Índole de la composición hilemórfica

Para esclarecer en qué consiste la trabazón interna entre materia y forma, conviene determinar previamente la función que cada una desempeña dentro de la esencia. Procede, por ello, considerar primero la forma, atendiendo a su papel constitutivo, y examinar después la materia en cuanto principio correlativo.

No debe identificarse la forma con la esencia, aunque algunos pensadores hayan sostenido tal equivalencia. Si así fuera, la esencia del hombre quedaría reducida al alma racional; y, puesto que dicha esencia habría de ser común a todos los individuos humanos, habría que admitir, al modo averroísta, una pluralidad de hombres acompañada de una única razón. Pero lo que especifica al hombre no es el alma racional considerada aisladamente. El alma, en cuanto forma sustancial, no se entiende naturalmente al margen del cuerpo. Lo específicamente humano resulta de la unidad del viviente animado y racional. En el individuo concreto, ambas dimensiones se encuentran intrínsecamente unidas. Incluso si se admite, por acción divina, la posibilidad del alma separada, habrá de reconocerse que en tal estado permanece como sustancia incompleta. Su ordenación al cuerpo pertenece a su propio modo de ser, de tal suerte que sólo con él constituye naturalmente una unidad.

La materia, tomada sin forma, no es una realidad determinada ni un sujeto ya configurado como esto o aquello. La determinación le adviene por la forma. Ahora bien, la forma, aunque actúa como principio especificante, no comunica determinación sin recibir a su vez individuación. Sócrates es hombre por la racionalidad que lo especifica, pero es este hombre singular por la materia que lo individualiza dentro de la naturaleza animal.

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