrar sombras. Solo que sus sombras son muy poco densas y hasta un cegato intelectual es capaz de ver a través de ellas. El “periódico independiente de la mañana” dice que es un manifiesto de intelectuales. Ellos sin embargo no se llaman así, sino “profesionales de la cultura”. La tarea de examinar otra vez ambas denominaciones es ya monótona, pero no hay más remedio que hacerlo de nuevo.

esRadio

En el fondo de las conciencias hay una pantalla sobre la que proyectan sus apariencias de realidad los actuales titiriteros. Estos fabrican sombras chinescas que los chiquillos toman como auténticas entidades en un espectáculo cuya única finalidad es disfrazar u ocultar la realidad. El que quiera saber algo de las cosas no tiene más remedio que darse cuenta en primer lugar de este juego y, en segundo, entrar en la trastienda donde tendrá que distinguir qué cosas tienen bulto material y qué otras son sombras y nada más.
Lo que está pasando estos días con los profesores es un ejemplo de ese juego que se libra a tres bandas, la de los propios profesores, la de quienes dicen apoyarles y la de quienes quieren que se sometan al dictamen de la Junta madrileña.

Profesor de secundaria

Día primero
El profesor ha tenido que hacer guardia nada más empezar la jornada. Era un grupo de segundo de ESO (Educación Secundaria Obligatoria para quienes no estén al tanto de esta nomenclatura). Ha sido un comienzo duro, pero podía haber ido peor. Su método suele funcionar. No tendrá nada de pedagógico, pero es eficaz, que es lo que importa. Consiste en mostrarse como un energúmeno. El griterío era ensordecedor cuando entró en la clase, pero estas bestezuelas se aquietan ante un profesor que tenga físico imponente, voz grave y cara de mala leche. En cada aula puede haber cuatro o cinco de estos incorregibles, pero son los dueños del corral. Los demás, veintitantos o treinta y tantos, no se atreven a otra cosa que a secundarles.

Igualdad

 Lo peculiar de nuestro tiempo es la interacción entre los gustos de la masa y una gran eficiencia lograda por las técnicas para satisfacerlos. Pero las técnicas, las únicas que gozan de prestigio ante la masa, en cuanto tales carecen de principios. A un físico o un ingeniero se le puede encomendar el diseño de una central nuclear, a un genetista el de un clon humano, y seguramente sabrán hacerlo. Pero la decisión sobre si se debe o no hacer tales cosas no pertenece a su especialidad. Las técnicas no poseen principios morales. No quiere esto decir que sean inmorales. El problema se complica porque en el presente los principios no son principios, sino valores, y por tanto son convencionales y pueden por eso subir y bajar, como los valores de la bolsa, de donde parecen haber cogido el nombre. En estas condiciones la educación moral se sustituye por el condicionamiento.
Así las cosas, no puede esperarse que la buena educación sea universal. Nada impide, empero, que uno decida cultivar su propio jardín, como Epicuro, y buscar para sí mismo al menos la excelencia. Esto creo que sigue siendo una obligación para una minoría, una vez que la mayoría no intenta siquiera saber que existe este camino. Tampoco puede esperarse que éstos –los mejores- accedan a la dirección de las masas. Ni siquiera es bueno desearlo. A ese grupo reducido de los mejor educados pertenecieron Marx y Nietzsche, el padre del comunismo y el abuelo del nazismo respectivamente. La buena educación no debe separarse de la prudencia si no se quiere correr el riesgo de repetir los terremotos que sacudieron el siglo XX. No se debe despreciar la política ni esperar imposibles de ella, como pretender introducir en su interior directrices visionarias y utópicas, lo que no sería propio del hombre prudente y bien educado.

Leyes de enseñanza

Las leyes y los profesores son los medios indispensables para alcanzar los fines que se propone la enseñanza reglada por el Estado. Aquellas deberían establecer cómo se alcanzan dichos fines, y éstos deberían ejecutar lo que aquellas dictaran. Pero en la dialéctica habida ambas partes se sitúa la causa de lo que ha empeorado nuestro presente.
La leyes españolas de instrucción, que después fueron de enseñanza y más tarde aún de educación, lo que da idea del sesgo ideológico que iban cobrando, empiezan a gestarse hace unos doscientos años, cuando al Antiguo Régimen le suceden las naciones políticas actuales y se ponen en marcha planes de instrucción general. Puede hallarse su origen en el Informe Quintana, firmado en Cádiz el 9 de Septiembre de 1813, un informe que debe su nombre al poeta Manuel José Quintana, que participó en la comisión que lo redactó. En él se tomaban las directrices que el Marqués de Condorcet había presentado a la Asamblea Nacional Francesa en su Rapport sur l’instruction publique el año 1792. Tales directrices básicas eran:

Deseducación española

En un seminario organizado por el MEC el año 2005 sobre la formación de los profesores de Bachillerato a propósito del sistema LOGSE, dijo lo siguiente la señora doña Pilar Benejam Argimbau, catedrática de Didáctica dela Universidad Autónoma de Barcelona:
«La reforma iniciada en la década de los años 80 y concretada en el 90 con la LOGSE (…) representó una respuesta a las nuevas exigencias democráticas y sociales de igualdad, integración, atención a la diversidad y preparación para el ejercicio de la ciudadanía. Tales iniciativas, acordes con una visión política socialista, también fueron vistas positivamente por el mundo del trabajo, dado que la economía reclamaba más formación para trabajadores y usuarios en un mundo tecnificado y en cambio acelerado. Esta ley vino arropada por una teoría educativa actualizada acerca de los procesos de enseñanza y aprendizaje, pero olvidó la formación inicial del profesorado que había de hacer posible todos esos cambios. Los estudios de magisterio dieron cabida a nuevas especialidades pero no renovaron sus planteamientos, mientras la formación inicial del profesorado de secundaria se abordó tarde y mal y no pasó de decreto. De manera inexplicable, gran parte de los profesores, los políticos y la sociedad en general siguió confiando en que para enseñar a nivel de secundaria lo realmente importante era una buena preparación académica.»

La educación en España

No hace mucho tiempo que el Sr. Rodríguez Zapatero aseguró que España no necesita más reformas educativas y que solo falta impulsar un plan de convivencia escolar que lleve la disciplina y el respeto al profesorado. Este señor, que sigue siendo el secretario general de un partido que prácticamente ha destruído la enseñanza española, se ha apartado con esas palabras de la tradición que él mismo encarna y culmina por ahora, pues el mero hecho hecho de pronunciarlas bastaban hasta hace poco para tachar de franquista, reaccionario y cavernícola a quien lo hiciera. De hecho, las leyes de educación socialistas siempre han preferido hablar de normas de convivencia y no de disciplina, para lograr una enseñanza democrática, pero lo único que han conseguido ha sido la indisciplina y la desautorización y menosprecio de los profesores.
Pero no es justo atribuir toda la causa a las leyes ni al partido que encabeza el Sr. Rodríguez Zapatero. Toda ley se alimenta de una cierta opinión extendida entre la población y todo partido llega al poder solo si esa misma población lo vota en las urnas.

Manuel II Paleólogo

Manuel II Paleólogo fue un monarca desgraciado. Hombre de una gran inteligencia y belleza hierática propia de los cuadros bizantinos, comprendía a la perfección el momento que la divinidad le había asignado. Autoridad espiritual del cristianismo de Oriente, vivía recluido en su palacio de Constantinopla, la segunda Roma, fundada por Constantino mil años antes. La ciudad estaba asediada por los turcos selyúcidas. Él sabía que no había salvación para su reino y su civilización. Viendo acercarse el final viajó a la primera Roma en demanda de auxilio de sus hermanos de religión. Su séquito llevaba obras de Homero, Píndaro, Sófocles, Aristófanes, Herodoto y Tucídices, imprescindibles para que comenzara el Renacimiento en Italia. También fue a París y Londres.
No recibió ayuda militar. Constantinopla cayó en 1453, fecha fatídica que da comienzo, según algunos, a la Edad Moderna. El turco pudo penetrar a partir de entonces en los Balcanes y llegar hasta Hungría, no antes de anexionarse Estiria y Carintia, de constituir en vasallaje a Moldavia, de ganar una batalla naval a los venecianos en 1499, de tomar en 1521 la plaza de Belgrado, etc. La civilización bizantina fue barrida y un Estado musulmán se alzó ante Europa en sustitución del califato español. Para los cristianos del momento fue como la Unión Soviética durante la guerra fría del siglo XX.

Tecnología del intelecto

Así se ha llamado con razón a la escritura, uno de los tres o cuatro inventos más grandes de la humanidad. En ella confluyen lo material y lo mental y se hacen indistintos. Tanto es así que ahora no es posible distinguir los mejores adelantos en ciencia y filosofía si no están grabados, negro sobre blanco, en un papel… Pero el papel es el penúltimo soporte de cuantos han existido.
Primero fueron las largas tiras de pergamino, procedente de la piel del cabrito o la ternera. No menos de diez animales había que sacrificar para la edición de un solo ejemplar de La República. De ese material se hicieron los rollos, o volúmenes -de volvo, envolver-, que llenaron los estantes de la Biblioteca de Alejandría. Luego fueron los códices, hojas rectangulares de la misma piel cosidas por uno de sus lados, que fueron inventados por los cristianos de Egipto con el fin de disponer en un solo cuerpo de varios libros de las Sagradas Escrituras. Más tarde, en el siglo VIII, en el transcurso de una batalla librada en Samarcanda, los árabes consiguieron capturar a dos chinos fabricantes de papel, un invento que había permanecido secreto durante cerca de 700 años.

La escritura

Aunque el mito de Platón abomina de la escritura, como he contado en el artículo de ayer, su autor dedicó largas jornadas de su vida al prolijo deber del escritor. La verdad no improbable de sus palabras no le impidió ser el primer filósofo en lengua escrita de la Historia. Hubo ciertamente otros, como Anaximandro o Parménides, que también escribieron, pero, aparte de que sus obras apenas existen para nosotros, o no existen en el mismo grado que las de Platón, de ninguno de ellos puede decirse que descubriera y explorara como él el territorio propio de la filosofía, las Ideas. Le precedieron en el tiempo, pero no en la Historia, que, como es sabido, es siempre una invención más o menos acertada y congruente, una reconstrucción del pasado al hilo del criterio presente. Cada nuevo movimiento la reconstruye de nuevo y aunque al hombre no le es dado crear deliberadamente las consecuencias de su acción, sí puede crear sus antecedentes en su memoria.
Quiere esto decir que el historiador no penetra en una época, como si ésta fuera algo existente de antemano que sólo esperara ser examinado, sino que más bien la reconstruye. La mirada hacia atrás es de quien mira, no de quien es mirado. Y en esa mirada nuestra Platón ocupa ahora la primera posición justamente porque escribió. Aunque el arte de la escritura no fue una condición suficiente, sí fue una condición necesaria, para ocupar ese puesto. Si hubiera sido de otro modo, si Platón no hubiera escrito sus diálogos, el recuerdo de su nombre apenas destacaría sobre el de aquellos otros a quienes atribuimos en el presente unas cuantas tesis más o menos imprecisas y escasamente desarrolladas, como Sócrates, Anaxágoras, Demócrito…

Dos mitos

La tecnología no es solo acción. Es también pensamiento, pensamiento extendido por todas las vetas de los grupos humanos. La tecnología se introduce en la práctica de las sociedades, pero forma parte a la vez de la serie de figuraciones con que los hombres interpretan, justifican, rechazan, aceptan, viven… el mundo y a sí mismos. No es infrecuente que las figuraciones tecnológicas, que desde el Neolítico han contado siempre con un lugar prominente en el vasto universo de los símbolos, representen en él el mal que ha de venir, la infracción del orden natural, un desorden que no puede quedar impune. Así lo atestiguan algunas noticias sobre los pueblos primitivos, que cuentan el temor suscitado en el aborigen de la Edad de la Piedra por el dominio del fuego (V. Heusch, Pourquoi l’épouser? et autres essais, Gallimard, Paris, 1971). Y lo atestiguan también algunos mitos importantes, como el de Prometeo, expresión simbólica de una usurpación del poder de los dioses y del castigo implacable de la Moira, que acecha en lo oscuro. Éste es el mejor mito neolítico que ha llegado hasta nosotros, un prototipo de alusión a la ruptura de un orden anterior a la iniciación del camino de la Historia. Por la fuerza de los símbolos que encarna y por representar en un relato insuperable el ambiguo sentimiento de temor y admiración por la tecnología que nos embarga, es también un mito de nuestro tiempo. El Neolítico en nosotros.
No es el único mito viejo y nuevo. La presentación de sentimientos y temores que se halla en él es más minuciosa en otro mito que también se ha encargado Platón de conservar para nosotros. Se trata de un pasaje no carente de ironía y paradoja de un filósofo racionalista hacedor de mitos. Según «una tradición que viene de los antiguos», dice en el Fedro (274 b – 277 c), Theuth presentó un día al dios Ammón sus siete inventos: «el número, el cálculo, la geometría, la astronomía, los juegos de damas y dados y las letras». Los juegos de damas y dados no merecen juicio alguno por parte de Platón, pero de los cuatro primeros descubrimientos sabemos por otros escritos que acaso habrían bastado para que considerase a su autor uno de los dioses más grandes del panteón egipcio, superior con mucho a Prometeo en el olímpico, porque éste se limitó a enseñar a los hombres el arte del herrero, un trabajo propio de artesanos e indigno de ser comparado al estudio de los números o de los movimientos de los astros en el cielo.