
La sucesión en el poder es uno de los más graves problemas que tienen todos los sistemas políticos. Ha recibido el nombre de morbo gótico por causa de la ausencia de reglas sucesorias aceptadas entre los nobles godos. De los treinta que accedieron al trono, doce fueron asesinados para ocupar su lugar. Las monarquías aceptadas por la población no suelen padecer este mal. Tampoco las modernas democracias. El poder pasa en éstas de un partido a otro sin violencia. En alguna ocasión, se hace uso de propaganda perversa para demonizar al adversario, como en España el PSOE cuando el PP contaba con todas las posibilidades de ganar unas elecciones, pero no se llega a más, al menos de momento.
En Rusia no ha habido desde hace más de cien años un sistema de normas claro para nombrar al gobernante una vez que cesa el anterior. La revolución de 1917, un cambio de dinastía en realidad que aumentó hasta el límite el dominio sobre la población y ensanchó las fronteras, no produjo normas sucesorias. Como lo suyo era la generación del hombre nuevo, no se preocupó de estas minucias. Ello explica, por ejemplo, que Estalin tardara seis años en afianzar su poder y que tuviera que hacerlo por medio del la violencia.