
El ecologista sería un ser entrañable y cálido, por ingenuo, si no fuera tan peligroso. Tiene el ecologista una visión beatífica de la naturaleza. Es para él tan perfecta y pura que no debe cambiar lo más mínimo. Hay que dejarla sola en su desenvolvimiento, que la lleva a la perfección. Nada puede completarla. Reside en su plenitud divina y solo cabe guardarle respeto, sumisión, admiración y tal vez adoración. El ecologista es un hombre muy piadoso. Cuando se va al extremo, sobre todo si se declara ateo, es un hombre muy religioso. Adora una única divinidad, la naturaleza, de la que, como buen creyente, no sabe nada.