
Veinte o treinta gigantes desaforados vio de pronto don Quijote sobre una colina cuando deambulaba por la extensa llanada. Los brazos de algunos alcanzaban las dos leguas, le dijo a su escudero Sancho, el cual, aun creyendo en la existencia de los gigantes, le hizo saber a su amo que él estaba seguro de que aquéllos no lo eran.
Razones no faltaban al buen hidalgo para sentir pasmo ante lo que veía, porque ni en La Mancha ni en ningún otro lugar de España había habido antes molinos de viento. Muchos siguen creyendo que siempre estuvieron ahí, girando sus aspas para moler el grano. Pero no. Años antes de echarse a los caminos con sus arreos de caballero andante, Alonso Quijano el Bueno pasó por El Campo de Criptana en dirección a El Toboso, donde había conocido a Dulcinea, y allí no había molinos de viento.