La causa final

A primera vista, la expresión causa final podría parecer contradictoria, si se tiene presente que la causa incluye la noción de principio, mientras que el fin parece designar aquello que está al término de un proceso. Sin embargo, la palabra fin posee dos sentidos que conviene distinguir. Por una parte, significa el resultado alcanzado por una acción, aquello en lo que ésta desemboca; bajo este aspecto, el fin parece tener más carácter de efecto que de causa. Por otra parte, designa aquello que el agente se propone y en cuya virtud se determina a obrar; considerado así, el fin sí posee verdadera índole causal, porque constituye el principio intencional de la operación.

Nada impide, por tanto, que ambos sentidos se encuentren enlazados. En el orden efectivo, propio de la causa eficiente, el fin aparece como término de la acción ya realizada; en el orden intencional, propio de la causa final, se presenta como meta que mueve al agente. De ahí la distinción entre finis in re y finis in intentione. La palabra fin reúne ambas dimensiones: una vez obtenido, es efecto; mientras orienta la acción, es causa. Por eso debe advertirse que el fin causa sólo en cuanto el agente lo asume como término de su apetencia. “Antes de producir el fin-efecto el agente es movido por el fin-causa”. Este segundo sentido posee prioridad en la explicación de la causalidad final. Aristóteles ya había dicho que “el fin como causa es aquello por lo que algo se hace” (Met., V, 2), donde la expresión “por lo que” no alude al motor eficiente, sino al motivo que orienta la acción.

Pueden distinguirse tres clases de fin: objetivo, subjetivo y formal. El fin objetivo, llamado también finis cuius gratia o finis gratia, es el objeto apetecido que mueve al agente a obrar y en el que se termina su inclinación. El fin subjetivo, o finis cui, es el sujeto para quien algo se busca. El fin formal, o finis quo, es aquello en lo cual se posee o alcanza lo apetecido. El primero de ellos es siempre fin-causa, y se contrapone al fin-efecto.

Con esta distinción se relaciona la diferencia entre finis operis y finis operantis. Una limosna, por su propia índole, se ordena a socorrer o aliviar la necesidad de alguien: tal es el finis operis. Pero quien la da puede hacerlo con la intención de ser tenido por generoso: ése sería el finis operantis. El fin de la obra, considerado únicamente como resultado, no causa en sentido propio, salvo cuando es asumido por el agente y entra en el orden de la causalidad final. Si no ocurre esto, aquello que parecía fin puede quedar reducido a simple medio. Un objeto fabricado exclusivamente para obtener dinero no es fin último de la acción, sino instrumento respecto de otro fin. El fin se quiere por sí mismo; los medios se quieren por razón del fin. El fin posee bondad en cuanto es apetecible por sí; los medios, en cambio, son buenos en la medida en que sirven, y por eso su bondad es más propiamente utilidad.

Además, un mismo agente puede proponerse varios fines coordinados. Un soldado puede combatir por cumplir su deber, por complacerse en la lucha o por alcanzar una condecoración. Entre esos diversos fines puede haber uno principal y otros secundarios. El fin secundario no se identifica necesariamente con un medio; también puede ser verdadero fin, aunque de menor rango y menor fuerza apetecible. Asimismo, cabe hablar de un fin último o absoluto, y de un fin secundum quid, es decir, relativo dentro de un orden determinado.

Causalidad del fin

El fin no mueve al modo de la causa eficiente, es decir, empujando o produciendo físicamente el efecto. Su modo propio de mover consiste en atraer, como objeto amado o deseado. Mediante esa atracción, la causa final mueve a la causa eficiente para que ésta actúe. En el comienzo de la operación se encuentra el deseo; si éste falta, la acción pierde sentido o sencillamente no llega a ejecutarse.

La raíz del deseo es el bien. Por eso el fin guarda estrecha relación con el bien. Sin embargo, no todo bien es fin, aunque todo fin tenga razón de bien. El ámbito del bien es más amplio que el del fin. El bien y el fin coinciden sólo cuando el bien puede terminar el deseo del agente, esto es, cuando posee capacidad de atraerlo y, por esa misma atracción, mover a la causa eficiente.

Para que la causa final ejerza su causalidad no basta que algo sea apetecible; es necesario que sea efectivamente apetecido. Y para que algo pueda ser apetecido, debe ser previamente conocido: nihil quaesitum nisi praecognitum. Además, el conocimiento del bien exige una ordenación propiamente intelectual. Es preciso conocer el fin como fin, conocer también los medios que conducen a él y ordenar éstos respecto de aquél; y ordenar corresponde a la inteligencia: intellectus est ordinare.

Ahora bien, ¿qué papel desempeña el conocimiento en la constitución causal del fin? El conocimiento es necesario para que el agente tienda hacia un fin, pero tal necesidad no lo convierte en causa. Es condición, no causa. El fin queda formalmente constituido por la bondad, no por el conocimiento. Pero para que lo apetecible pase a ser apetecido, debe ser conocido. Por tanto, el conocimiento del fin es la conditio sine qua non de la causalidad final.

Conviene precisar todavía más. El conocimiento es condición, no causa, porque lo que confiere al fin su capacidad de atraer es su bondad. Pero una cosa es que algo sea causa y otra que cause actualmente. No es lo mismo el fin in actu primo, es decir, aquello que puede finalizar, que el fin in actu secundo, aquello que finaliza efectivamente. La bondad constituye al fin en acto primero; la apetencia lo constituye en acto segundo. Y es esta apetencia la que mueve al agente a obrar.

Desde aquí puede entenderse de qué modo la causalidad final gobierna todo el ámbito de la eficiencia.

II. El principio de finalidad

Aunque la eficiencia y la finalidad se encuentran realmente unidas en la acción, la historia del pensamiento las ha tratado con frecuencia como si pudieran ser consideradas aisladamente.

Formulación del principio

La formulación más habitual del principio de finalidad afirma que todo agente obra por un fin. En ella aparece claramente la conexión entre la causa eficiente y la causa final. Otras expresiones equivalentes dicen que todo lo que se hace se hace por un fin, que toda obra es por un fin o que todo efecto existe por un fin.

El efecto puede considerarse mientras se produce, in fieri, o una vez producido, in facto esse. Desde esta segunda perspectiva surgen otras fórmulas: lo que existe contingentemente tiene causa final, lo contingente tiene un fin, o todo compuesto se ordena a un fin. Tales expresiones sólo presentan una dificultad: restringen la finalidad al vincularla demasiado estrechamente con la eficiencia. Con todo, son verdaderas si se aplican a los entes particulares efectuados. En cambio, resultarían falsas si se pretendiera extenderlas sin matices al ente trascendental.

La dificultad no consiste en negar la universalidad de la finalidad, sino en evitar una fórmula que la limite indebidamente. Por eso conviene acudir a la expresión tomista: todo agente obra por un fin. Es interesante advertir aquí que la causalidad final posee una universalidad más amplia que la causalidad eficiente, aunque se mantenga vinculada a ella. La razón es que el sujeto de la eficiencia es aquello que se hace: lo contingente, lo estructurado, lo compuesto. Por eso la eficiencia no se extiende de la misma manera a lo que no es compuesto. En cambio, el principio de finalidad toma como sujeto al agente, es decir, al ente activo, y de la actividad predica su orientación a un fin.

González Álvarez lo expresa así: “Pero el predicado nos remite a una causa, es decir, a un gente o a una eficiencia que es perfección trascendental y, por tanto, atribuible a todos los géneros del ente. El sujeto del principio de finalidad es precisamente el agente, es decir, el ente activo, y de la actividad predicamos el fin. Y tal es la razón que, vinculada la finalidad a la eficiencia, pero midiéndose la extensión de los principios por la del sujeto, el principio de finalidad trasciende en universalidad al de causalidad” (G. Álvarez, pág. 441).

Por consiguiente, todos los agentes obran por un fin, y no solamente los entes efectuados o producidos. Sin embargo, esto no basta para incluir el principio de finalidad entre los primeros principios ontológicos, pues depende de principios superiores y rige únicamente el orden operativo. Aquí aparece una cierta paradoja: en el mundo cosmológico, donde la materia introduce indeterminación, muchos hechos tienen causa sin poseer propiamente fin, y muchas acciones carecen de sentido. Por eso resulta impropio afirmar sin más que todo ente tiene un fin. Puede haber algún ente incausado y, además, no es legítimo pasar del orden entitativo al orden operativo sin una justificación suficiente. El principio de finalidad se aplica al ente sólo en cuanto éste es activo.

(Cf. González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología, p. 441).