Defensa del tiranicidio

En el capítulo sexto de su magna obra De rege et regis institutione, Juan de Mariana muestra el carácter de los antiguos republicanos romanos que amaban su libertad y su patria por encima de todo, estando dispuestos a liquidar al tirano que las viniera a oprimir. Quisiera él que su doctrina se extendiera e hiciera común, de manera que los príncipes tuvieran siempre presente que si obran en contra de su pueblo pueden ser muertos no solo con derecho, sino también con gloria, y que fuera regla en ellos sentir temor para gobernar sin oprimir a su pueblo.
No vendrán mal estas consideraciones a todos los que se dejan llevar por las ideas divulgadas en los actuales medios de comunicación, tan sumisos al poder y poco dados a examinar razones que pudieran dañar los débiles sentimientos de sus lectores u oidores; de éstos pocos habrá que lean con agrado los argumentos del padre Juan de Mariana y menos todavía los que se dejen convencer por ellos, pero, por si el azar pudiera hacerles dudar al menos un instante de sus convicciones, adquiridas seguramente sin juicio, y decidieran ponerse a pensar en cosas que acaso juzguen crueles y hasta criminales, aquí se los dejo.


Capítulo VI. ¿Es lícito matar al tirano?

Tal es el carácter del tirano, tales sus costumbres. Podrá aparecer feliz, mas no lo será nunca a sus ojos. Aborrecido de Dios y de los hombres, sus propias maldades le sirven de tormento, porque el alma y la conciencia quedan laceradas por la crueldad y el miedo del mismo modo que el cuerpo por los azotes y los demás castigos. A los que son objeto de la venganza del cielo, precipita el cielo a su ruina, quitándoles la prudencia y el entendimiento. En la historia antigua, como en la moderna, abundan los ejemplos y las pruebas de cuán poderosa es la irritada muchedumbre cuando por odio al príncipe se propone derribarle. Tenemos cerca de nosotros, en Francia, uno muy reciente, por el que podemos ver cuánto importa que estén tranquilos los ánimos del pueblo, sobre los que no es posible ejercer el mismo dominio que sobre el cuerpo. ¡Triste y memorable suceso! Enrique III, rey de aquella monarquía, yace muerto por la mano de un monje con las entrañas atravesadas por un hierro emponzoñado. ¡Qué espectáculo! Repugnante a la verdad y en muy pocos casos digno de alabanza. Aprendan, sin embargo, en él los príncipes; comprendan que no han de quedar impunes sus impíos atentados. Conozcan de una vez que el poder de los príncipes es débil cuando dejan de respetarle sus vasallos.

Intentaba aquel, por carecer de descendencia, dejar el reino a su cuñado Enrique, manchado desde su tierna edad con depravadas doctrinas religiosas, maldecido por los pontífices, despojado entonces del derecho de sucesión, por más que ahora, cambiadas las ideas, sea rey de Francia. Sabida esta resolución, gran parte de la nobleza, después de haber consultado a otros príncipes nacionales y extranjeros, toma las armas por la religión y por la defensa de su patria, recibiendo de todas partes cuantiosos socorros. Guisa va al frente de los sublevados; Guisa, ese duque en cuyo valor descansaban en aquel tiempo las esperanzas y la fortuna de la Francia. Los reyes no mudan nunca de propósito; deseando Enrique vengar los nobles esfuerzos de los próceres, llama a Guisa a París con la seguridad y el intento de matarle y, cuando ve que no puede llevar a cabo su obra porque, enfurecido el pueblo, toma en contra de él las armas, deja precipitadamente la ciudad; finge poco después que ha mudado de pensamiento, y anuncia que quiere deliberar con todos los ciudadanos sobre lo que conviene a la salud del reino. Convocadas y reunidas ya las clases del estado en Blesis, ciudad que bañan las aguas del Loira, mata en su propio palacio al duque y al cardenal de Guisa, que no habían vacilado en asistir a la asamblea, fiando en lo sagrado de las palabras de su Príncipe; y luego, para colmar tanta injusticia, imputa a los que son ya cadáveres crímenes de lesa majestad, de que no pueden defenderse, llevando el escándalo hasta el punto de aparentar que han sido muertos en virtud de la ley de alta traición, es decir, con razón y por el rigor del derecho. No contento aun, prende a otros muchos y, entre ellos, al cardenal de Borbón que, aunque de edad muy avanzada, tenía la justa esperanza de suceder a Enrique, fundada en el derecho de la sangre.

Conmovieron grandemente estos sucesos los ánimos de gran parte de la Francia y se sublevaron muchas ciudades, destronando a Enrique y manifestándose dispuestas a pelear por la salud de la república. La principal fue París, que aventaja a todas las de Europa por sus riquezas, por su saber, por sus medios de instrucción y, sobre todo, por su grandeza. Considerable fue el incendio; pero los movimientos de la muchedumbre son como los torrentes; crecen con rapidez, duran poco tiempo. Estaban ya muy debilitados los ímpetus del pueblo y, acampado Enrique a cuatro millas de París, no sin esperanza de lavar con sangre la mancha que sobre su lealtad había caído, cuando la audacia de un solo joven fue a fortalecer de nuevo los abatidos ánimos, cambiando de repente la faz de los sucesos. Llamábase ese joven Jacobo Clemente; era natural de una aldea de Autun, conocida con el nombre de Serbona, y estaba a la sazón estudiando teología en un colegio de dominicos, orden a que pertenecía. Habiendo oído de los teólogos que era lícito matará un tirano, se procuró cartas de los que pudo entender estaban pública o secretamente por Enrique y, sin tomar consejo de nadie, partió para los reales del Rey con intento de matarle el día 31 de julio de 1589. Admitido sin tardanza por creerse que iba a comunicar al Rey secretos de importancia, le fueron devueltas las cartas que había presentado citándole para el siguiente día. Amaneció el 1.° de agosto, día de San Pedro Advíncula, celebró el santo sacrificio y pasó a ver a Enrique, que le llamó en el momento de levantarse cuando no estaba aún vestido. Luego que, cruzadas de una y otra parte algunas contestaciones, estuvo ya Jacobo cerca de su víctima, finge que va a entregarle otras cartas, y le abre de repente una profunda herida en la vejiga con un puñal envenenado que cubría con su misma mano. ¡Serenidad insigne, hazaña memorable! Traspasado el Rey de dolor, hiere con el mismo puñal el ojo y el pecho de su asesino, dundo grandes voces de: «Al traidor, al parricida».

Entran en esto los cortesanos conmovidos por tan inesperado suceso y se ceban con crueldad y fiereza en multiplicar las heridas del ya postrado y exánime Clemente que, sin proferir una palabra, dejaba ver en su semblante cuán alegre estaba de haber ejecutado su intento, de evitar penas para las que hubieran sido quizá débiles sus fuerzas y dejar, por fin, redimida con su sangre su infortunada patria y la libertad del reino. Herido el Rey, captóse el monje gran fama por haber expiado la muerte con la muerte y, sobre todo, por haberse ofrecido en sacrificio a los manes del duque de Guisa, pérfidamente asesinado. Murió siendo considerado por los más como una gloria eterna de la Francia; murió cuando sólo contaba veinte y cuatro años. Era de modesto ingenio y de no mucha robustez de cuerpo; mas, indudablemente, una fuerza superior aumentó la suya y fortaleció su alma. Llegó el Rey a la noche con grandes esperanzas de salud y sin recibir por esta razón los sacramentos, y exhaló su último suspiro a las dos de la madrugada, pronunciando aquellas palabras de David : «He aquí pues que en la iniquidad fui concebido y en el pecado me concibió mi madre». ¡Qué lástima! Hubiera podido ser este Rey feliz si sus últimos actos hubiesen correspondido a los primeros, y se hubiese manifestado tan buen príncipe como se cree que lo fue bajo el reinado de su hermano Carlos, siendo general en jefe de las tropas del Rey contra los rebeldes, conducta que le sirvió de escalón para subir al trono de Polonia por voto de los magnates de aquel reino. Mas cambiaron desgraciadamente sus hechos, y los crímenes cometidos en sus postreros años hicieron olvidar las glorias de su edad primera. No bien murió su hermano, fue llamado otra vez a su patria y proclamado rey de Francia; todo lo convirtió en juguete de su poderío. ¡Ay, no pareció sino que le habían levantado a la cumbre de la grandeza para que fuese mayor su caída! Así juega la fortuna o una fuerza superior con las cosas de los hombres.

Sobre la hazaña del monje no todos opinaron de una misma manera. Muchos la alabaron y le juzgaron digno de la inmortalidad; otros, más prudentes y eruditos, le vituperaron, negando que un particular pudiese matar a un rey, proclamado por consentimiento del pueblo y ungido y consagrado, según costumbre, por el ólio santo. Importa poco, decían, que las costumbres de este Rey se hayan depravado; importa poco que haya degenerado su poder en tiranía; los libros sagrados, la misma historia del cristianismo, manifiestan que no hay nunca razón para matar a los reyes. ¡Cuánta no fue en los antiguos tiempos la maldad de Saúl, rey de los judíos! ¡Cuán libertina no fue su vida, cuán depravadas sus costumbres! Agitada su frente por infames pensamientos, no vacilaba sino cuando obraban con fuerza en él los remordimientos de su conciencia. Destronado él, había de pasar la corona a David, y David, no obstante, a pesar de saber cuán injustamente reinaba, a pesar de verle sumergido en la locura y en el crimen, a pesar de tenerle una y otra vez bajo su poder, a pesar de que parecía asistirle cierto derecho, ya para vindicar el mando, ya para defender su salud propia, contra la cual estaba aquel atentando de mil modos sin tener jamás motivo, a pesar de que le veía siempre siguiendo con mala intención sus pasos, no sólo no se atrevió nunca a matarle y le perdonó siempre sus injurias, sino que hasta mató como impío y temerario al joven amalecita que le asesinó viéndole vencido en la batalla, echado sobre su propia espada y deseando que otro acabase de quitarle su enojosa vida. No por ser Saúl un tirano, creyó este prudente Rey que era digno de perdón el que se atrevió a atentar contra un príncipe consagrado por la mano de Dios desde el momento de haber sido ungido. Es, además, sabida la crueldad que desplegaron los emperadores romanos en los primeros tiempos de la Iglesia contra los que profesaban la religión de Cristo. Hacían horrorosas carnicerías en todas las provincias, agotaban en el cuerpo de los fieles el mayor lujo posible de tormentos, se cebaban en ellos como fieras acosadas por el hambre. ¿Quién, empero, creyó jamás que hubiese derecho para vengarse ni para enfrenarles con las armas? ¿No se sostuvo, por lo contrario, que era preciso oponer la resignación a la crueldad, al crimen la obediencia? ¿No dijo san Pablo que resistir a la voluntad de un magistrado era resistir a la voluntad de Dios? Y, si no se consideraba lícito poner las manos en un pretor por inicuo y temerario que fuese, ¿ha de serlo matar a los reyes por estragadas que sean sus costumbres? ¿ignoramos acaso que Dios y la república los han colocado en la cumbre del imperio para que sean respetados por sus súbditos como hombres de condición superior, como divinidades de la tierra? Los que intentan, además, mudar de príncipe ¿saben acaso si en lugar de procurar un bien a la república le procuran mayores y más terribles males? No es fácil derribar un gobierno sin que haya graves alteraciones y sean muchas veces los mismos autores de la rebelión las víctimas. Los ejemplos históricos abundan. ¿De qué aprovechó a los siquimitas la conjuración fraguada contra Abimelech para vengar, según querían, a los setenta hermanos que éste había sacrificado impía e inhumanamente, movido por la terrible y perniciosísima ambición de mandar, a pesar de ser poco menos que bastardo? La ciudad fue completamente destruida, sembrado de sal el territorio que ocupaba, muertos de un solo golpe todos los ciudadanos. ¿De qué sirvió a Roma la muerte de Domicio Nerón sino para llamar al trono a Otón y a Vitelio, dos tiranos que fueron tan perniciosos como él para la salud de la república? Si se logró que fuesen menos sus estragos fue a costa de la vida misma del imperio.

Creen, pues, muchos, en vista de tantos y tan terribles ejemplos, que justo o injusto debe sufrirse al príncipe reinante y atenuar con la obediencia los rigores de su tiranía. La clemencia de los reyes y de todos los jefes del Estado depende, dicen, no sólo de su carácter, sino también del carácter de sus súbditos. Si el rey de Castilla, don Pedro, llegó a merecer el nombre de Cruel no fue tanto por su culpa como porque, intolerantes los magnates y ávidos de vengar a diestro y siniestro las injurias recibidas o impuestas, le pusieron en la dura necesidad de reprimir tan temerario atrevimiento. Mas tal es la condición de las cosas de esta mundo. Las desgracias de la virtud las atribuimos al vicio y acostumbramos a juzgar siempre de las cosas por sus resultados. ¿Qué respeto podrán tener los pueblos a su príncipe si se les persuade de que pueden castigar las faltas que cometa? Ora por motivos verdaderos, ora por motivos aparentes, se turbará a cada paso la tranquilidad de la república, el don más apreciable que podemos recibir del cielo. Caerá sobre nosotros todo género de calamidades, se disputarán bandos opuestos el poder con las armas en la mano, males todos que ¿quién no creerá que deban evitarse, a no ser que esté falto de sentido común o tenga el corazón de hierro?

Así hablan los que defienden al tirano; mas los patronos del pueblo no presentan menos ni menores argumentos. La dignidad real, dicen, tiene su origen en la voluntad de la república. Si así lo exigen las circunstancias, no sólo hay facultades para llamar a derecho al rey; las hay para despojarle del cetro y la corona si se niega a corregir sus faltas. Los pueblos le han trasmitido su poder, pero se han reservado otro mayor para imponer tributo; para dictar leyes fundamentales es siempre indispensable su consentimiento. No disputaremos ahora cómo deba éste manifestarse, pero conste que sólo queriéndolo el pueblo se pueden levantar nuevos impuestos y establecer leyes que trastornen las antiguas; conste, y esto es más, que los derechos reales, aunque hereditarios, sólo quedan confirmados en el sucesor por el juramento de esos mismos pueblos. Es preciso, además, tener en cuenta que han merecido en todos tiempos grandes alabanzas los que han atentado contra la vida de los tiranos. ¿Por qué fue puesto en las nubes el nombre de Trasíbulo sino por haber libertado a su patria de los treinta reyes que la tenían oprimida? ¿Por qué fueron tan ponderados Aristogitón y Harmovio? ¿Por qué los dos Brutos, cuyos elogios van repitiendo con placer las nuevas generaciones y están ya legitimados por la autoridad de los pueblos?Conspiraron muchos con éxito desgraciado contra Domicio Nerón: ¿quién reprende su conducta? Han merecido, por lo contrario, la alabanza de todos los siglos. Cayo, monstruo horrendo y cruel, sucumbió a las manos de Quereas; Domiciano a las de Esteban; Caracalla a las del yerno de Marcial, Heliogábalo, prodigio y deshonra del imperio, que al fin expió sus crímenes con su propia sangre, a las lanzas de las guardias pretorianas. Y ¿quién, repetimos, vituperó jamás la audacia de esos hombres? El sentido común es en nosotros una especie de voz natural, salida del fondo de nuestro propio entendimiento, que resuena sin cesar en nuestros oídos y nos enseña a distinguir lo torpe de lo honesto.

Añádase a esto que el tirano es una bestia fiera y cruel que, adonde quiera que vaya, lo devasta, lo saquea, lo incendia todo, haciendo terribles estragos en todas partes con las uñas, con los dientes, con la punta de sus astas. ¿Quién creerá sólo disimulable y no digno de elogio a quien, con peligro de su vida, trate de redimir al pueblo de sus formidables garras? ¿Quién que no se han de dirigir todos los tiros contra un monstruo cruel que mientras viva no ha de poner coto a su carnicería? Llamamos cruel, cobarde e impío al que ve maltratada a su madre o a su esposa sin que la socorra; y ¿hemos de consentir en que un tirano veje y atormente a su antojo a nuestra patria, a la cual debemos más que a nuestros padres? Lejos de nosotros tanta maldad, lejos de nosotros tanta villanía. Importa poco que hayamos de poner en peligro la riqueza, la salud, la vida; a todo trance hemos de salvar la patria del peligro, a todo trance hemos de salvarla de su ruina.

Tales son las razones de una y otra parte. Consideradas atentamente, ¿será acaso difícil explicar el modo de resolver la cuestión propuesta? En primer lugar, tanto los filósofos como los teólogos, están de acuerdo en que, si un príncipe se apoderó de la república a fuerza de armas, sin razón, sin derecho alguno, sin el consentimiento del pueblo, puede ser despojado por cualquiera de la corona, del gobierno, de la vida; que siendo un enemigo público y provocando todo género de males a la patria y haciéndose verdaderamente acreedor por su carácter al nombre de tirano, no sólo puede ser destronado, sino que puede serlo con la misma violencia con que él arrebató un poder que no pertenece sino a la sociedad que oprime y esclaviza. No sin razón Ayod, después de haberse captado con regalos la gracia de Eglón, rey de los moabitas, le mató a puñaladas; arrancó así a su pueblo de la servidumbre que pesaba sobre él hacía ya cerca de veinte años.

Si el príncipe, empero, fuese tal o por derecho hereditario o por la voluntad del puebla, creemos que ha de sufrírsele a pesar de sus liviandades y sus vicios mientras no desprecie esas mismas leyes que se le impusieron por condición cuando se le confió el poder supremo. No hemos de mudar fácilmente de reyes si no queremos incurrir en mayores males y provocar disturbios, como en este mismo capitulo dijimos. Se les ha de sufrir lo más posible, pero no ya cuando trastornen la república, se apoderen de las riquezas de todos, menosprecien las leyes y la religión del reino y tengan por virtud la soberbia, la audacia, la impiedad, la conculcación sistemática de todo lo más santo. Entonces es ya preciso pensar en la manera cómo podría destronársele, a fin de que no se agraven los males ni se vengue una maldad con otra. Si están aun permitidas las reuniones públicas, conviene, principalmente, consultar el parecer de todos, dando por lo más fijo y acertado lo que se estableciere de común acuerdo. Se ha de amonestar, ante todo, al príncipe y llamarle a razón y a derecho; si condescendiere, si satisficiere los deseos a la república, si se mostrare dispuesto a corregir sus faltas, no hay para qué pasar más allá ni para que se propongan remedios más amargos; si, empero, rechazare todo género de observaciones, si no dejare lugar alguno a la esperanza, debe empezarse por declarar públicamente que no se le reconoce como rey, que se dan por nulos todos sus actos posteriores. Y, puesto que, necesariamente, ha de nacer de ahí una guerra, conviene explicar la manera de defenderse, procurar armas, imponer contribuciones a los pueblos para los gastos de la guerra, y, si así lo exigieren las circunstancias, sin quede otro modo fuese posible salvar la patria, matar a hierro al príncipe como enemigo público y matarle por el mismo derecho de defensa, por la autoridad propia del pueblo, más legítima siempre y mejor que la del rey tirano. Dado este caso, no sólo reside esta facultad en el pueblo, reside hasta en cualquier particular que, abandonada toda especie de impunidad y despreciando su propia vida, quiera empeñarse en ayudar de esta suerte la república.

Se preguntará, quizá, qué debe hacerse cuando no hay ni aun facultad para reunirse, como muchas veces acontece; mas, suponiendo que esté oprimido el reino por la tiranía, existe siempre la misma causa y, de consiguiente, el mismo derecho. No por no poderse reunir los ciudadanos debe faltar en ellos el natural ardor por derribar la servidumbre, vengar las manifiestas e intolerables maldades del príncipe ni reprimir los conatos que tiendan a la ruina de los pueblos, tales como el de trastornar las religiones patrias y llamar al reino a nuestros enemigos. Nunca podré creer que haya obrado mal el que, secundando los deseos públicos, haya atentado en tales circunstancias contra la vida de su príncipe. Hemos dado ya para esto una multitud de razones y creemos que éstas razones bastan.

Resuelta ya así la cuestión de derecho, no debe atenderse sino a la de hecho, es decir, a cuál merece ser tenido realmente por tirano. Temen muchos que, con esta teoría, no se atente a menudo contra la vida de los príncipes; mas es necesario que adviertan que no dejamos la calificación de tirano al arbitrio de un particular ni aun al de muchos, sino que queremos que le pregone como tal la fama pública y sean del mismo parecer los varones graves y eruditos. Es, por otra parte, aquel temor completamente infundado. De otro modo irían los negocios de los hombres si entre éstos se encontrasen muchos de grande esfuerzo dispuestos a despreciar su salud y su vida por la libertad de la patria; mas, desgraciadamente, detiene a los más el deseo de salvar sus días, deseo que se opone a la realización de grandes y nobilísimos proyectos. Entre tantos tiranos como existieron en la antigüedad ¿cuántos podemos contar que hayan muerto bajo una espada regicida? En España apenas uno que otro, si bien debe esto atribuirse a la lealtad de los súbditos y a la clemencia de los príncipes que ejercieron humana y modestamente el poder que le confiaron el consentimiento público y el derecho. Es siempre, sin embargo, saludable que estén persuadidos los príncipes de que, si oprimen la república, si se hacen intolerables por sus vicios y por sus delitos, están sujetos a ser asesinados, no sólo con derecho, sino hasta con aplauso y gloria de las generaciones venideras. Este temor, cuando menos, servirá para que no se entregue tan fácilmente ni del todo a la liviandad y a las manos de sus corruptores cortesanos, para que, cuando menos por algún tiempo, ponga freno a sus furores. Podrá contenerle mucho este temor y, aun más que este temor, la persuasión de que siempre es mayor la autoridad del pueblo que la suya, por más que hombres malvadísimos, sólo para lisonjearle, afirmen lo contrario, A lo que se objetaba sobre el rey David, debemos contestar que no tenía éste una causa bastante poderosa para matar a Saúl, pudiendo, como podía, apelar a la fuga; que siendo Saúl un rey establecido por el mismo Dios, si David le hubiese muerto para defenderse, hubiera debido atribuírsele a impiedad, no a amor a la república. Ni fueron, por otra parte, tan depravadas las costumbres de Saúl que oprimiese tiránicamente a sus súbditos y quebrantase escandalosamente las leyes divinas y humanas, y se apoderase de la fortuna de los ciudadanos. Es cierto que la corona había de pasar a David, pero cuando Saúl muriese y sin que esto le diese derecho para arrebatar al que aun reinaba el imperio junto con la vida. Ignoramos en qué podía fundarse san Agustín cuando en el cap. 17 de su libro contra Dimano estableció que David no quiso matar a Saúl, a pesar de serle lícito.

No es tampoco necesario esforzarse mucho para destruir la objeción de los emperadores romanos. Con la resignación y la sangre de los fieles se echaban entonces los cimientos de la grandeza de la Iglesia, que ha llegado a extenderse hasta los últimos límites del orbe; cuanto mayor era la opresión, cuantas más eran las víctimas, tanto más iba creciendo por un favor especial del cielo. No convenía, por esta razón, en aquellos tiempos, que los fieles atentasen contra la vida de los príncipes; no convenía que hiciesen ni aun lo que estaba permitido por derecho y venía establecido terminantemente por las leyes; y, aun refiriéndonos a aquellos tiempos, hallamos que el noble historiador Zozoma, haciéndose cargo en el cap. 2.° del lib. VI de si era cierto que un soldado hubiese muerto al emperador Juliano, dice claramente que, a serlo, merecía por éste sólo hecho el aplauso de las gentes.

Creemos, por fin, que deben evitarse los movimientos populares para que con la alegría de la muerte del tirano no se entregue la muchedumbre a excesos y sea de todo punto estéril un hecho de tanto peligro y trascendencia; creemos que, antes de llegar a ese extremo y gravísimo remedio, deben ponerse en juego todas las medidas capaces de apartar al príncipe de su fatal camino. Mas cuando no queda ya esperanza, cuando estén ya puestas en peligro la santidad de la religión y la salud del reino, ¿quién habrá tan falto de razón que no confiese que es lícito sacudir la tiranía con la fuerza del derecho, con las leyes, con las armas? Ejercerá, quizás, en algunos mucha influencia el hecho de haber sido condenada por los padres del concilio de Constanza la proposición de que cualquier súbdito debe y puede matar al tirano, valiéndose, no sólo de la fuerza, sino también de las asechanzas y del fraude. Este decreto, empero, no fue aprobado ni por el pontífice Martín V ni por Eugenio ni por sus sucesores, de cuyo asentimiento depende la fuerza legislativa de los concilios eclesiásticos; este decreto fue dado en una época de trastornos para la Iglesia, en una época en que tres pontífices a la vez se disputaban la silla de San Pedro; este decreto fue motivado por la exagerada doctrina de los husitas, según la cual cabía destronar a los príncipes por cualquiera crimen que hubiesen cometido y tenía cualquiera facultades para despojarles del poder de que injustamente disponían; este decreto fue extendido finalmente con la idea de condenar la opinión de Juan le Petit, teólogo de París, que pretendía excusar él asesinato de Luis de Orleans por Juan de Borgoña, sentando que es lícito que mate un particular a un rey que está ya cerca de la tiranía, cosa insostenible, sobre todo cuando hay de por medio un juramento y no se espera, como no esperó aquel, a que se pronuncien otros en contra del monarca.

Este es pues mi parecer, hijo de un ánimo sincero, en que puedo, como hombre, engañarme. Si alguien supiese más y me diese en contra de él mejores razones, se lo agradeceré en el alma. Pláceme empero concluir este capítulo con las palabras del tribuno Flavio que, convencido de conspirador contra Domicio Nerón y preguntado cómo pudo olvidar su juramento: «Te aborrecía, dijo; no tuviste un soldado más fiel que yo mientras mereciste ser amado; empecé a odiarte después que fuiste parricida de tu madre y de tu esposa, después que te hiciste auriga, cómico e incendiario». ¡Alma verdaderamente militar y de varonil esfuerzo!

 

Share
Comentarios desactivados en Defensa del tiranicidio

De la moneda


Famoso texto de Juan de Mariana, en donde se expresan ideas ampliamente tratadas por él mismo en De mutatione monetae. Este capítulo "VIII. De la moneda" procede de su obra titulada Del rey y de la institución real, "obra quemada en París por mano del verdugo en tiempo de Enrique IV. Versión castellana de Crelion Acivaro, con la biografía del célebre jesuita por el presbítero Don Jaime Balmes", editada por La Selecta, Empresa Literario-Editorial sita en la Calle de San Pablo, número 44, Barcelona, 1880.  


CAPÍTULO VIII. De la moneda.

Con efeto de ocurrir á las necesidades públicas que suelen apremiar á un imperio, señaladamente si es de grande estension, algunos hombres astutos y sotiles entendieron quitar á la moneda algo de su peso y ley, en manera que, bien que resultase así el metal adulterado, conservase no embargante su prístino valor. Cuanto se quita á la moneda, quier en peso, quier en calidad, tanto queda en pro del príncipe: lo que no podría no ser maravilloso, si aviniese poder hacello sin daño de los subditos. Maravillosa arte no oculta en verdad, sino saludable, por cuyo medio se allega al real tesoro gran cantidad de oro y plata sin necesidad de imponer nuevo gravamen al pueblo. Por mí, siempre tuve en opinión de hombres vanísimos á los que intentaban trocar por oculta virtud ó medicamento los metales, y hacer del cobre plata y de la plata oro, viniendo á ser así como traficantes que á los mercados concurren. Agora veo que los metales bien pueden aumentar su valor sin trabajo alguno ni otro derretimiento de fundición, y sí solo por una ley del príncipe; lo cual vale tanto como si se les comunicase por un contacto divino una virtud superior. Con esto podrán los subditos recibir del acervo común con toda confianza, cuanto hubiesen tenido antes, y el resto debe de quedar en pro del príncipe, que es como decir que el interese público servirá á los usos que venga en dalle el mesmo príncipe. Y en verdad, ¿quién habrá de ingenio tan enrevesado ó quier sotil, que no vea esta buena andanza de la república, mayormente cuando no ofrece aquello novedad alguna, sino que solo seguimos á las huellas de otros, y cuando fuera desto bien hubo muchos y grandes príncipes que salieron de su penuria con solo haber seguido aquella senda? ¿Quién podrá negar que los romanos, empeñados en la guerra púnica, redujeron los ases, que antes eran de libra, primero á dos onzas; luego a una y aun á media de cobre, con cuyo artificio fué libertada la república? ¿Ignora alguno que Druso, tribuno de la plebe, mezcló con cobre los denarios que eran de plata pura? Harto sabido es aquel dicho de Platón, que decia que las comedias nuevas y malas semejaban a la moneda nueva. Creo que no tengo para qué traer en confirmación de lo susodicho, el ejemplo del pueblo hebreo, linaje de hombres tan supersticiosos y distintos de los demás; mas no embargante, veo en él admetido que el siclo del santuario era de doble valor que el siclo popular, no por otra causa que por haberse quitado en los postreros tiempos á la moneda que usaba el pueblo la mitad de su antiguo y justo peso, agora fuese de un solo golpe, agora poco á poco, como me inclino á creer.

De los demás pueblos no hay para qué decir nada, pues consta de mucho tiempo atrás que no pocas veces algunos reyes hicieron la moneda de baja calidad ó abajaron su valor quitándole á menudo de su peso. ¿Por qué, pues, los sólidos, que eran antes de oro y fueron luego de plata, vinieron á la postre á ser de metal, si no es por el abuso ó licencia recibida de adulterar los metales con extraña mistura? Otro tanto podemos decir de nuestro maravedí, que fué primero de oro, poco después de plata y agora enteramente de cobre. ¿Quién, pues, será osado de vituperar una usanza admetida en todos tiempos y lugares? ¿Buscaremos, por ventura nuestra gloria y nos grangearemos la inane aura popular, reprendiendo las costumbres de nuestros mayores? No negaré, por cierto, que nuestros antepasados hayan adulterado muchas veces la moneda y que puede suceder llegar a un extremo apurado y angustioso, donde sea menester echar mano á aquel remedio. Con todo eso, siempre diré que no todo lo que hacían nuestros mayores estaba exento de vicio, y que debajo de una apariencia de suma utilidad se encubría á las veces la fraude, que producia mayores incómodos así en lo público como en lo privado: de suerte que apenas se podia llegar ó aquel extremo, sin dar en mayores daños y peligros. Dende, siento en primer lugar que el príncipe no tiene derecho alguno sobre los bienes muebles ó inmuebles de sus subditos, en manera que por solo su antojo pueda tomallos para sí, ó traspasarlos á otros sin justa causa. Los que sustentan lo contrario no son sino unos gárrulos y necios aduladores, cuya mala ralea infesta de ordinario los palacios de los príncipes. De lo cual se infiere que el rey no puede echar nuevos.impuestos sin el consentimiento previo del pueblo. Pídalos como quien ruega, más bien que como quien manda, para que no parezca que despoja; mas no pida de contino, no sea que por tal cuesta cayan en la miseria los que poco antes eran ricos y andaban en buena andanza. De otra manera seria obrar como tirano, el cual todo lo acomoda á sus antojos, y no como rey que debe de ajustar su autoridad á las leyes y á las advertencias de la razón sin poder salir nunca de los términos dellas.

Pero.deste sugeto ya hemos tratado ampliamente en otro lugar deste libro: no embargante, añadiré que destos dos estremos se concluye que el rey no puede por su albedrío y sin que preceda el asentimiento público, adulterar en manera alguna la moneda, la cual no es otro que una especie de tributo que se saca de los bienes de los subditos. Nadie podrá conceder que el oro, en paridad de peso, tenga el mesmo valor que la plata, ó esta que el fierro. Y esto es lo que aviene cuándo se adultera la moneda, que es tanto como dar una pieza de plata por de oro, ú contrariamente, no teniendo sino una partícula ú pequeña cantidad deste metal. Ciertamente al rey será lícito mudar la forma de la moneda en el caso que esté esta contenida en los derechos reales, que la ley imperial concede, y siempre y cuando se conserve el valor della, según su calidad y las leyes anteriores. El valor de la moneda es de dos maneras, á saber: uno natural, sacado de la calidad del metal y de su peso, que llamamos intrínseco; y otro legal ó séase extrínseco, que el príncipe le da por autoridad de una ley, á la manera que suele hacello cuando por virtud de otra ley estatuye y pone precio á otras mercadurías para que se vendan á otro mayor. Necio seria quien separase estos valores en guisa que el legal no fuese á una con el natural; y mas que necio, malvado, quien diese orden que se vendiese en diez, pongo por caso, lo que el vulgo estima en cinco. Los hombres se guian en esto por la estimación común, la cual se funda en las basas de la calidad y de la abundancia ó carestía de las cosas; y en vano será que el príncipe trabaje en arrancar estas basas del comercio, siendo mejor dejallas intactas de grado que atacallas por la fuerza en daño de la multitud. Lo que se hace con las demás cosas de mercadear, eso mesmo debe de hacerse con la moneda: por lo cual debe el príncipe de asentar por una ley el valor della, considerando el justo precio del metal y.su peso, sin excederdesto poco ni mucho, salvo que se aumente lo que monte el dispendio ú gasto de elaboración. Y en verdad, si no queremos subvertir las leyes de la naturaleza, menester es que el valor legal no se diferencie del natural ó intrínseco, lo cual seria un tráfico vergonzoso, y mas vergonzoso aun que el príncipe convirtiese en utilidad propia todo lo que quitase á la ley del metal ó al peso de la moneda. ¿Seria, por ventura, lícito entrar por fuerza en el granero de un subdito, tomar parte del grano y pretender luego compensar el daño dándole facultad para vender el resto por el valor que tenia cuando el montón estaba intacto o sin cosa de merma en su integridad? ¿Quién no clamaría diciendo que era esto un ladronicio, un hurto escandaloso? Lo propio debemos decir de las tiendas, heredades y alhajas, como quier que cosas son del mesmo género.

Allá en los primeros tiempos, no era conocido el uso de la moneda, y por ende permutábanse recíprocamente las cosas, dando, pongo por caso, una oveja por una cabra, un buey por trigo ú otro fruto. Tiempo adelante entendieron que era mas cómodo el trueque del trigo y de las mercadurías por metales preciosos, como el oro, la plata y el cobre; y mas después, para no haber de llevar encima el peso del metal con que nercadeabau ya los hombres, parecióles bien, y fué mal parecelles, dividir en piezas los metales, poniéndoles alguna señal por donde se conociese su peso y su valor respetivos, Y veis aquí el legítimo y natural uso del dinero, como trae Aristóteles en el su primero libro de los Políticos: las demás artes mercantiles y cuestuarias fueron después imaginadas por hombres que de todo se curaban menos de la probidad y la justicia, con el mal presupuesto de despojar mpunemente al pueblo.

Pero bien que el rey no tome nada de las demás mercadurías, si rebaja el de la moneda á las veces, no deja de haber culpa en ello y perversión y agravio de las leyes de la naturaleza; sino que de manera tal engañan las malas artes y las razones cautelosamente aparejadas, que los mas hombres no aciertan a darse cuenta del engaño. Qué mal hay, dicen estos, qué mal hay en que el príncipe tome para sí una mitad ó una cuarta del dinero, dejando libertad á los particulares para que no corra sino con el mismo valor que antes tenia? Tú, pongo por caso, compras el pan y el vestido lo mismo que antes: luego no hay mal ninguno en esto, dado que el dinero no tiene otro uso que el de allegar y adquirir las cosas necesarias. Desta manera se engaña al pueblo para que pase por alto la adulteración de la moneda. Fuera desto, el príncipe tiene mas autoridad sobre la fabricación de la moneda que sobre las demás cosas de comercio: tiene oficinas y casas de acuñación, empleados peritos en las mismas y operarios que entienden en la fundición, todos los cuales están debajo de su inmediata autoridad. ¿Quién puede impedir que mezcle los metales y meta moneda nueva en lugar de la antigua con grabado un nuevo signo? Pero esto no es justo en manera alguna, y vale tanto como sí se tomasen por fuerza sus bienes á los subditos.

Preguntaráse acaso qué deberá de hacerse cuando nos amague soberbio y poderoso enemigo, ó bien cuando la guerra sea obstinada y fieramente reñida, y la victoria, tan dudosa por falta de dinero, de fuerzas y de todo linaje de recursos, que no haya quien asiente plaza de soldado debajo de nuestros pendones, temerosos todos que no se les pague la soldada. En mal trance ¿se acetarán como bien venidos los daños que vengan, antes que tocar á la moneda para adulteralla? Yo, por mí, entiendo que antes de adulterar la moneda hase de recurrir á todos los medios y remedios de que pueda echarse mano. Agora bien, si la penuria es tal, y tal el apremio, que esté en peligro la salud pública en manera que ni aun los ciudadanos á quien importa el negocio de que se trata, pueden ayuntarse para dejar proveido lo que mas convenga, en este caso, así como puede el príncipe aplicar los bienes de los subditos á los usos públicos para subvenir á la extrema necesidad de la patria, asímesmo puede también mezclar los metales pecuniarios y amenguar el peso de la moneda, siempre y cuando acabe con la guerra semejante facultad, y no venga á ser contino el abuso; y á mas desto, que la moneda mala que trujo la necesidad, se inutilice luego de pasada ésta, y se dé en su lugar otra legítima y buena á los que poseyeren de buena fe. Tenia cercada Federico Augusto, segundo de este nombre, la ciudad de Favencia, en lo mas recio de un invierno asaz de crudo, y faltábale dinero para pagar las soldadas, por cuya razón los combatientes desertaban sus banderas. Levantar el cerco era deshonroso, amen de arriesgado, y mantenerlo, punto menos que imposible; y en tan angustioso trance hubo de apelar al recurso de hacer moneda de cuero, dándole valía de un escudo de oro, con cuyo artificio pudo salir en bien de su ahogo. Pero luego de haber tomado la plaza vitoriosamente, cumplió su promesa de trocar los escudos de cuero por otros de parejo valor de oro. Así lo trae Colenucio en el libro cuarto de su Historia de Nápoles. El ejemplo se ha seguido en casos de apuros semejantes, habiéndose hecho muchas veces monedas de cuero, y aun de papel alguna vez, y ciertamente sin daño vituperable. Si, empero, el príncipe juzgase que está á su albedrío adulterar la moneda, fuera destos casos tan premiosos, serian de temer males gravísimos y perjuicios sin cuento, como si por el mismo medio quisiera subvenir á la escasez del real erario, cuyo mal siempre existe, mas ó menos grave; demás que el beneficio que desto resulta nunca puede ser duradero, según y como prueban los ejemplos siguientes: Primeramente que á este abuso ha de seguir por fuerza la carestía de los víveres, guardando paridad con el valor que se quite á la ley de la moneda, como quier que los hombres no estiman el dinero si no es por su calidad, bien que quiera evitar esto con leyes rigurosas. Segundamente, engañado el pueblo con aquella vana apariencia, ha de lamentarse al ver y tocar que la nueva moneda que á sustituir viene la antigua, no tiene el valor desta, necesitando por ende mucho mas que antes para sustentar á sus familias.

No ensueños, sino hechos son los que vamos á referir, sacados de nuestros mas auténticos anales. Luego que Alonso de Castilla, dicho el Sabio, ciñó las ínfulas y empuñó el cetro del reino, puso, en lugar de los pepiones, moneda corriente á la sazón, otra llamada burgalesa, no muy buena en puridad, y para remediar la carestía que luego siguió á esta mudanza, vino en poner nuevos precios á todas las mercadurías; sino que el remedio hubo de ser peor que la enfermedad, pues acrecentó el mal de tal manera que nadie mercadeaba por la demasía del precio. Con esto, no hay para que decir que la tasa cayó debajo de su propio peso, y que el mal continuó espacio de luengo tiempo. La mala ley de la moneda fué, por cierto, la causa capital de que se exasperasen los ánimos y le volviesen la espalda los subditos, en optación de poner en su lugar sobre el trono á su hijo Sancho, sin esperar á su muerte de aquel: ca tal y tanto afirmábase de suyo hasta en el errar, que no bien contaba el seteno año de reinado, cuando trocó la dicha moneda burgalesa por la negra, así llamada por la mala color del metal, que no era en verdad nada bueno.

Alonso el onceno, olvidando las calamidades que trajeran los errores de su bisagüelo, quiso también introducir otra nueva moneda de ínfimo metal, que llamaron coronados y novenas. Al mesmo punto bien procuró evitar que no subiesen el trigo y demás géneros á mas precio que denantes, vedando que el marco ó pié de plata no tuviese mas valor que el de ciento y veinte y cinco maravedises. Pero fué vano su empeño, y toda advertencia inútil; como quier que la carestía fué en aumento, creciendo al mesmo tiempo el valor de la plata.

Enrique el segundo, hijo deste Alonso, habiéndose asentado en el trono de Castilla, luego de matado su hermano el rey Pedro, hubo también de echar mano del mesmo remedio. Con efecto, para ver de pagar los estipendios prometidos á los propios y á los soldados extranjeros, á quien debia su salvación y corona, mandó fabricar dos clases de moneda, reales y cruzados, de mas valor sin duda que el metal, después de haber agotado los tesoros públicos y particulares, estrechado por la extrema escasez del numerario. Vimos á la vez los reales de Enrique y de Pedro: los de este eran verdaderamente de plata de ley ni mas ni menos que la que se usa hoy en Castilla; mas los de aquel, de bien negra color por la demasía del cobre de la mezcla, trujeron necesanamente la carestía de todos los géneros; así que para evitar las quejas y lamentos de sus subditos se vio obligado á dar otra ley disminuyendo dos tercios del valor de ambas á dos monedas. Desta manera sucede las mas veces que aquello que se cree útil, aun astuciosamente imaginado, viene á la postre á ser dañoso por la poca precaución ó mucha ceguedad de los hombres.

Á Juan, hijo de Enrique, sucedió lo propio como así consta de sus mesmas leyes. Asaz quebrantado por las guerras que riñó, primero con los portugueses y después con los ingleses, hubo de fabricar otra especie de moneda que se llamó cándida ó blanca, para ver de pagar el préstamo que le hiciera su rival, el duque de Lecester. Era, pues, necesario que, como siempre, siguiera la carestía á la mudanza; y para remedialla se vio luego obligado á reducir el valor de la moneda nueva á cuasi una mitad del que le había señalado, y entonces cesó la carestía, como ,él mismo confesó en las Cortes de Burgos, el año de gracia de 1388.

¿Para qué habernos de mentar mas reinados, cuando bien vemos quie en todos el mesmo vicio trujo siempre los mesmos resultados? Hasta agora solo habemos tratado de la carestía y escasez de las cosas; mas de aquellas vienen también hartos perjuicios: destos principalmente se resiente el comercio, del que viene en gran parte la riqueza pública y privada, como quier que se hace dificultoso por causa de la mala moneda, ca se retraen en recelo así el mercader, como el comprador ante la moneda adulterada y la carestía que forzosamente arrastra la tal fraude. Y bien que el príncipe tase el precio de las mercadurías por autoridad de una ley, en lugar de conseguir el remedio que intenta, no hará sino aumentar el mal; porque nadie habrá que quiera vender al precio inferior, siempre que se compare con la apreciación común. En ruinas por esta causa el comercio, no habrá ya calamidad que no venga sobre el pueblo, y los naturales del país caerán necesariamente extenuados por dos maneras diversas. La primera porque cesará el logro por efecto del escaso trueque de compra y venta, con lo que vivia una gran parte dellos, á los que seguirán en la misma suerte señaladamente los artífices, como aquellos que vinculan su sustento y esperanzas en el cuotidiano trabajo de sus manos. La segunda, porque obligado el príncipe á evitar la causa deste mal, ó bien retirará del curso la moneda mala, ó bien fabricará otra peor, reduciendo su valor primero, según hizo Enrique el Segundo, que tuvo que rebajar del valor de su nueva moneda nada menos que dos tercios; siguiéndose de todo esto que aquellos en cuyas manos estaba aquel dinero nuevo, halláronse de súbito con trecientos escudos de oro, pongo por caso, que no eran sino ciento.

No sino parece que referimos cosas de juego ó pasatiempo. Pero dejemos ejemplos antiguos. Enrique VIII, rey de Ingalaterra, desde que se apartó de la obediencia de la iglesia, se precipitó en una reata de males, siendo uno dellos haber adulterado la moneda de plata; como quier que la que tenia una oncena parte de mezcla de cobre fué poco á poco reduciéndose h'asta llegar á tener el valor de una sesta parte de plata. Por un nuevo edicto arrebató a sus vasallos la moneda antigua y la mudó en otra nueva inferior de igual peso y medida. El pueblo calló, receloso de la crueldad de un hombre tan malvado, á quien servia de entretenimiento y diversión la sangre de sus vasallos. Pero luego que murió aquel maldecido rey, su hijo Eduardo vino en conceder el valor de aquella moneda á una mitad; y de allí á poco, asentada en el trono su hermana Isabel, quitó la otra mitad que habia quedado á la moneda debajo de Eduardo: con esto sucedió que los que tenian en esta especie de moneda cuatrocientos escudos de oro, rebajadas aun aquellas partes del su valor, hallaron que quedaban reducidos á ciento los dichosos cuatrocientos. Empero no paró aquí todo el mal, sino que invalidada luego esta moneda, no hubo quien resarciese el daño de tan infame ladronicio. Así lo trae, al final del primero libro del cisma de Inglaterra, el docto Sandero, amigo mió en otro tiempo. Parado así y cuasi suprimido el comercio, y por ende reducidos los naturales á la indigencia, forzosamente han de sufrir mermas y atrasos los impuestos reales, viniendo así el rey á arrostrar las malas consecuencias de un logro pequeño y pasajero. No es bueno ni conviene al rey que padezca el reino, como si fuera l1 cuerpo humano, pues viniendo á menos los subditos no podrán pagar los tributos, ni los recaudadores llevarán por las mercadurías las alcabalas que- denantes. Siendo en minoridad Alonso el Onceno, rey de Castilla, fueron llamados á cuentas los recaudadores del fisco y hallaron los procuradores que todas las rentas reales del año montaban solo á un cuento y seiscientos mil maravedíes; y maguer que aquellos maravedíes eran mayores que los que agora corren, dado que cada uno valia por diez y siete de los nuestros, con todo eso era bien exigua y ridicula aquella suma. El que escribió las gestas deste príncipe, entre las causas que de aquella gran penuria trae á cuento, pone como primera y principal la adulteración de la moneda hecha por muchos reyes.

Con efecto, reducidos á la miseria los subditos por la mala andanza del comercio, no podían en manera alguna allegar ál fisco lo que allegar solian, cuando las cosas seguían su sosegado curso natural. Pero, ¿quién no ve los grandes incómodos desto? ¿Quién no ha de convencerse de que la malquerencia que traen puede acabar en desdicha de todos con el suplicio del mesmo príncipe? Mejor es que el rey sea amado que temido: todos los errores y desaciertos públicos imputa siempre el vulgo á la cabeza del reino. Teniendo esto en cuenta, Felipe el Hermoso, rey de Francia, ya á las puertas del sepulcro, hubo de confesar que no sino por haber adulterado la moneda fué objeto del odio de su pueblo. Así que en las postreras palabras que enderezó á su hijo Luis, le encomendó mudase luego la mala moneda, como trae Roberto Gaguin.

Si cumplió ó no el rey Luis el preceto de su moribundo padre, no lo sabemos: solo se sabe que los rebullicios y disturbios populares siguieron sin cesar hasta tanto que públicamente fue castigado Manrique Enguerrano, dador de tan mal consejo, mereciendo esta justicia no ya solo el aplauso del pueblo, sino también el pláceme de gran parte de la nobleza. Con todo eso, ni este ejemplp ni el de las calamidades públicas tuvieron á raya á Carlos el Hermoso, ni á Felipe de Valois, su tio, sucesores en el trono, dado que siguieron el empeño de adulterar la moneda, causando turbulencias y calamidades en él pueblo.

Acabaremos este capítulo, amonestando a los príncipes que, si quieren tener sosegada y segura la república, se guarden muy bien de falsear las primas basas del comercio, cuales son las pesas, las medidas y la moneda; ca debajo de la apariencia de una utilidad del momento, se esconde siempre la fraude.

Share
Comentarios desactivados en De la moneda

El canónigo Pierre Gassendi

Nacido el 22 de enero de 1592, Pierre Gassendi era un hombre de religión –fue canónigo en Digne, en el Departamento de Alpes de Alta Provenza- que, recorriendo la senda de Epicuro, fue a parar a Demócrito. Además de sus deberes religiosos se imponía otros, como asistir a disecciones y hacer observaciones astronómicas. Seguidor de la moral de Epicuro, que se esforzó en rehabilitar, tuvo amigos libertinos, a los que censuró por sus excesos apoyándose precisamente en el hedonismo epicúreo.

No desconfió tanto como Mersenne, a quien le unía una amistad bien cuidada, de las afirmaciones dogmáticas. Mersenne no se decidió entre la idea de una materia sutil que se expande por todo el universo y la del vacío habitado por átomos moviéndose dentro de él. Gassendi, en su lucha con Aristóteles, defendió la moral epicúrea del equilibrio interno y el control de los deseos y, al querer dilucidar lo que es incompatible con el cristianismo y lo que no, se deslizó de manera consciente hacia el atomismo de Demócrito.

En lo cual se apartó de Epicuro, pues no aceptó la fantástica tesis del clinamen de los átomos. También rechazó el azar y formuló el principio de inercia con mayor decisión que Galileo y Beekman, el guía de Descartes hacia el mecanicismo.

Se opuso a Descartes por identificar lo extenso y lo lleno. Trató de ridiculizar el puro espíritu de éste en las Meditaciones y Descartes lo trató de carnal, poniendo así de relieve la tendencia materialista de su epicureísmo. La acusación parece infundada, pues Gassendi, aunque debió pensar que el alma racional no es diferente del cuerpo, ,propuso la existencia de un pensamiento incorpóreo e inmortal que la “pone en funcionamiento”.

No fue convincente. Tampoco cuando se apoyó en razones muy tradicionales, aristotélicas incluso, para atribuir a Dios el origen del movimiento de los cuerpos. Pero su nombre quedará ligado para siempre a los principios de la ciencia moderna, cuando unos hombre de sólida fe cristiana se esforzaron por volver a entender las cosas en un momento en que su mundo había sobrepasado las anteriores explicaciones.

Share
Publicado en Filosofías de (genitivas) | Comentarios desactivados en El canónigo Pierre Gassendi

Francis Bacon, Barón de Verulam

Lo propio del filósofo es, dice Platón, averiguar qué cosas van juntas pareciendo que deben estar separadas y qué otras van separadas pareciendo que están juntas.

Si se toma este criterio como medida del buen filósofo habrá que pensar que Sir Francis Bacon, Primer Barón de Verulamio y Bizconde de St Albans, nacido el día 22 de enero de 1561, debió ser uno de los mejores, en razón de las similitudes que supo hallar en cierta investigación sobre la “forma” o “naturaleza” del calor. La pimienta, los rayos del Sol y las plumas del cisne iban juntos en una tabla de presencias. La tabla de ausencias agrupaba en la misma categoría la luciérnaga y los rayos de la Luna. Una última tabla en que constaban los cuerpos cuyo calor varía según grados incluía los cadáveres, el estiércol del caballo y los golpes del martillo sobre el yunque.

El calor, deducía el barón filósofo, no puede ser una especie de la luz, porque entonces el claro de Luna y la luciérnaga lo producirían. Debe ser más bien una especie del movimiento, porque aparece con la vacilación de la llama sobre la hoguera y en el hombre cuya fiebre aumenta cuando tirita. En consecuencia, el calor es la especie y el movimiento el género.

La ciencia física define hoy la temperatura como una magnitud escalar directamente relacionada con la energia cinética y entiende ésta como la energía asociada a los movimientos de las partículas de un sistema dado.

Share
Publicado en Filosofías de (genitivas) | Comentarios desactivados en Francis Bacon, Barón de Verulam

España, imperio civilizador

La acción de España en las tierras del Nuevo Mundo que descubrió, exploró y conquistó no fue la de un imperio depredador, como la de Holanda o Alemania, sino la de uno civilizador. Así lo ha defendido Gustavo Buen con palabras memorables y así ha sido la conciencia que siempre han tenido los españoles. He aquí una extraordinaria referencia, producida cuando la Corona de España cayó en manos de Napoleón y los españoles organizaron su defensa creando Juntas de Defensa. La Central emitió un decreto el 22 de enero de 1809 que es citado por Don Modesto Lafuente en la Parte Tercera –Edad Moderna, Dominación de la Casa de Borbón-, Libro Décimo, Capítulo VI, Tomo 17, de su monumental obra Historia General de España, en los términos siguientes:

Porque una de las mayores y más favorables novedades que en este tiempo ocurrieron fué haber resonado el grito de indignación lanzado por España con motivo de la invasión francesa y los sucesos de Bayona en todas las vastas posesiones españolas de allende los mares, y haberse difundido el mismo espíritu y pronunciádose con la misma decisión y entusiasmo contra la dominación extranjera en España nuestros hermanos de ambas Américas españolas, y cundido hasta las extensas y remotas islas Filipinas y Marianas, comprometiéndose sucesivamente á ayudar con todo esfuerzo nuestra causa, y á no reconocer otro soberano que á Fernando VII y á los legítimos descendientes de su dinastía, llegando el fervor excitado en las Antillas al extremo de recuperar para España la parte de la isla de Santo Domingo cedida á Francia por tratados anteriores. Este sentimiento de adhesión á la causa de la metrópoli no fué de pura simpatía, sino que se tradujo en actos positivos, apresurándose á socorrerla con cuantiosos dones, no sólo los españoles allí residentes, sino los oriundos de éstos nacidos en América. La Junta Central correspondió á estas demostraciones con el memorable decreto de 22 de enero de 1809 expedido en el palacio real del Alcázar de Sevilla, en que hacía la siguiente importantísima declaración: «Considerando que los vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias ó factorías como los de otras naciones, sino una parte esencial ó integrante de la monarquía española; y deseando estrechar de un modo indisoluble los sagrados vínculos que unen á unos y otros dominios, como asimismo corresponder á la heroica lealtad y patriotismo de que acaban de dar tan decidida prueba á España… se ha servido S. M. declarar, que los reinos, provincias é islas que forman los referidos dominios, deben tener representación nacional é inmediata de su real persona, y constituir parte de la Junta Central gubernativa del reino por medio de sus correspondientes diputados.» En cuya virtud prescribía á los virreinatos y capitanías generales de Nueva España, Perú, Nueva Granada, Buenos-Aires, Cuba, Puerto-Paco, Guatemala, Chile, Venezuela y Filipinas, procediesen al nombramiento de sus respectivos representantes cerca de la Junta. Novedad grande, cuyas consecuencias nos irá diciendo la historia.

Share
Publicado en Filosofías de (genitivas) | Comentarios desactivados en España, imperio civilizador

Testamento y muerte de Isabel la Católica


Isabel de Castilla fue una reina admirable y una mujer no menos admirable. De ello da fe el final de su vida y el testamento que dictó poco antes de que éste llegara. Se leerá con provecho el comentario que hace de ambos el ilustre historiador Don Modesto Lafuente en el Capítulo XIX del Libro IV, Tomo VII, de su monumental Historia General de España.


En 12 de octubre (1504) otorgó su testamento, cuya extensión, así como las muchas y graves materias sobre que da sus últimas disposiciones, demuestran que su entendimiento se hallaba en el más completo y perfecto estado de lucidez. En este notable documento resaltan los sentimientos de la virtud más pura y de la piedad más acendrada. La reina de dos mundos dejó consignado en este último acto de su vida un ejemplo insigne de humildad, mandando que se la enterrara en el convento de San Francisco de Granada, vestida con hábito franciscano, en sepultura baja, y cubierta con una losa llana y sencilla. «Pero quiero é mando, añade, que si el rey mi señor eligiere sepultura en otra qualquier iglesia á monasterio de qualquier otra parte, ó lugar destos mis reynos, que mi cuerpo sea allí trasladado é sepultado junto con el cuerpo de su señoría, porque el ayuntamiento que tovimos viviendo, é que nuestras ánimas espero en la misericordia de Dios ternán en el cielo, lo tengan é representen nuestros cuerpos en el suelo.» Ordena que se le hagan unas exequias sencillas, sin colgaduras de luto y sin demasiadas hachas, y lo que había de gastarse en hacer un funeral suntuoso se invierta en dar vestidos á pobres. Que se paguen todas sus deudas religiosamente, y satisfechas que sean, se distribuya un millón de maravedís en dotes para jóvenes menesterosas, y otro millón para dotar doncellas pobres que quieran consagrarse al servicio de Dios en el claustro; y destina además ciertas cantidades para vestir á otros doscientos pobres y para redimir de poder de infieles igual número de cautivos.

Manda que se supriman los oficios superfinos de la Real Casa, y revoca y anula las mercedes de ciudades, villas, lugares y fortalezas, pertenecientes á la corona, que había hecho por necesidades é importunidades, y no de su libre voluntad,» aunque las cédulas y provisiones lleven la cláusula proprio motu. Pero confirma las mercedes concedidas á sus fieles servidores el marqués y marquesa de Moya (don Andrés de Cabrera y doña Beatriz de Bobadilla, su íntima y constante amiga), y les otorga otras de nuevo. Recomienda y manda á sus sucesores que en manera alguna enajenen ni consientan enajenar nada de lo que pertenece á la corona y real patrimonio, que han de mantener íntegro, haciendo expresa mención de la plaza de Gibraltar, que quiere no se desmembre jamás de la corona de Castilla. Atenta á todo, aun en aquellos momentos críticos, prescribe á los grandes señores y caballeros que de ninguna manera impidan, como lo estaban haciendo algunos, á sus vasallos y colonos apelar de ellos y de sus justicias á la chancillería del reino, pues lo contrario era en detrimento de la preeminencia y suprema jurisdicción real.

Después de varias otras medidas y reformas que dice dejar ordenadas «en descargo de su conciencia,» procede á designar por sucesora y heredera de todos sus reinos y señoríos á la princesa doña Juana su hija, archiduquesa de Austria y duquesa de Borgoña, mandando que como tal sea reconocida reina de Castilla y de León después de su fallecimiento. Mas no olvidando la calidad de extranjero de su yerno don Felipe y queriendo prevenir los abusos á que pudieran dar ocasión sus relaciones personales, recomienda, ordena y manda á dichos príncipes sus hijos, que gobiernen estos reinos conforme á las leyes, fueros, usos y costumbres de Castilla, pues de no conformarse á ellos no serían obedecidos y servidos como deberían; «que no confiaran alcaldías, tenencias, castillos ni fortalezas, ni gobernación, ni cargo, ni oficio que tenga en qualquier manera anexa jurisdicción alguna, ni oficio de justicia, ni oficios de cibdades, ni villas, ni lugares de estos mis reynos y señoríos, ni los oficios de la hacienda dellos ni de la casa é corte… ni presenten arzobispados, ni obispados, ni abadías, ni dignidades, ni otros beneficios eclesiásticos, ni los maestrazgos ni priorazgos, á personas que non sean naturales destos mis reynos, e vecinos e moradores dellos.) Y les manda que mientras estén fuera del reino no hagan leyes ni pragmáticas, «ni las otras cosas que en cortes se deben hacer según las leyes de Castilla.»

Previendo también aquella gran reina el caso de que la princesa su hija no estuviese en estos reinos al tiempo que ella falleciese, ó se ausentase después de venir, «ó estando en ellos non quisiese ó non pudiere entendéis en la gobernación dellos, nombra para todos estos casos por único regente, gobernador y administrador de los reinos de Castilla, al rey don Fernando su esposo, en atención á las excelentes cualidades y su mucha experiencia y el amor que siempre se han tenido, hasta que el infante don Carlos, primogénito y heredero de doña Juana y don Felipe, tenga lo menos veinte años cumplidos, y venga á estos reinos para regirlos y gobernarlos. Y suplica al rey su esposo que acepte el cargo de la gobernación, pero jurando antes á presencia de los prelados, grandes, caballeros y procuradores de las ciudades, por ante notario público que dé testimonio de ello, que regirá y gobernará dichos reinos en bien y utilidad de ellos, y los tendrá en paz y en justicia, y guardará y conservará el patrimonio real, y no enajenará de él cosa alguna, y mantendrá y hará guardar á todas las iglesias, monasterios, prelados, maestres, órdenes, hidalgos, y á todas las ciudades, villas y lugares los privilegios, franquicias, libertades, fueros y buenos usos y costumbres que tienen de los reyes antepasados. Encarga á los dichos sus hijos que amen, honren y obedezcan al rey su padre, así por la obligación que de hacerlo como buenos hijos tienen, «como por ser (añade) tan excelente rey é príncipe, é dotado é insignido de tales é tantas virtudes, como por lo mucho que ha satisfecho é trabajado con su real persona en cobrar estos dichos mis reynos que tan enajenados estaban al tiempo que yo en ellos sucedí » y da á los príncipes herederos los más sanos y prudentes consejos para el gobierno de sus subditos. Continúa designando el orden de sucesión desde doña Juana y su hijo primogénito don Carlos en todos los casos que pudieran sobrevenir conforme a las leyes de Partida, prefiriendo el mayor al menor y los varones á las hembras. Señala al rey su marido la mitad de todas las rentas y productos líquidos que se saquen de los países descubiertos en Occidente, y además diez millones de maravedís al año situados sobre las alcabalas de los maestrazgos de las órdenes militares. Y queriendo dejar á él y al mundo un testimonio de su constante amor conyugal, añade esta tierna cláusula: «Suplico al rey mi señor que se quiera servir de todas las joyas é cosas, ó de las que á su señoría mas agradaren; porque viéndolas pueda haber mas continua memoria del singular amor que de su señoría siempre tuve; é aun porque siempre se acuerde de que ha de morir, é que le espero en el otro siglo; é con esta memoria pueda mas santa é justamente vivir.

Vuelve á acordarse de sus iglesias y de sus pobres, y todavía previene lo siguiente: «Cumplido este mi testamento mando que todos los otros mis bienes muebles que quedaren se den á iglesias é monasterios para las cosas necesarias al culto divino del Santo Sacramento, así como para custodia é ornamento del Sagrario… é ansi mismo se den á hospitales, é pobres de mis reinos, é á criados mios, si algunos hobiese pobres, como á mis testamentarios paresciere.» Los testamentarios que dejaba nombrados eran, el rey, el arzobispo de Toledo Cisneros, los contadores mayores Antonio de Fonseca y Juan Velázquez, el obispo de Falencia Fr. Diego de Deza, confesor del rey, y el secretario y contador Juan López de la Carraga; pero dando plena facultad al rey y al arzobispo para proceder en unión con cualquiera de los otros.

Hemos notado las principales disposiciones contenidas en el célebre testamento de la Reina Católica, para que se vea con cuan admirable solicitud atendía aquella ilustre princesa hasta en sus últimos momentos á las cosas del gobierno, al orden, á la justicia, al bienestar de sus subditos; sus sentimientos de acendrada piedad y beneficencia; su tierno amor á su esposo; el afecto á sus amigos y leales servidores; su humildad y modestia; y aquella prudencia, aquella política previsora de que había dado constantes muestras en el discurso de su vida.

Y todavía no se contentó con esto. Entre su testamento y su muerte trascurrió aún mes y medio, y en este período, que puede llamarse de agonía, su espíritu admirablemente entero y firme recordó otros asuntos de gobierno que quiso dejar ordenados, y tres días antes de morir otorgó un codicilo (23 de noviembre), dictando diversas disposiciones y providencias. Entre ellas las más notables é importantes son, la de dejar encargado al rey y á los príncipes sus sucesores que nombraran una junta de letrados y personas doctas, sabias y experimentadas, para que hiciesen una recopilación de todas las leyes y pragmáticas del reino y las redujeran á un solo cuerpo, donde estuvieran más breve y compendiosamente compiladas, «ordenadamente por sus títulos, por manera que con menos trabajo se puedan ordenar é saber:» pensamiento que había tenido siempre, y que por muchas causas no había podido realizar. Otra de ellas se refería á la reforma de los monasterios, y mandaba se viesen los poderes de los reformadores y conforme á ellos se les diese favor y ayuda, y no más.

Otra de las providencias que más honran á la reina Isabel, y que es de lamentar no se cumpliese, siquiera por haber sido dictada en el artículo de la muerte, fué la relativa al trato que se había de dar á los naturales del Nuevo Mundo. Sobre esto encargaba y ordenaba al rey y á los príncipes sus sucesores, que pusieran toda la diligencia para no consentir ni dar lugar á que los naturales y moradores de las Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar, recibiesen agravio alguno en sus personas y bienes, sino que fuesen bien y justamente tratados, y si algún agravio hubiesen ya recibido, que lo remediasen y proveyesen.

¡Admirable mujer, que al tiempo de rendir su espíritu se acuerda de los habitantes de otro hemisferio, y no se despide de la tierra sin dejar consignado que es una obligación de humanidad y de justicia tratar benignamente á los infelices indios! ¡Cuan mal se habían de cumplir con aquellas razas desventuradas las benéficas intenciones y mandatos de la piadosa Isabel!

Su conciencia abrigaba algunas dudas acerca de la legalidad del impuesto de la alcabala, y manda á sus herederos y testamentarios que con una junta de personas de ciencia y conciencia averigüen bien y examinen cómo y cuándo y para qué se impuso aquel gravamen, si fué temporal ó perpetuo, si hubo ó no libre consentimiento de los pueblos, y si se ha extendido á más de lo que fué puesto en un principio; y vean si justamente se pueden perpetuar y cobrar tales rentas sin ser fatigados y molestados sus subditos, dándolas por encabezamientos á los pueblos, ó si se pueden moderar, ó tal vez suprimir para que no sufran vejaciones y molestias; «y si nescesario fuere (añade), hagan luego juntar cortes, é den en ellas orden qué tributos se deban justamente imponer en los dichos mis reinos para sustentación del dicho Estado Real dellos, con beneplácito de los dichos mis reinos, para que los reyes que después de mis dias en ellos reinasen lo puedan llevar justamente.»

Tales fueron los últimos actos de gobierno de esta magnánima reina, ordenados en el lecho y en las vísperas de la muerte.

A pesar de la prolongación de su enfermedad y del convencimiento de que no había humano remedio para ella, el pueblo no podía resignarse con la idea de ver desaparecer el benéfico genio que tantos años había velado por su felicidad y bienestar. Isabel, arreglados sus negocios temporales, no pensó ya más que en aprovechar el breve plazo que le quedaba para dar cuenta á Dios de sus obras, bien que toda su vida hubiera sido una continua preparación para la muerte. Recibió, pues, los sacramentos de la Iglesia con aquella fe y aquella tranquilidad cristiana que es símbolo de la beatitud. Cuéntase que para recibir el óleo santo de la Extremaunción no consintió que se le descubrieran los pies, llevando en el último trance el recato y el pudor al extremo que había acostumbrado toda su vida. Finalmente, el miércoles 26 de noviembre (1504), poco antes de la hora del mediodía pasó á gozar de las delicias eternas de otra mejor vida la que tantos beneficios había derramado en este mundo entre los hombres. Se hallaba en los cincuenta y cuatro años de su edad, y era el treinta de su reinado. Nunca sin duda con más razón vertió el pueblo español lágrimas de dolor y de desconsuelo.

No extrañamos que un hombre como el ilustrado Pedro Mártir de Angleria, que acompañó tanto tiempo aquella magnánima reina, y conocía de cerca su bondad y sus virtudes, y se halló presente en su muerte, escribiera en aquellos momentos afectado y transido de dolor: «La pluma se me cae de las manos, y mis fuerzas desfallecen á impulsos del sentimiento: el mundo ha perdido su ornamento más precioso, y su pérdida no sólo deben llorarla los españoles, á quienes tanto tiempo había llevado por la carrera de la gloria, sino todas las naciones de la cristiandad, porque era el espejo de todas las virtudes, el amparo de los inocentes y el freno de los malvados: no sé que haya habido heroína en el mundo, ni en los antiguos ni en los modernos tiempos, que merezca ponerse en cotejo con esta incomparable mujer.»

Con arreglo á su testamento tratóse seguidamente de trasladar sus restos mortales á Granada. Al día siguiente una numerosa y lúgubre comitiva, compuesta de prelados, de grandes caballeros y de personas distinguidas de todas las profesiones, salió de Medina del Campo, lugar del fallecimiento de aquella inolvidable reina. Las lluvias que sobrevinieron á poco de la salida pusieron intransitables los caminos. El cielo parecía haberse cubierto de luto, puesto que todo el tiempo de aquel trabajoso viaje no alumbró el sol la procesión funeral. Los ríos y los torrentes inundaban los campos; y hombres, caballos y mulas se inutilizaban ó perecían en los barrancos y en los valles. Después de mil penalidades y trabajos llegó al fin el triste cortejo con el precioso y venerando depósito al lugar de su destino (18 de diciembre), y los inanimados restos de la heroica conquistadora de Granada descansaron, en cumplimiento de su última voluntad, en el convento de San Francisco de la Alhambra, «á la sombra, como dice un elocuente escritor, de aquellas venerables torres musulmanas, y en el corazón de la capital que con su noble constancia había recobrado para su reino.»

«Su urna, dice con más laudable entusiasmo que gusto de estilo el autor de las Memorias de las Reinas Católicas, debe ser adornada con extraordinarios relieves. Ruecas, Abujas y Lanzas se pueden hermanar en la que de tal suerte manejó las unas, que no supo desairar las otras. Cruces, Mitras y Cetros debes poner por blasón en la que militaba en sus conquistas por la fe; en la que empeñó su poder por restablecer la disciplina de la Iglesia; en la que fué irreconciliable enemiga de la superstición. No quisiera te distrajeses á formar inscripción de la nobleza de sus ascendientes: di que sabemos los padres; pero no de quién heredó la heroicidad del ánimo. Manda hacer un gran plano de mármol en la frente de su urna para esculpir el epitafio; pero no te fatigues en discurrir elogios. Yo daré la inscripción. En toda esa gran tabla no has de esculpir mas que esto: ISABEL LA CATÓLICA. Pero puedes añadir lo que el Sabio dijo de la temerosa de Dios: Ipsa Laudabitur : por sí misma será ella alabada.»

(Lafuente, M., Historia general de España, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días,  TOMO III, PARTE II (Libro IV) [LOS REYES CATÓLICOS] Capítulo XIX)

Share
Comentarios desactivados en Testamento y muerte de Isabel la Católica

Augusto Comte

La filosofía de Auguste Comte, nacido el día 19 de enero de 1798, llevó hasta su culminación la confusa idea roussoniana de la voluntad general, una idea de algo inexistente que hoy ha resucitado en la noción de cultura como una sustancia incorpórea que vive por encima de los individuos, les da el ser y tiene sus propios rasgos independientes de los de ellos. En Comte era el concepto de sociedad, una entidad que, según él, supera los fines individuales.

Esta concepción había sido antes de él una reacción contra la Revolución Francesa, cuyo programa individualista y atomizador ha mostrado Gustavo Bueno en un libro de lectura obligada (El mito de la izquierda, Ediciones B., Barcelona, 2003), fue discutido por filósofos tradicionalistas católicos como Bonald y De Maistre. La filosofía social de Hegel, que fue puesta al día por Marx y sus seguidores, se encuadra en esta misma tendencia.

Las ideas de Comte no traían grandes novedades a la escena filosófica del momento. Lo que hicieron fue despertar la esperanza de sustituir la especulación por la ciencia empírica. Se deseaba poder analizar la sociedad y descubrir sus leyes generales de modo que pudiera haber un control inteligente de las instituciones humanas. A ello debía colaborar decisivamente la sociología recién fundada por Comte y muy en particular su ley de los tres estados.

Una ley que rigiera el crecimiento y desarrollo de las sociedades y señalara la línea de evolución de todas ellas con variaciones que dependieran de las circunstancias fascinó a los filósofos políticos del siglo XIX. Tal ley estaba ya implícita en la idea de progreso de pensadores ilustrados como Turgot y Condorcet, en las filosofías de Hegel y Marx y entroncaba además con la teoría darwiniana de la evolución de las especies, que se produjo también en ese siglo.

El panorama era prometedor. La consecuencia inmediata de todo ello fue la iniciación de muchos estudios sobre distintos campos de la organización social y política, pero el resultado fue desalentador. Ni la ley de los tres estados puede hoy aceptarse ni existe una línea de crecimiento general de las culturas. La antropología social y cultural no encuentra datos que puedan corroborarlo. Las grandes doctrinas de Comte permanecen hoy cubiertas de polvo en el museo de la historia de la filosofía como fetiches que un día encandilaron a muchos europeos, pero que el paso del tiempo ha mostrado lo que son: ídolos del teatro (idola theatri) que, según Francis Bacon, derivan de falsas teorías que engañan a los hombres como los actores en el teatro.

Share
Publicado en Filosofías de (genitivas) | Comentarios desactivados en Augusto Comte

Cristianismo primitivo

Para muchos teólogos protestantes el cristianismo tiene una esencia inmutable. La mayoría de los teólogos católicos, por el contrario, comprenden que es un ser vivo sujeto a permanente transformación. Puede decirse que la propia Iglesia “oficial” participa de esta concepción de forma muy efectiva. Así lo muestra la historia de los concilios. No ha existido nada comparable. La ciencia, la filosofía, el arte, la política, etc., no han exhibido tanta prudencia y tanta finura en la elaboración de sus ideas. La confrontación con grandes heresiarcas como Arrio, Nestorio, Eutiques, Focio, Lutero, etc., la obligación que siempre se ha impuesto de examinar hasta la última coma de sus escritos y sus actos para comprender qué podía aceptarse y qué rechazarse han hecho de ella una institución única. Bien deben saberlo sus altas jerarquías cuando el cardenal Ratzinger ha dejado dicho que los herejes han sido piedra angular de la Iglesia.

Un asunto que siempre ha sido fuente de graves preocupaciones es el de la propiedad y la riqueza. Todos pensarán quizá que el Evangelio antepone el ascetismo a cualquier otra consideración, pero no es del todo correcto. Hay muchos pasajes en que la vida se vive con alegría, se come y se bebe con satisfacción, si bien no con desenfreno ni intemperancia, y, desde luego, no se detestan los bienes de este mundo. Jesús no se pronuncia en ningún momento en contra del sistema económico de propiedad de Roma o de Israel y no dice que sea necesaria su transformación.

Pero hay también ciertos pasajes del Evangelio y los Hechos de los Apóstoles cuya interpretación literal ha alimentado en repetidas ocasiones las ideas de muchos movimientos revolucionarios de negación de la propiedad y la riqueza. De esos pasajes los más importantes son tal vez los siguientes:

Lucas, 6: 35 Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande…

Donde podría entenderse que se proscribe el préstamo con interés.

Lucas, 14: 26 Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.

Que parece ordenar la disolución del orden social.

Marcos 1: 15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.

Que parece anunciar el fin inminente de este mucho y la llegada del reino de Dios.

Lucas 22: 30 para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Comer y beber a la mesa del Señor no comportará trabajos productivos ni fatigas.

El abandono y desprecio de las cosas terrenas sucede cuando los seguidores de Jesús creen que el Reino de Dios es inminente:

Lucas 19: 11 Estando la gente escuchando estas cosas, añadió una parábola, pues estaba él cerca de Jerusalén, y creían ellos que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro.

Entonces hay cosas más importantes que hacer. Falta solo un corto tiempo para la Segunda Venida. No es necesario arar y sembrar los campos, preocuparse de lo que haya de pasar mañana. Las normas mundanas no tienen ya vigor. La economía y la política deben abandonarse. Ni el vestido ni el alimento son ya un problema. Repartamos lo que nos queda y no nos molestemos en producir más. Los más exaltados creen incluso que ya son perfectos y no pueden pecar aunque se lo propongan.

Este socialismo de consumo, del que participan hombres puros, es un explosivo social, económico y político. Esforzarse en incrementar la hacienda familiar, en producir y trabajar son ahora actividades indignas. Solo queda vender, repartir y esperar el fin próximo de este mundo y su sustitución por otro que será definitivo y está reservado a los santos.

Los movimientos religioso-políticos que han bebido de este fuente han tenido larga vida. Su semilla sigue presente en tantos que desprecian la actividad productiva y emprendedora y exigen el reparto de bienes.

La Iglesia, sin embargo, comprendió pronto que había que poner fin a este ímpetu. Incluso San Pablo llegó a decir que el que no trabaja no debe comer. Era necesario adaptarse a las condiciones reinantes en el Imperio de Roma y Jesús no había ordenado que se cambiaran. El orden nuevo prometido por Él no era de este mundo.

Quienes han creído que el orden nuevo se ha de cumplir en éste han sentido tal entusiasmo que han sido capaces de desafiar todo lo existente. Nada ha sido capaz de frenarlos, ni el martirio ni el asesinato. Siendo puros, pueden infringir todas las reglas. Más aún: tienen la obligación de destruirlas, de destruir todo, porque el orden nuevo requiere cimientos nuevos. El orden existente debe ser negado por completo.

No importa que los creyentes en el nuevo mundo sean ateos. En realidad el ateo es un ser piadoso. Los bolcheviques y los anarquistas originarios lo fueron. Ellos creyeron con fe inextinguible que había que destruir todo porque no hay nada que esperar del presente. Su idea del futuro que estaba a punto de llegar no pudo ser más confusa, lo que tal vez dio más impulso todavía a su movimiento. No se trataba de saber que había de suceder, cosa imposible por otro lado, sino de estar seguros de que no sucedería lo que entonces estaba sucediendo, de que el porvenir era el reverso del presente, de que la propiedad y la riqueza habrían de ser abolidas.

Hoy por fin hemos perdido esta fe. Ni siquiera la conservan sus nietos de ahora, que se han acomodado muy bien a la economía de producción capitalista y profesan otras creencias: la sexualidad, el feminismo, el animalismo, etc. Son ídolos menores. Tendrán una vida corta.

Share
Publicado en Filosofías de (genitivas), Religión | Comentarios desactivados en Cristianismo primitivo

El barón de Montesquieu

Carlos Luis de Secondat, Señor de la Brède y Barón de Montesquieu, de cuyo nacimiento se cumplen hoy trescientos veintitrés años, es uno de los escritores que ha contribuido de manera más eficaz a extender la leyenda negra de España. Lo extraordinario de su caso es que, tratándose de una persona de gran inteligencia y saber en materia de historia y política, tenga la peor ignorancia que alguien puede padecer, que es la del que no quiere saber algo porque cree saberlo ya.

Nunca se molestó en visitar España cuando tuvo que hablar de ella, pese a que su castillo de la Brède estaba muy cerca, no conocía nada o casi nada de lo que aquí se escribía, pero lo despreciaba. Un coronel español le habló una vez de la obra ilustrada y crítica de Feijoo y apenas tuvo paciencia para acabar de escucharle. “El único libro buen libro que tienen es uno que hace ver cuán ridículos son todos los demás”.

Su ignorancia de la América Española era sublime.

Dice, por ejemplo, que la fortuna de la Casa de Austria se acrecentó porque “el universo se extendió y se vio aparecer un nuevo continente bajo su obediencia”, como si América hubiera cruzado el océano para ponerse a los pies del Reino de España y no hubiera sido éste el que envió allí sus soldados, misioneros, imprentas, universidades y sistemas jurídicos y políticos europeos. También que los españoles arrasaron América, la despoblaron y en su tiempo, el siglo XVIII, se estaban despedazando entre sí por una especie de justicia divina, como si mientras tanto las instituciones americanas se hubieran hecho solas. Que en lugar de llevar a los habitantes de Méjico una religión suave les obligaron a una superstición furiosa, cuando era la misma que en la Francia de su tiempo: el catolicismo, por cuya causa nunca hubo en tierras españolas guerras de religión, como sí las hubo, y bastante sangrientas, en Francia o Inglaterra.

Su pluma no se para en barras. Emprendida la tarea de la difamación ¿qué cosa mejor que mencionar las hogueras inquisitoriales y extender a todos el deseo homicida que él supone que las encendía?: “Los españoles que no son quemados son tan adictos a la inquisición, que fuera cargo de conciencia el quitársela”, dice en la número 78 de sus Cartas persas.

Es una gran pérdida para el saber que una inteligencia como la del autor del Espíritu de las leyes, que tan bien entendió a Inglaterra, se dejara llevar de la animadversión y la incuria a la hora de entender a España, porque perdió la ocasión de ilustrar a todos con el conocimiento de la realidad, por lo que ahora no puede ser tenido en cuenta sino como ejemplo de lo que no se debe hacer. Muchos otros españoles, como Saavedra Fajardo, Feijoo, Moratín, etc., no cometieron esos graves errores y describieron con acierto y capacidad crítica lo que en su tiempo sucedía. Pero no tuvieron tanto brillo como él y han sido postergados, sobre todo en la mente de bastantes conciudadanos, que, acomplejados de no se sabe qué, siguen más los dicterios de plumas ilustres que los estudios serios y concienzudos de escritores responsables.

(Publicado en La piquera, de Cope-Jerez el 18/01/2012)

Share
Publicado en Filosofías de (genitivas) | Comentarios desactivados en El barón de Montesquieu

Discurso a los electores de Bristol


Discurso de Burke a sus electores de Bristol en que aparece nítidamente expresada la convicción de que el diputado no debe estar sujeto a mandato imperativo de los votantes. Así lo reconoce actualmente la Constitución Española de 1978 en su Artículo 67, párrafo segundo:
                "Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo"


EDMUND BURKE

Discurso a los electores de Bristol (1)

Me debo en todas las cosas a todos los vecinos de esta ciudad. Mis amigos particulares tienen sobre mí el derecho a que no defraude las esperanzas que en mí han depositado. Nunca hubo causa que fuera apoyada con más constancia, más actividad, más espíritu. He sido apoyado con un celo y un entusiasmo por parte de mis amigos, que -de haber sido su objeto proporcionado a sus gestiones- nunca podría ser suficientemente alabado. Me han apoyado basándose en los principios más liberales. Deseaban que los diputados de Bristol fueran escogidos para representar a la ciudad y al país y no para representarles a ellos exclusivamente

Hasta ahora no están desilusionados. Aunque no posea nada más, estoy seguro de poseer el temple adecuado para vuestro servicio. No conozco nada de Bristol, sino los favores que he recibido y las virtudes que he visto practicadas en esta ciudad

Conservaré siempre lo que siento ahora: la adhesión más perfecta y agradecida de todos mis amigos- y no tengo enemistades ni, resentimiento. No puedo considerar nunca la fidelidad a los compromisos y la constancia en la amistad sino con la más alta aprobación, aun cuando esas nobles cualidades se empleen contra mis propias pretensiones. El caballero que no ha tenido la misma fortuna que yo en esta lucha, goza, a este respecto de un consuelo que le hace tanto honor a él como a sus amigos Estos no han dejado, ciertamente, nada por hacer en su servicio

Por lo que hace a la petulancia trivial que la rabia partidista provoca en mentes pequeñas, aunque se muestre aun en este tribunal, no me liaría la más ligera impresión. El vuelo más alto de tales pájaros queda limitado a las capas inferiores del aire. Les oímos y les vemos como cuando vosotros, caballeros, gozáis del aire sereno de vuestras rocas elevada, veis las gaviotas que picotean el barro de vuestra ría, dejado al descubierto por la marea baja

Siento no poder concluir sin decir una palabra acerca de un tema que ha sido tratado por mi digno colega. Desearía que se hubiese pasado por alto el tema, porque no tengo tiempo para examinarlo a fondo. Pero ya que él ha considerado oportuno aludir a él, os debo una clara explicación de mis pobres sentimientos acerca de esta materia

Os ha dicho que "el tema de las instrucciones ha ocasionado muchos altercados y desasosiego en esta ciudad" y, si le he entendido bien, se ha expresado en favor de la autoridad coactiva de las referidas instrucciones

Ciertamente, caballeros, la felicidad y la gloria de un representante, deben consistir en vivir en la unión más estrecha, la correspondencia más íntima y una comunicación sin reservas con sus electores. Sus deseos deben tener para él gran peso, su opinión máximo respeto, sus asuntos una atención incesante. Es su deber sacrificar su reposo, sus placeres y sus satisfacciones a los de aquéllos; y sobre todo preferir, siempre y en todas las ocasiones el interés de ellos al suyo propio

Pero su opinión imparcial, su juicio maduro y su conciencia ilustrada no debe sacrificároslos a vosotros, a ningún hombre ni a grupo de hombres. Todas estas cosas no las tiene derivadas de vuestra voluntad ni del derecho y la constitución. Son un depósito efectuado por la Provincia, de cuyo abuso es tremendamente responsable. Vuestro representante os debe, no sólo su industria, sino su juicio, y os traiciona, en vez de serviros, si lo sacrifica a vuestra opinión

Mi digno colega dice que su voluntad debe ser servidora de la vuestra. Si eso fuera todo, la cosa es inocente. Si el gobierno fuese, en cualquier parte, cuestión de voluntad, la vuestra debería, sin ningún género de dudas, ser superior. Pero el gobierno y la legislación son problemas de razón y juicio y no de inclinación y ¿qué clase de razón es esa en la cual la determinación precede a la discusión, en la que un grupo de hombres delibera y otro decide y en la que quienes adoptan las conclusiones están acaso a trescientas millas de quienes oyen los argumentos? Dar una opinión es derecho de todos los hombres; la de los electores es una opinión de peso y respetable, que un representante debe siempre alegrarse de escuchar y que debe estudiar siempre con la máxima atención. Pero instrucciones imperativas, mandatos que el diputado está obligado ciega e implícitamente, a obedecer, votar y defender, aunque sean contrarias a las convicciones más claras de su juicio y su conciencia, son cosas totalmente desconocidas en las leyes del país y surgen de una interpretación fundamentalmente equivocada de todo el orden y temor de nuestra constitución

El Parlamento no es un congreso de embajadores que defienden intereses distintos y hostiles, intereses que cada uno de sus miembros, debe sostener, como agente y abogado, contra otros agentes y abogados, sino una asamblea deliberante de una nación, con un interés: el de la totalidad; donde deben guiar no los intereses y prejuicios locales, sino el bien general que resulta de la razón general del todo. Elegís un diputado; pero cuando le habéis escogido, no es el diputado por Bristol, sino un miembro del Parlamento. Si el elector local tuviera un interés o formase una opinión precipitada, opuestos evidentemente al bien real del resto de la comunidad, el diputado por ese punto, debe, igual que los demás, abstenerse de ninguna gestión para llevarlo a efecto. Os pido perdón por haberme extendido en este punto. Me he visto involuntariamente obligado a tratar de esto; pero quiero tener siempre con vosotros una franqueza respetuosa. Vuestro fiel amigo y devoto servidor, lo seré hasta el fin de mi vida; un adulador no lo deseáis. En este punto de las instrucciones, sin embargo, creo apenas posible que podamos tener ninguna especie de discrepancia. Acaso sea excesiva la molestia que os doy al tratarlo

Desde el primer momento en que se me alentó a solicitar vuestro favor, hasta este feliz día en que me habéis elegido, no he prometido otra cosa, sino intentos humildes y perseverantes de cumplir con mi deber. Confieso que el peso de ese deber me hace temblar y quienquiera que considere bien lo que significa rehuirá, despreciando toda otra consideración todo lo que tenga la más ligera probabilidad de ser un compromiso positivo y precipitado. Ser un buen miembro del parlamento es, permitidme decíroslo, una tarea difícil; especialmente es este momento en que existe una facilidad tan grande de caer en los extremos peligrosos de la sumisión servil y de la populachería. Es absolutamente necesario unir la circunspección con el vigor, pero es extremadamente difícil. Somos ahora diputados por una rica ciudad comercial; pero esta ciudad no es, sin embargo, sino una parte de una rica nación comercial cuyos

intereses son variados, multiformes e intrincados. Somos diputados de una gran nación que, sin embargo, no es sino parte de, un gran imperio, extendido por nuestra virtud y nuestra fortuna a los límites más lejanos de oriente y occidente. Todos estos vastos intereses han de ser considerados, han de ser comparados, han de ser, en lo posible, reconciliados

Somos diputados de un país libre y todos sabemos, indudablemente, que la maquinaria de una constitución libre no es cosa sencilla; sino tan intrincada y delicada como valiosa. Somos diputados de una monarquía grande y antigua y tenemos que conservar religiosamente los verdaderos derechos legales del soberano que forman la piedra clave que une el noble y bien construido arco de nuestro imperio y nuestra constitución. Una constitución hecha con poderes equilibrados tiene que ser siempre una cosa crítica. Como tal he de tratar aquella parte de la constitución que quede a mi alcance. Conozco mi incapacidad y deseo el apoyo de todos. En particular aspiro a la amistad y cultivaré la mejor correspondencia con el digno colega que me habéis dado

No os molesto más que para daros otra vez las gracias; a vosotros, caballeros, por vuestros favores; a los candidatos por su conducta templada y cortés y a los sheriffs por una conducta que puede servir de modelo a todos los que desempeñan funciones públicas.


1) Al ser declarado por los Sheriffs, debidamente elegido como uno de los representantes de aquélla ciudad en el Parlamento, el día jueves, 3 de noviembre de 1794

Share
Comentarios desactivados en Discurso a los electores de Bristol