¿Dependen de un hombre sus propias acciones o más bien le van llegando sin mandar él sobre ellas y siendo zarandeado de acá para allá por el azar? Si es lo primero, si cada uno puede hacer lo que el buen escultor con la piedra, que “saca todo lo superfluo y reduce el material a la forma que existe dentro de la mente del artista”[1], entonces es posible lograr con los talentos propios una personalidad bien trabada, capaz de afrontar todos los sucesos, y puede cada uno ser obra de sus propias acciones. Pero si lo cierto es lo segundo, si cada decisión depende de una necesidad impuesta, entonces la vida sin rumbo es obra de los vientos y las corrientes y uno mismo es siervo de todo y dueño de nada; podrá parece que lo hecho por cada cual es obra de cada cual, pero eso será una apariencia, porque el hombre, un ser más entre los seres, estará sujeto a las causas que rigen el conjunto y la ilusión de la libertad no será distinta de la que pudiera sentir la hoja llevada por el viento que pensara que está volando por propio impulso.
Dos son, pues, las opciones: ser libre y ser dueño de sí o ser esclavo de todo por estar siempre obligado en todo cuanto se hace. Sobre uno de estos dos presupuestos se sustentan cosas tales como la moral, la religión, la ciencia o la administración de justicia: si no hay libertad entonces ha de suprimirse la moral, la religión, al menos la católica, etc., y sin no hay determinismo causal entonces es imposible que exista ciencia alguna. Libertad y determinismo parecen, pues, contrarios entre sí. Es preciso examinar ambos aparentes opuestos.