La causa final

El pan procede de la harina como de su causa material, es hecho por el panadero como de su causa eficiente, y es para el hombre, según dice Hesiodo en dos ocasiones al menos:
«Y Zeus llamó a ésta mujer Pandora, porque todos los Dioses de las moradas olímpicas le dieron algún don, que se convirtiera en daño de los hombres que se alimentan de pan». (Los trabajos y los días, libro I)

Sobre los elementos

A todos estos conceptos es preciso añadir el de elemento, que es, según Metafísica, V, aquella causa material de la que no hay composición anterior. No se dice, en efecto, que la rama sea elemento del árbol, porque la rama es un compuesto de otras cosas. Pero la tierra, el aire, el agua y el fuego sí son elementos, porque no se componen de otras cosas, sino que ellos son componentes de todas ellas.
Por esto da Aristóteles su definición de elemento como sigue:

Principio y causa

Los textos principales que Aristóteles dedica a hablar de las causas y los principios son los libros V y XI de su Metafísica y los I y II de su Física.
En Metafísica, I, dice que el principio y la causa son convertibles, como convertibles son la unidad y el ser, pues decir ser es decir uno y decir uno es decir ser. Sin embargo, la idea de causa parece añadir algo a la de principio. El panadero es causa del pan. También es principio suyo, porque en su acción se origina el pan. Algo semejante sucede cuando una cosa pasa de tener un color a tener otro, pero también algo diferente, pues, aunque el segundo color tiene su principio en el primero, no tiene en él su causa. Por esto no se dice que si una cosa ha pasado de ser negra a ser blanca la causa de lo blanco está en lo negro, porque la causa solo es causa cuando de su ser se sigue otro, como del fuego se sigue el calor.

Las cuatro causas

En fichas pasadas han quedado descritos los tres principios del cambio: la materia, la forma y la privación. No basta, sin embargo, con ellos para entender el movimiento, porque lo que es materia para algo y está privado de ello no se convierte en algo por sí solo. La harina no se hace pan ella misma y hay necesidad de un agente externo para que eso suceda. Hace falta algo o alguien que obre sobre la materia para que adquiera un ser y debe obrar sobre el hacerse, no sobre el ser mismo.
Además de este elemento agente externo, debe haber otro, que es aquello a que tienden todo movimiento y toda generación, si es verdad lo que dice Aristóteles en el libro II de la Física. Y que Aristóteles está en lo cierto lo dice Avicena aduciendo que a quienes objetan que el tender a un fin es propio solo de los seres capaces de deliberar y que los no capaces no pueden tender a él, hay que responder que el citarista no necesita deliberar en cada una de las percusiones que hace sobre las cuerdas de la cítara, que basta con que haya deliberado al principio para cumplir su fin, interpretar la melodía, y que si tuviera que deliberar a cada instante su interpretación de la misma sería mala. Luego no hay dificultad en admitir que el agente natural tiende a un fin sin deliberar. Basta con que en él haya una tendencia al mismo.

Privación y materia prima

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Principios del devenir

Lo que es sustancia o accidente está en acto en algún sentido y puede llamarse forma, como lo que está en potencia, ya sea respecto a la sustancia o al accidente, se puede llamar materia. Es porque practica la filosofía por lo que Aristóteles se hace filósofo en acto y lo era en potencia cuando su padre Nicómaco lo envió a la Academia de Platón. Pero es por la conjunción de su padre y su madre por lo que Aristóteles fue primero un hombre en potencia y después un hombre real.
La producción de un ser cualquiera es un camino que se dirige o bien a la aparición absoluta de ese ser, como cuando nace un hombre, o bien a la aparición de algo relativo a él, como cuando Aristóteles se hace filósofo. En el primer caso se trata de la producción de una forma sustancial y en el segundo de una accidental. En ambos se pasa del ser al no ser. También se puede dar el paso contrario, del ser al no ser. Entonces sucederá que una cosa deja de existir, como cuando muere un hombre, o bien deja de ser algo, como ocurriría si Aristóteles ya no fuera filósofo.

Materia ex qua – materia in qua

De dos maneras puede darse una cosa: pudiendo ser y siendo ya de hecho o en acto. A lo primero se le llama tener la posibilidad de existir o estar en potencia, a lo segundo existir ya o estar en acto. Cualquiera de estas dos maneras de darse algo cosa puede entenderse como perteneciente a la sustancia misma de la cosa o bien como siendo algo accidental. No es lo mismo, en efecto, que Aristóteles sea sea hombre o que sea filósofo.

Dependencia de los entes

El escultor hace la estatua, pero no la piedra, que es obra de la naturaleza. La acción de aquél produce una figura en una piedra, mas no la piedra misma. Así sucede siempre en los objetos del arte y la técnica, e incluso con las obras de la propia naturaleza. Cuando el frío produce el hielo lo hace a partir del agua y cuando nace un árbol es siempre a partir de una semilla que ha podido germinar en el suelo. El material de que se hacen las cosas siempre precede a las cosas.
El que tiene fe en un Dios creador tiene que presuponer que Dios no actúa ni como la naturaleza ni como el hombre, pues entonces habría algo, la materia de que se hacen las cosas, que no sería creada por Él. La materia tiene que ser también obra suya. No debe admitir, por otro lado, que al darse el acto creador se produce un cambio en el ser creado, porque, dado que todo cambio exige un sujeto, habría algo que precede al cambio mismo, lo cual negaría lo que acaba de decirse.

La causa universal

En el Liber de causis se dice que, de las cosas creadas, la primera es el ser, lo que ha de entenderse como que lo que se crea no es tal o tal otro ser, sino el hecho de que sea (V. Aquino, T., Summa theologica, q. 44, art. 5). Es necesario comprender que en esta noción el Aquinatense va más allá de lo que fueron los antiguos filósofos, incluyendo a Platón y Aristóteles. En la q. 44, art. 2, de la Summa theologica hace un breve recorrido por el camino seguido hasta llegar a la verdad de estas cosas.
En un primer momento, dice los antiguos no admitieron otros seres que los sensibles y corporales y a partir de esa convicción unos veían el movimiento y el cambio como aumento o disminución en la densidad, otros como la acción de la amistad y la discordia, etc. Todos pensaban que lo principal de los cuerpos, algo en lo que todos ellos deben consistir en realidad, es eterno y en ello cifraban la naturaleza de todo.

Los seres contingentes

Para que la fe cristiana en la creación del mundo pueda ser verdadera se requiere que los objetos que componen el mundo tengan una consistencia ontológica tal que puedan ser producidos sin contar con un material preexistente y también aniquilados sin convertirse en otra cosa. La primera opción no parece que esté al alcance de ningún ser natural, pues todo lo que se hace se hace a partir de algo. Eso al menos dicta nuestra experiencia. La segunda tampoco, pues lo que se destruye deja de existir en su forma actual, pero los elementos de que está compuesto quedan disponibles para formar parte de otra cosa. Que nada nace de la nada y que nada desaparece en ella ha sido siempre para muchos filósofos un principio inconmovible de filosofía natural. Un hombre que muere deja de existir como tal hombre, pero el material de su organismo entra en otras combinaciones de la naturaleza. Un hombre que nace se construye con piezas aportadas por sus progenitores, a las que se van adhiriendo otras en el curso de su vida posterior. Y entre la cuna y la tumba no sucede nada que no sea idéntico hasta cierto punto -hasta el mantenimiento de la estructura del organismo- a lo que se da en ambos extremos, pues el cuerpo está sin cesar adquiriendo unas sustancias de su medio y desprendiéndose de otras.
El fundador de la escuela de Elea, Jenófanes de Colofón, expresó este principio del modo más conciso que quepa imaginar. Nada, dijo, se produce y nada deja de existir: si algo nuevo se hiciera, se haría de algo o de nada, pero lo segundo no es posible, pues de nada no se hace algo, y lo primero tampoco, porque entonces ya habría algo antes de hacerse. (V. Fernández Rueda, E., y Giménez Pérez, F., Historia de la filosofía y de la ciencia, Editorial Penta, La Coruña, 2003, página 17)

Esencia y existencia

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El ojo humano

La visión de un objeto comienza con alguna corriente de luz visible que atraviesa la córnea transparente, pasa después por la pupila, el diafragma del ojo, que puede abrirse o cerrarse mecánicamente por la acción de la propia luz, y, por último, atraviesa el cristalino, una estructura elástica capaz de abombarse o aplanarse, para caer finalmente sobre la retina, donde se hallan unos ciento cincuenta millones de células específicas capaces de reaccionar a los estímulos luminosos.

Derechos

Ayer volví al mismo local. A los pocos instantes de servirme el café y disponerme a leer el periódico llegaron los dos personajes del día anterior, se sentaron a la mesa contigua y reanudaron su conversación más o menos en los siguientes términos:
-Como te decía, no existen hombres y mujeres, padres y madres, esposos y esposas. Tampoco existen razas, que son un derivado del esclavismo americano y europeo. Todo es producto del ambiente social e histórico. Si quitas esto lo que queda es vida humana pura y sencilla, vida humana como un continuo indistinguible que no admite diferenciaciones internas. ¿Lo comprendes?

Evolucionismo

[caption id="attachment_985" align="alignleft" width="193" caption="El árbol de la vida, según Haeckel"][/caption]Se dice que Darwin rogaba al cielo que le protegiera de las disparatadas ideas de Lamarck y su tendencia al progreso. Es seguro que el cielo atendió su súplica al principio de su estudio de las especies vivas, pues su teoría de la selección natural es ajena a la idea del mejoramiento de los seres vivos y deja el transcurso de éstos al azar. Pero, sea porque Darwin no perseveró en sus oraciones, sea porque sus seguidores no pidieron lo mismo que él, lo cierto es que el evolucionismo se entendió casi de inmediato como una tendencia a lo mejor.
Así lo entendió Carlos Marx, que estaba más cerca de Lamarck que de Darwin, lo que le hizo un digno antecesor de los biólogos lysenkianos de la Unión Soviética. Saludó el darwinismo como la explicación definitiva de la marcha de las especies vivas y creyó poderlo integrar en su propia explicación de la marcha de la historia humana, con lo que ésta se convertía en una continuación de la naturaleza. Engels se aplicó a la tarea en su Dialéctica de la naturaleza, una obra en que las ideas de Hegel, Darwin, Marx y otras del momento formaron un extraño conjunto digno de Babel. Otros vendrían más tarde a continuar la senda iniciada por ellos: Lenin tratando de aprovechar las indagaciones de Pavlov para la doctrina bolchevique, Stalin haciendo lo propio con las de Michurin, Oparin esforzándose en ver cómo nace la vida de la materia inerte, etc.

La idea de Dios-amor

De nuevo debe recordarse a Aristóteles y su noción del alma. El hombre, dice el filósofo, es un animal como otros. Por eso tiene alma sensible. Es también un vegetal. Por eso se alimenta, crece, etc. Como planta y como animal tiene el fin de producir seres iguales para que la especie permanezca. Pero hay una diferencia entre ambos: el animal tiene sensibilidad, y, habiendo por fuerza dolor y placer donde hay sensibilidad, forzoso es que haya también deseo, pues se quiere tener uno y evitar otro (De Anima 1, 2, 8–9.) Esto es la voluntad.
Luego en el hombre no hay solo sensibilidad para sentir y razón para discurrir. Hay también hay voluntad para querer, para creer y para ser libre. Lo cual, dicho sea de paso, tiene relación directa con la moralidad, pues un hombre es moralmente bueno cuando ajusta su voluntad a la ley moral. No es lo que hacemos lo que nos hace buenos, sino lo que queremos cuando hacemos algo.