La analogía del ser

Un término que se predica de diversos sujetos puede hacerlo de tres modos principales.

En primer lugar, puede predicarse unívocamente, cuando conserva en todos ellos un significado enteramente idéntico. Así sucede con los términos genéricos y específicos. Por ejemplo, la palabra “animal”, aplicada a sujetos diversos, significa siempre “dotado de vida sensitiva”; las diferencias entre un gato, un perro u otro viviente sensible no proceden del término común, sino de las notas específicas que distinguen a cada uno.

En segundo lugar, un término puede usarse equívocamente, cuando se aplica a realidades distintas con significados completamente diversos. Así ocurre con voces como Cáncer, que puede designar un signo del Zodiaco o un tumor maligno; o con otros homónimos homógrafos, donde la identidad verbal no implica comunidad conceptual.

En tercer lugar, un término puede decirse analógicamente —esto es, como equívoco secundum quid o a consilio— cuando se predica de varios sujetos según sentidos realmente diversos, pero no del todo extraños entre sí, pues guardan cierta semejanza proporcional.

Dentro de la analogía conviene distinguir dos especies fundamentales.

La primera es la analogía de atribución. Se da cuando un término se predica de varios sujetos por razón de sus distintas relaciones con otro sujeto principal, llamado primer analogado, al cual dicho término conviene de modo intrínseco. Así, la palabra «sano» se aplica al alimento, al clima o al color del rostro por su referencia respectiva a la salud del animal: el alimento puede ser causa de salud, el clima puede favorecerla, el color puede manifestarla; pero la salud, en sentido propio, reside en el viviente.

La segunda es la analogía de proporcionalidad. Tiene lugar cuando un término se atribuye a varios sujetos porque en cada uno de ellos se verifica, aunque de modo distinto, una relación semejante. Puede ser metafórica, si expresa una semejanza simbólica, como cuando se llama «pie» a la base de un monte. Pero puede ser propia, cuando la semejanza proporcional corresponde a una realidad. Así, la palabra «visión» puede aplicarse tanto a la percepción sensible de un objeto coloreado como a la percepción intelectual de un ser, porque entre el acto de la vista y su objeto, por una parte, y el acto del entendimiento y su objeto, por otra, se conserva una proporción semejante.

Cuando una de esas relaciones depende intrínsecamente de otra, de modo que sólo puede afirmarse en dependencia de ella, la analogía no es únicamente de proporcionalidad, sino también de atribución.

De este modo, puede decirse que en los términos unívocos hay identidad de nombre e identidad de razón significada; en los equívocos hay identidad verbal, pero diversidad total de significado; y en los análogos hay identidad nominal con diversidad simple y semejanza secundum quid en la razón significada.

La noción de ser debe entenderse como análoga, tanto por analogía de proporcionalidad como por analogía de atribución.

En primer lugar, el ser es análogo con analogía de proporcionalidad, porque en los diversos seres se realiza una relación semejante con la existencia, aunque esa relación se dé en cada caso de manera intrínsecamente distinta. Dios se relaciona con su existencia per se; la sustancia creada se relaciona con la existencia en sí; y el accidente se relaciona con la existencia en un sujeto. Todos convienen en existir, y en esto se da una semejanza real; pero el modo de existir no es idéntico en todos. En Dios, ser es existir por sí mismo, en virtud de su aseidad; en la sustancia creada, ser es existir en sí, aunque con dependencia de Dios; en el accidente, ser es existir como cualidad, cantidad u otra determinación inherente en una sustancia.

Estas diferencias no se añaden exteriormente al ser de cada uno, como si el ser fuese primero una noción común indiferenciada y luego recibiera determinaciones extrínsecas. Son, más bien, los modos concretos en que se realiza la relación con la existencia por la cual cada cosa es ente. Así se evita concebir el ser como un género que se especificara después mediante diferencias externas.

En segundo lugar, el ser es análogo con analogía de atribución. Esta analogía se verifica, por una parte, entre Dios y las criaturas; y, por otra, entre la sustancia y los accidentes. A las criaturas sólo se les atribuye el ser en cuanto lo poseen de manera participada y dependiente del Creador. Del mismo modo, los accidentes sólo son en cuanto dependen de la sustancia, único sujeto en el cual pueden existir. Es cierto que el ser está intrínsecamente en las criaturas y en los accidentes; precisamente por eso puede hablarse también de analogía de proporcionalidad. Pero esto no excluye la analogía de atribución, pues basta para ella que un atributo convenga a algo sólo en relación con un primer analogado y en dependencia de él. Tal es el caso de las criaturas respecto de Dios, y de los accidentes respecto de la sustancia.

De aquí se sigue que el ser no puede entenderse como una noción unívoca. Si fuera unívoco, se predicaría de todos los entes según una razón absolutamente idéntica. Pero el ser incluye actualmente las diferencias reales por las cuales los entes se distinguen entre sí, y expresa algo que se realiza de modos esencialmente diversos: limitado por la potencia en las criaturas, ilimitado en Dios. Dios, Acto puro y existente por su esencia, no es ser por la misma razón por la que lo son las criaturas compuestas de potencia y acto. De este modo queda excluida la interpretación panteísta, según la cual el mundo sería una emanación del ser divino o poseería una naturaleza idéntica a la de Dios.

El error de considerar el ser como una realidad unívoca se halla en la base de la objeción de Parménides contra la pluralidad de los entes. Tal objeción presupone indebidamente que el ser es una unidad homogénea, sin diferencias internas que, siendo también ser, permitan distinguir realmente unos entes de otros.

Pero el ser tampoco es un término puramente equívoco. Si lo fuera, no habría ninguna comunidad inteligible entre los diversos entes. Ahora bien, todo ser tiene en común con los demás su relación con la existencia: es aliquid cui competit esse. Por eso debe rechazarse también el agnosticismo que relega a Dios a lo absolutamente incognoscible, alegando que su ser sería totalmente extraño al nuestro. En Dios, como en todo ente, se verifican las propiedades y leyes generales del ser, aunque sin imperfección alguna. Por ello resulta inexacto, incluso dejando aparte la Revelación divina, representar al hombre, según la expresión de Mauricio Barrès, como un «animal, religioso en el fondo, inquieto por su destino, que con espanto se ve cercado y azotado por las olas de un océano misterioso. sin nave ni vela con que surcarlo».

La doctrina de la analogía del ser muestra así su importancia decisiva. Frente al panteísmo, impide identificar unívocamente a Dios con las criaturas. Frente al agnosticismo, impide separar equívocamente el ser divino del ser creado hasta hacerlo incognoscible. La analogía permite afirmar una semejanza real fundada en el ser, y al mismo tiempo una desemejanza esencial fundada en los diversos modos de poseerlo.

Esta analogía se extiende también a las propiedades trascendentales del ser, así como a las perfecciones absolutamente simples que se definen por relación al ser conocido —como el entendimiento— o al ser apetecido —como la voluntad—, y a las perfecciones que proceden de ellas: sabiduría, providencia, amor, justicia y otras semejantes. Todas estas perfecciones se encuentran formalmente en Dios, pero de modo eminente, es decir, en una forma más alta y perfecta que en nosotros, puesto que en Él se identifican plenamente entre sí y con la esencia divina.

(Cf. Collin, E., Manual de filosofía tomista, Ed. Luis Gili, Barcelona, 1950, pp. 175-178).