La libertad

¿Dependen de un hombre sus propias acciones o más bien le van llegando sin mandar él sobre ellas y siendo zarandeado de acá para allá por el azar? Si es lo primero, si cada uno puede hacer lo que el buen escultor con la piedra, que “saca todo lo superfluo y reduce el material a la forma que existe dentro de la mente del artista”[1], entonces es posible lograr con los talentos propios una personalidad bien trabada, capaz de afrontar todos los sucesos, y puede cada uno ser obra de sus propias acciones. Pero si lo cierto es lo segundo, si cada decisión depende de una necesidad impuesta, entonces la vida sin rumbo es obra de los vientos y las corrientes y uno mismo es siervo de todo y dueño de nada; podrá parece que lo hecho por cada cual es obra de cada cual, pero eso será una apariencia, porque el hombre, un ser más entre los seres, estará sujeto a las causas que rigen el conjunto y la ilusión de la libertad no será distinta de la que pudiera sentir la hoja llevada por el viento que pensara que está volando por propio impulso.

Dos son, pues, las opciones: ser libre y ser dueño de sí o ser esclavo de todo por estar siempre obligado en todo cuanto se hace. Sobre uno de estos dos presupuestos se sustentan cosas tales como la moral, la religión, la ciencia o la administración de justicia: si no hay libertad entonces ha de suprimirse la moral, la religión, al menos la católica, etc., y sin no hay determinismo causal entonces es imposible que exista ciencia alguna. Libertad y determinismo parecen, pues, contrarios entre sí. Es preciso examinar ambos aparentes opuestos.

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El caso del totemismo

Las teorías fundamentales acerca del origen y naturaleza de la religión han sido quizá las primeras interpretaciones rigurosas con que la sociología se ha enfrentado a la psicología. Tachadas frecuentemente de sociologistas, lo que da idea de la línea que las guía, han solido coincidir en pensar la religión, no por lo que ésta tenga … Leer más

Sobre el socialismo

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El ojo humano

La visión de un objeto comienza con alguna corriente de luz visible que atraviesa la córnea transparente, pasa después por la pupila, el diafragma del ojo, que puede abrirse o cerrarse mecánicamente por la acción de la propia luz, y, por último, atraviesa el cristalino, una estructura elástica capaz de abombarse o aplanarse, para caer finalmente sobre la retina, donde se hallan unos ciento cincuenta millones de células específicas capaces de reaccionar a los estímulos luminosos.

Derechos

Ayer volví al mismo local. A los pocos instantes de servirme el café y disponerme a leer el periódico llegaron los dos personajes del día anterior, se sentaron a la mesa contigua y reanudaron su conversación más o menos en los siguientes términos:
-Como te decía, no existen hombres y mujeres, padres y madres, esposos y esposas. Tampoco existen razas, que son un derivado del esclavismo americano y europeo. Todo es producto del ambiente social e histórico. Si quitas esto lo que queda es vida humana pura y sencilla, vida humana como un continuo indistinguible que no admite diferenciaciones internas. ¿Lo comprendes?

Evolucionismo

[caption id="attachment_985" align="alignleft" width="193" caption="El árbol de la vida, según Haeckel"][/caption]Se dice que Darwin rogaba al cielo que le protegiera de las disparatadas ideas de Lamarck y su tendencia al progreso. Es seguro que el cielo atendió su súplica al principio de su estudio de las especies vivas, pues su teoría de la selección natural es ajena a la idea del mejoramiento de los seres vivos y deja el transcurso de éstos al azar. Pero, sea porque Darwin no perseveró en sus oraciones, sea porque sus seguidores no pidieron lo mismo que él, lo cierto es que el evolucionismo se entendió casi de inmediato como una tendencia a lo mejor.
Así lo entendió Carlos Marx, que estaba más cerca de Lamarck que de Darwin, lo que le hizo un digno antecesor de los biólogos lysenkianos de la Unión Soviética. Saludó el darwinismo como la explicación definitiva de la marcha de las especies vivas y creyó poderlo integrar en su propia explicación de la marcha de la historia humana, con lo que ésta se convertía en una continuación de la naturaleza. Engels se aplicó a la tarea en su Dialéctica de la naturaleza, una obra en que las ideas de Hegel, Darwin, Marx y otras del momento formaron un extraño conjunto digno de Babel. Otros vendrían más tarde a continuar la senda iniciada por ellos: Lenin tratando de aprovechar las indagaciones de Pavlov para la doctrina bolchevique, Stalin haciendo lo propio con las de Michurin, Oparin esforzándose en ver cómo nace la vida de la materia inerte, etc.

El alma

La expresión «alma humana» que utiliza el Papa suena a algo arcaico y en desuso. Pero cuando se entiende que el alma es, entre otras cosas, sentir y pensar, se ve que lo de menos son los vocablos. Sentir es lo que hacemos al tocar, oler, gustar o ver y pensar lo que hacemos al discurrir sobre la cuenta del supermercado o sobre el tiempo que habré de tardar en leer esta entrada.
Una diferencia entre ambas actividades es que cuando se está en la primera no hay seguridad completa de estar todos  en lo mismo. Yo puedo ver las cosas borrosas, como en los cuadros impresionistas, porque soy miope, y otro ver las cosas claras porque no lo es. Al razonar, por el contrario, es fácil que todos estén en lo mismo. Sea un teorema sencillo de geometría, el que dice que por un punto cualquiera de una recta solo puede trazarse una perpendicular a dicha recta. Se demuestra definiendo la perpendicular como la línea recta que deja dos ángulos de noventa grados, uno a cada lado de sí misma, sobre otra línea, y haciendo ver que si se traza un línea oblicua, que deja, por ejemplo, ciento setenta grados a un lado y diez a otro, y se la va levantando hasta el extremo opuesto, se comprobará que solo hay una posición en que deje un ángulo recto a cada lado, que es lo que quería demostrarse.