El aprendiz
Contra lo que suele pensarse, la transición solamente duró el tiempo transcurrido entre la muerte de Franco y la promulgación de la Constitución, una verdadera Carta Otorgada por las oligarquías políticas que se repartieron el poder del déspota. En aquellos años hubo quienes se inclinaban por la ruptura del régimen anterior, pero fueron silenciados invocando el peligro de un nuevo enfrentamiento. Ellos no buscaban la destrucción de la nación española, sino la restitución de las libertades políticas. Pero las oligarquías partidarias entonces en ciernes se pusieron de acuerdo entre sí y tomaron el camino del continuismo, que se resuelve actualmente en una falta de libertades políticas no muy diferente de la anterior. Este es el resultado del tan cacareado consenso, que ha manifestado abiertamente estos años su inclinación al despotismo y su odio a España.
El gobierno del PSOE es la vanguardia. No ha habido disidentes en el interior del partido mientras han mantenido el gobierno. La disidencia no pasó de anecdótica y habría que preguntarse si los dos o tres revoltosos que surgieron no contribuyeron más bien a que el resto apretara las filas. Sea como fuere, lo cierto es que todos sus miembros estuvieron apiñados alrededor de un hombre limitado cuya única idea política (mejor: antipolítica) era la paz, la paz infinita. La paz fue el tema central de la propaganda soviética, cuya finalidad era producir el miedo y la cobardía para así adormecer a Occidente. En manos de Zapatero era más consigna que idea, pues la repetía a cada paso para que calara. Este individuo se ha comportado como Edipo, que a cualquier cosa que se le preguntara respondía siempre lo mismo: “Es el hombre”. Así era inevitable que acertara alguna vez.