
El servicio de restaurante de un crucero contrató en cierta ocasión a un hombre como camarero. Se le enseñó que cuando hiciera mal tiempo no debía andar en línea recta, sino en zig-zag, para que el balanceo del barco no le hiciera caer. Pese a la advertencia, el primer día de oleaje el camarero cayó al suelo y los platos se rompieron. Le preguntaron por qué no había seguido las instrucciones y el respondió: “Las he seguido, sólo que cuando yo hacía zig el barco hacía zag y cuando yo hacía zag el barco hacía zig”. Lo cuenta I. Berlín en su Generalissimo Stalin y el arte del gobierno.