He visto en la red varios textos de Ayn Rand sobre el expolio de los impuestos, pero ninguno como el siguiente, que versa sobre la maldad humana. Se trata de algo que muy pocos esperarían, pues hay socialistas en todos los partidos, como dijo Hayek. Se trata de un pasaje en que Dagny, una empresaria animosa y valiente, se encuentra con Ivy Starnes, una rica heredera que junto con su hermano había emprendido un experimento socialista. La novela de Rand, La rebelión de Atlas, presenta a esta última “sentada sobre un almohadón, igual que un Buda panzón”, quejándose de la avaricia humana, que ha arruinado su noble propósito de favorecer a los desheredados de la fortuna aprovechando las habilidades de los más capacidades. Se trata del lema del socialismo del siglo XIX, presente en Proudhon, Marx, etc.: “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. Así expone el Buda panzón el fracaso de este noble propósito:
-No me es posible contestar sus preguntas, jovencita. ¿El laboratorio de investigación? ¿Los ingenieros? ¿Por qué debería recordar todo eso? Era mi padre quien se encargaba de esas cosas, no yo; pero mi padre era un malvado que no se preocupó de nada, excepto de sus negocios. No tuvo tiempo para el amor; sólo para el dinero. Mis hermanos y yo vivíamos en un plano diferente. Nuestro propósito no era producir beneficios, sino hacer el bien. Hace once años elaboramos un novedoso e importante plan, pero fuimos derrotados por la codicia, el egoísmo y la bajeza animal de las personas. Era el eterno conflicto entre espíritu y materia; entre alma y cuerpo. No quisieron renunciar a sus cuerpos, que era todo lo que queríamos de ellos. No me acuerdo de ninguna de esas personas, ni me importa. ¿Los ingenieros? Creo que fueron ellos los que provocaron la hemofilia. Sí, digo bien, la hemofilia, esa paulatina hemorragia, esa pérdida de jugo vital imposible de detener. Fueron los primeros en huir, desertaron unos tras otro. ¿Nuestro plan? Pusimos en práctica el noble precepto histórico: de los más capaces a los más necesitados. Todos los trabajadores de la fábrica, desde el personal de limpieza hasta el presidente, recibían el mismo salario, el mínimo que cubriera sus necesidades diarias. Dos veces al año nos reuníamos en asamblea, y cada uno de nosotros presentaba sus reclamos. El voto de la mayoría determinaba las necesidades y las capacidades de cada uno, y las utilidades de la fábrica eran distribuidas según esa modalidad. Las recompensas se basaban en la necesidad, y los castigos, en la habilidad. Quienes, según la votación, tenían mayores necesidades, recibían las cantidades más elevadas, y quienes no habían producido lo señalado por nuestras normas, eran obligados a pagar una multa, trabajando horas extra. Tal fue nuestro plan, basado en el principio del altruismo; requería hombres que actuaran no por la ambición de beneficios, sino por amor a sus hermanos.