Dependencia de los entes

El escultor hace la estatua, pero no la piedra, que es obra de la naturaleza. La acción de aquél produce una figura en una piedra, mas no la piedra misma. Así sucede siempre en los objetos del arte y la técnica, e incluso con las obras de la propia naturaleza. Cuando el frío produce el hielo lo hace a partir del agua y cuando nace un árbol es siempre a partir de una semilla que ha podido germinar en el suelo. El material de que se hacen las cosas siempre precede a las cosas.
El que tiene fe en un Dios creador tiene que presuponer que Dios no actúa ni como la naturaleza ni como el hombre, pues entonces habría algo, la materia de que se hacen las cosas, que no sería creada por Él. La materia tiene que ser también obra suya. No debe admitir, por otro lado, que al darse el acto creador se produce un cambio en el ser creado, porque, dado que todo cambio exige un sujeto, habría algo que precede al cambio mismo, lo cual negaría lo que acaba de decirse.

La causa universal

En el Liber de causis se dice que, de las cosas creadas, la primera es el ser, lo que ha de entenderse como que lo que se crea no es tal o tal otro ser, sino el hecho de que sea (V. Aquino, T., Summa theologica, q. 44, art. 5). Es necesario comprender que en esta noción el Aquinatense va más allá de lo que fueron los antiguos filósofos, incluyendo a Platón y Aristóteles. En la q. 44, art. 2, de la Summa theologica hace un breve recorrido por el camino seguido hasta llegar a la verdad de estas cosas.
En un primer momento, dice los antiguos no admitieron otros seres que los sensibles y corporales y a partir de esa convicción unos veían el movimiento y el cambio como aumento o disminución en la densidad, otros como la acción de la amistad y la discordia, etc. Todos pensaban que lo principal de los cuerpos, algo en lo que todos ellos deben consistir en realidad, es eterno y en ello cifraban la naturaleza de todo.

Los seres contingentes

Para que la fe cristiana en la creación del mundo pueda ser verdadera se requiere que los objetos que componen el mundo tengan una consistencia ontológica tal que puedan ser producidos sin contar con un material preexistente y también aniquilados sin convertirse en otra cosa. La primera opción no parece que esté al alcance de ningún ser natural, pues todo lo que se hace se hace a partir de algo. Eso al menos dicta nuestra experiencia. La segunda tampoco, pues lo que se destruye deja de existir en su forma actual, pero los elementos de que está compuesto quedan disponibles para formar parte de otra cosa. Que nada nace de la nada y que nada desaparece en ella ha sido siempre para muchos filósofos un principio inconmovible de filosofía natural. Un hombre que muere deja de existir como tal hombre, pero el material de su organismo entra en otras combinaciones de la naturaleza. Un hombre que nace se construye con piezas aportadas por sus progenitores, a las que se van adhiriendo otras en el curso de su vida posterior. Y entre la cuna y la tumba no sucede nada que no sea idéntico hasta cierto punto -hasta el mantenimiento de la estructura del organismo- a lo que se da en ambos extremos, pues el cuerpo está sin cesar adquiriendo unas sustancias de su medio y desprendiéndose de otras.
El fundador de la escuela de Elea, Jenófanes de Colofón, expresó este principio del modo más conciso que quepa imaginar. Nada, dijo, se produce y nada deja de existir: si algo nuevo se hiciera, se haría de algo o de nada, pero lo segundo no es posible, pues de nada no se hace algo, y lo primero tampoco, porque entonces ya habría algo antes de hacerse. (V. Fernández Rueda, E., y Giménez Pérez, F., Historia de la filosofía y de la ciencia, Editorial Penta, La Coruña, 2003, página 17)

Esencia y existencia

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El ojo humano

La visión de un objeto comienza con alguna corriente de luz visible que atraviesa la córnea transparente, pasa después por la pupila, el diafragma del ojo, que puede abrirse o cerrarse mecánicamente por la acción de la propia luz, y, por último, atraviesa el cristalino, una estructura elástica capaz de abombarse o aplanarse, para caer finalmente sobre la retina, donde se hallan unos ciento cincuenta millones de células específicas capaces de reaccionar a los estímulos luminosos.

Esclava de la teología

Decir que la filosofía debe ser esclava de la teología es decir que el raciocinio debe estar supeditado a las verdades de la fe, pero no se entiende cómo podría suceder una cosa así. No obstante, ese apotegma no ha sido nunca una doctrina extendida y aceptada por los teólogos mismos. El aforismo apareció por primera vez en el siglo XI cuando Roscelino, llevado por su doctrina de que los universales no tienen realidad alguna, sino que son meros soplos (flatus vocis), pareció a algunos que caía en el error triteísta porque habría afirmado que las tres Personas de la Santísima Trinidad son en realidad tres dioses, debido a que todo ser existente o bien es un individuo o bien es nada. El aquel tiempo el cetro de la filosofía estaba en manos de los que a sí mismos se llamaban dialécticos, unos filósofos cuya razón, según decía san Anselmo, se halla tan embargada por la imaginación que no son capaces de contemplar seres inteligibles. Uno de aquellos “herejes dialécticos”, era Roscelino, que decía, por ejemplo, que la idea de que un todo consta de partes no tiene sentido, porque la realidad se compone solo de cosas individuales. Lo cual no es en verdad algo indefendible si lo que quería decir es que la idea del todo es un concepto que se halla en la mente y que en la realidad solo hay seres particulares. Pero no es fácil dilucidarlo, pues las doctrinas de Roscelino se conocen hoy por referencias de otros autores. Lo que sí se sabe es que aquellos sofistas, o dialécticos peripatéticos, viajaban de un centro de estudios a otro alardeando de juegos florales silogísticos y faltando a la autoridad en cuanto se les presentaba la ocasión. Más de uno se burló incluso del principio de contradicción. Sus alardes no habrían pasado de ser molestos y desde luego habrían sido inofensivos si se hubieran limitado a la dialéctica y no hubieran hecho alguna que otra incursión en el terreno de la teología. Entre ellos se contaban Anselmo el Peripatético de Parma y Berangario de Tours. Este último mantuvo que los accidentes no pueden darse sin la sustancia y que por ello la transustanciación que se opera en la Santa Misa no puede tener lugar. San Pedro Damián, molesto por estas transgresiones, declaró, no sin razón, que la dialéctica era un entretenimiento vano de gente ociosa y superficial, un saber superfluo. Otloh de St. Emmeran se quejó también de que algunos creían más en Boecio que en la Biblia. Pedro Damián, aunque en sus escritos y sermones tenía que hacer uso de la dialéctica, veía que ésta estaba más pendiente de las cosas mundanas que de la salvación del alma. Por eso sentía que su utilidad tiene que ser subsidiaria, no solo porque la fuerza de los dogmas procede de una fuente superior, sino porque los mismos principios supremos de la razón tienen muy escaso valor y pueden carecer de toda utilidad en teología. Eso le llevó a caer en contradicción, como al decir que Dios puede hacer que un hecho del pasado no haya sucedido. Incluso pensó que si una verdad de fe es contraria al principio de contradicción, tanto peor para ese principio. La razón, la filosofía, concluyó, tienen que ser velut ancilla dominae (como una esclava para su señora) La idea fue también utilizada por Gerardo de Czanad, en Hungría, donde fue obispo. Gerardo puso la sabiduría de los apóstoles sobre la de los filósofos y dio lugar a la forma definitiva del tópico al declarar que la segunda tiene que ser ancilla theologiae (esclava de la teología) Pero la idea no pasó de ser una convicción de un muy reducido grupo de teólogos, de individuos que apreciaban en poco el saber humano, pese a lo cual tenían que valerse de la dialéctica. Y, pese a todo cuanto se ha dicho, no es compatible con el sistema filosófico de Santo Tomás. En realidad, la síntesis tomista, así como otras grandes filosofías de los siglos siguientes, fueron herederas de las actividades de los dialécticos del XI y no de las tendencias místicas de hombres como san Pedro Damián y Gerardo de Czanard. (V. Copleston, F., Historia de la filosofía, 2. De san Agustín a Escoto, páginas 118-123)

Derechos

Ayer volví al mismo local. A los pocos instantes de servirme el café y disponerme a leer el periódico llegaron los dos personajes del día anterior, se sentaron a la mesa contigua y reanudaron su conversación más o menos en los siguientes términos:
-Como te decía, no existen hombres y mujeres, padres y madres, esposos y esposas. Tampoco existen razas, que son un derivado del esclavismo americano y europeo. Todo es producto del ambiente social e histórico. Si quitas esto lo que queda es vida humana pura y sencilla, vida humana como un continuo indistinguible que no admite diferenciaciones internas. ¿Lo comprendes?

Evolucionismo

[caption id="attachment_985" align="alignleft" width="193" caption="El árbol de la vida, según Haeckel"][/caption]Se dice que Darwin rogaba al cielo que le protegiera de las disparatadas ideas de Lamarck y su tendencia al progreso. Es seguro que el cielo atendió su súplica al principio de su estudio de las especies vivas, pues su teoría de la selección natural es ajena a la idea del mejoramiento de los seres vivos y deja el transcurso de éstos al azar. Pero, sea porque Darwin no perseveró en sus oraciones, sea porque sus seguidores no pidieron lo mismo que él, lo cierto es que el evolucionismo se entendió casi de inmediato como una tendencia a lo mejor.
Así lo entendió Carlos Marx, que estaba más cerca de Lamarck que de Darwin, lo que le hizo un digno antecesor de los biólogos lysenkianos de la Unión Soviética. Saludó el darwinismo como la explicación definitiva de la marcha de las especies vivas y creyó poderlo integrar en su propia explicación de la marcha de la historia humana, con lo que ésta se convertía en una continuación de la naturaleza. Engels se aplicó a la tarea en su Dialéctica de la naturaleza, una obra en que las ideas de Hegel, Darwin, Marx y otras del momento formaron un extraño conjunto digno de Babel. Otros vendrían más tarde a continuar la senda iniciada por ellos: Lenin tratando de aprovechar las indagaciones de Pavlov para la doctrina bolchevique, Stalin haciendo lo propio con las de Michurin, Oparin esforzándose en ver cómo nace la vida de la materia inerte, etc.

Adán y el diablo

En un hermoso libro de Germán Sánchez Espeso, de título Paraíso, se menciona el primer encuentro entre Adán y el diablo. Yo me permito rememorarlo de la siguiente manera:
Recién creado por Dios, todavía fresco, pero en plena posesión de una capacidad mental poco común -era por aquel entonces el hombre más inteligente del planeta-, Adán sentía una curiosidad insaciable hacia todo lo que le rodeaba. La verdad es que tenía muchas cosas que aprender y poco tiempo para ello: Dios lo había creado con 30 años, así que tenía que darse prisa.

La inexistencia de la lógica

He aquí una extraña afirmación de Wittgenstein hallada en Deaño, A., Introducción a la lógica formal, 2ª ed., Alianza Editorial, Madrid, 1980:
"Si de la inexistencia del mundo no se siguiera la inexistencia de la lógica, entonces la inexistencia de ésta se seguiría de la existencia de aquél".

Sofistas

Protágoras, que había acordado con Euatlo no cobrarle las clases hasta que ganara su primer juicio, lo llevó a los tribunales porque pasaba el tiempo y éste no se decidía a emprender ningún pleito. Así argumento el maestro:
-Si ganas el juicio, tendrás que pagarme, pues es lo acordado; también si lo pierdes, pues los jueces te obligarán a ello.

La idea de Dios-amor

De nuevo debe recordarse a Aristóteles y su noción del alma. El hombre, dice el filósofo, es un animal como otros. Por eso tiene alma sensible. Es también un vegetal. Por eso se alimenta, crece, etc. Como planta y como animal tiene el fin de producir seres iguales para que la especie permanezca. Pero hay una diferencia entre ambos: el animal tiene sensibilidad, y, habiendo por fuerza dolor y placer donde hay sensibilidad, forzoso es que haya también deseo, pues se quiere tener uno y evitar otro (De Anima 1, 2, 8–9.) Esto es la voluntad.
Luego en el hombre no hay solo sensibilidad para sentir y razón para discurrir. Hay también hay voluntad para querer, para creer y para ser libre. Lo cual, dicho sea de paso, tiene relación directa con la moralidad, pues un hombre es moralmente bueno cuando ajusta su voluntad a la ley moral. No es lo que hacemos lo que nos hace buenos, sino lo que queremos cuando hacemos algo.

Dios y Alá

La idea de Dios como razón empieza a perfilarse en Jenófanes, uno de los primeros en demoler el panteón griego, continuó en Platón, que pensó acertadamente que la existencia del dios único no podía revelarse a las gentes so pena de destruir los cimientos de la pólis, y culminó en Aristóteles.
Según esta idea, Dios no está por encima de la razón, pues él mismo es razón. En esto hay una neta diferencia con el islam, pese a los esfuerzos de algunos filósofos, como Averrores (1126-1198), que fue condenado a prisión en Lucena y Marrakesh por causa de su sistema filosófico y teológico después de quemar sus libros en Córdoba. En el islam triunfó la idea que pone a Dios por encima del hombre, de su razón, su voluntad y su acción, por encima de todo.

Dios

¿En qué piensa el Papa cuando habla de Dios? ¿Qué clase de ser es Dios?
El ateo dirá tal vez que no tiene por qué preguntarse una cosa semejante, pero está en un error. Justamente por ser ateo tiene que saber qué es lo que niega. Si yo digo que no existen los gamusinos es porque sé qué es un gamusino: un animal imaginario que se utiliza en muchos pueblos de España para gastar bromas a niños y cazadores novatos. El ateo tendría que ser el primero en saber qué es lo que él dice que no existe, pues en caso contrario estaría corriendo el riesgo de no negar nada.