Propiedad privada

Aunque el marxismo ha fenecido en todas partes, menos en la fraseología de los partidos de izquierda cuando hay elecciones y en los manuales de filosofía e historia del Bachillerato, el éxito del vocabulario que introdujo en el lenguaje común sigue vigente.
El vocablo “proletario”, por ejemplo, que evoca una clase social que nunca existió en la realidad, compuesta de individuos despojados de sus bienes y reducidos a la única función de tener prole, señala uno de los triunfos de su propaganda.

Constitución política

Una muchedumbre cualquiera no es una comunidad de ciudadanos. Tampoco un clan, una tribu, una nación étnica o cualquier otro agregado humano que reclame un progenitor común, sea real o ficticio. Una comunidad de ciudadanos, una nación política, no se identifica siquiera con el territorio que habitan sus miembros, sino con la continuidad en el tiempo otorgada por la seguridad de formar parte de un conjunto al que pertenecen por igual los hombres del presente, los que ya murieron y los que habrán de nacer más tarde. Todos ellos contribuyen en una medida u otra a la construcción de un todo que consta de artes, ciencias, derecho, religión y moralidad. La participación en esta obra y el disfrute de la misma es lo que hace que un hombre sea ciudadano y tenga la oportunidad de ser un hombre completo y realizado.
El hecho de que esta obra, en la que consiste verdaderamente la nación política, haya existido durante muchos siglos bajo diferentes gobiernos es una prueba suficiente de su vigor. Esto solo debería bastar para comprender que no puede haber brotado de una decisión ocasional, por más multitudinaria que haya podido ser, y que no pertenece al orden de lo artificial, sino al de lo natural, pues hunde sus raíces en la naturaleza propia de las cosas humanas. Ahí reside su orden propio. Esto es la constitución natural.

Partidos políticos

Cuatro son las fases por las que han pasado los partidos políticos desde hace unos ciento cincuenta años. Las cuatro pueden darse juntas, pero en cada ocasión predomina alguna de ellas.
La primera se caracteriza por la presencia de cuadros dirigentes formados por un pequeño grupo de jefes de partido que disponen de una bancada parlamentaria sumisa. Los militantes apenas cuenta, pues no son ellos, sino el erario público, quien financia al partido.

La venganza

Hablan de venganza y no saben lo que dicen. Más les valdría callar. Ese nombre le viene bien a lo que se llamó “venganza catalana”: el asesinato de Roger de Flor y de cien de sus almogávares de la Gran Compañía Catalana el cinco de abril de 1305 a manos de Miguel IX desencadenó un feroz ataque contra los bizantinos y el saqueo de toda Grecia a los gritos de “Aragó, Aragó”.
Grandes debieron ser la mortandad y las calamidades infligidas por los almogávares para que todavía hoy persista en algunos países balcánicos un monstruo imaginario sediento de sangre llamado Katalan y para que cuando un griego maldice a otro haga uso de un proverbio de su lengua: “así te alcance la venganza de los catalanes”.

Terrorismo etarra

El año 2002 la Conferencia Episcopal Española publicó una Instrucción Pastoral en que daba una valoración moral del terrorismo de ETA. En ella se argumentaba que la maldad del terrorismo es en sí mayor y más profunda que sus propios actos criminales, pese a ser éstos horrendos. Lo peor, pues, no es lo que hace el etarra, aun siendo horrible. Lo peor es el hecho de ser etarra, terrorista.

ETA: el miedo y el odio

// < ![CDATA[ (function(i,s,o,g,r,a,m){i['GoogleAnalyticsObject']=r;i[r]=i[r]||function(){ (i[r].q=i[r].q||[]).push(arguments)},i[r].l=1*new Date();a=s.createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','//www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-25183444-1', 'auto'); ga('send', 'pageview'); // ]]>El terrorismo no es solo un conjunto de actos criminales y una banda de individuos que los cometen. Significa también la perversión de la sociedad en que germina esta mala hierba. Inocula en sus miembros el miedo a convertirse en víctimas y con el miedo llega la cobardía y la aceptación resignada e incluso complaciente del terror. También su justificación. “Por algo habrá sido”, se decía con frecuencia ante un asesinato de un guardia civil o de un policía en los años de plomo de la ETA, cuando había que oficiar el funeral a escondidas y sacar el ataúd por la puerta trasera de la iglesia. Nadie confesará nunca que es un cobarde. Su conciencia se retorcerá hasta presentarle la maldad de modo aceptable y convincente, hasta que la vea como un bien o, cuando menos, como un mal necesario.

Etarras y mediadores

// < ![CDATA[ (function(i,s,o,g,r,a,m){i['GoogleAnalyticsObject']=r;i[r]=i[r]||function(){ (i[r].q=i[r].q||[]).push(arguments)},i[r].l=1*new Date();a=s.createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','//www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-25183444-1', 'auto'); ga('send', 'pageview'); // ]]>En el artículo 1, 2 de la Convención de Ginebra por la Prevención y la Represión del terrorismo de 16 de noviembre de 1937 y en la Declaración de la ONU del 18 de diciembre de 1972 se entiende por actos de terrorismo los “hechos criminales dirigidos contra un Estado con el objetivo o naturaleza de provocar el terror contra personalidades determinadas, grupo de personas o en el público». Tales hechos deben ser perseguidos incluso en los conflictos armados, guerras o actos de guerrilla de los que se distingue el terrorismo. La guerra o la guerrilla pueden ser justificables en alguna ocasión por causa de legítima defensa, pero nunca el terrorismo, que amenaza a todos y a todos declara culpables de aquello por lo que dice luchar.

El etarra

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La corrupción política

El 13 de junio de 1918 dio Max Weber una conferencia sobre el significado del socialismo al círculo de oficiales del real e imperial ejército de Austria-Hungría. En ella desgranó las siguientes palabras sobre las preferencias políticas de un americano medio:
Sobre esto he hablado muchas veces con obreros americanos. El verdadero obrero americano yanqui ocupa un nivel muy alto en la escala de salarios y de capacitación. El salario de un obrero americano supera el de más de un profesor supernumerario de universidad. Son personas que han asimilado por completo las formas de la sociedad burguesa, que se presentan en público con chistera y acompañados de sus esposas —que quizá no tienen tantos modales o tanta elegancia como una «lady», pero que, por lo demás, se comportan exactamente igual que ella —, mientras que los emigrantes venidos de Europa fluyen hacia las capas inferiores de la sociedad. Cuando se me presentaba la ocasión de hablar con alguno de tales obreros yo solía decirle: no comprendo cómo os dejáis gobernar por la gente que os han puesto en esos cargos, pues como del sueldo que cobran tienen que entregar una parte en concepto de cuota al partido, y, como al cabo de cuatro años han de abandonar su cargo sin derecho a pensión, es lógico que procuren sacarle todo el jugo posible: ¿cómo, pues, os dejáis gobernar por ese grupo corrompido que os roba a ojos vistas centenares de millones? La respuesta típica que se me solía dar, y que con el permiso de ustedes quiero repetir ahora literalmente en toda su crudeza, era ésta: «Da lo mismo. Hay bastante dinero para ser robado y siempre quedará algo de sobra para que otros puedan ganar su parte —también nosotros —. Nosotros escupimos a esos professionals, a ecos funcionarios; los despreciamos. Pero si ocupara los cargos una clase con estudios y títulos, como ocurre entre vosotros, serían ellos entonces los que nos escupirían a nosotros.»

Democracia directa, democracia representativa

Democracia directa
Dado que en la democracia ateniense el voto de cada ciudadano tenía el mismo valor que el de cualquier otro, la igualdad era, junto a la libertad, un rasgo característico del sistema. Un hombre de aquella época sabía bien que lo que definía su organización política era la isonomía, la igualdad ante la ley, y la isegoría, la igualdad de derechos para expresar públicamente la opinión propia. Los atenienses creían profundamente en el imperio de la ley, pese a la frecuente acusación de que a veces fueron objeto por sus enemigos, a saber, que se saltaban sus propias leyes mediante psephísmata, decretos aprobados según las circunstancias para fines particulares. También sabía que otro rasgo que definía su democracia era que todo individuo que hubiera ejercido cualquier poder estaba sometido a la euthyna, esto es, a la investigación de sus actuaciones y a la rendición de cuentas. La euthyna era aplicada a todos los funcionarios al final de su mandato, que normalmente duraba un año.

Procul a Iove, procul a fulmine

 Es casi inevitable en nuestro tiempo que los individuos que se dedican a la política vivan también de ella. Esto no quiere decir que sean más egoístas que los de otros tiempos. Es seguro que nunca ha existido un grupo humano que no haya hecho uso del poder político para beneficiar su situación económica. Que lo haya hecho de manera directa o indirecta es irrelevante.
Las camarillas de consejeros que rodeaban al rey en el Antiguo Régimen recibían a veces el nombre de partidos, pero eran algo muy distinto de lo que ahora se nombra con ese vocablo, porque eran muy reducidas y no necesitaban seguidores fuera de la corte. ¿Con qué motivo habrían de buscar Floridablanca, Aranda o Jovellanos el apoyo popular en un tiempo en que el pueblo llano no tenía ninguna posibilidad de intervenir en política? Los jefes de esas camarillas son vistos hoy por algunos como personalidades altruistas y patrióticas. Es indudable que en algunos casos así fue. Pero lo cierto es que también ellos procuraban que el agua de la economía corriera hacia su molino. Al menos procuraban la seguridad en la salvaguarda de su fortuna, ya que ésta era muchas veces suficiente como para no tener que vivir de su actividad política.

El dilema del funcionario de partido

 Un funcionario de partido dirá que sus objetivos son políticos. Un funcionario independiente que los suyos son su profesión. Los del primero se sitúan, pues, más allá de su actividad diaria. Los del segundo en su propia actividad. Pero ambos tienen que vivir de lo mismo, de la administración del Estado.
No es fácil establecer una separación rígida entre ambas actividades. El que se aprovecha del puesto que ejerce por una finalidad política podrá decir seguramente con verdad que tiene la conciencia tranquila, pues ha puesto su capacidad al servicio de algo importante, el programa de su partido, y se creerá con derecho a exigir que el “ministro del altar viva del altar”.

Clases de funcionarios

 Los cambios que han tenido lugar en la posesión y administración del poder han transformado la actividad política en una empresa. Los que se dedican a ella deben conocer y manejar a conveniencia los métodos que conducen a la conquista del poder, métodos tales como la presentación adecuada de imágenes en televisión, la desacreditación del adversario, la utilización de fraseología apta para ser utilizada en cualquier ocasión, etc. Esa es su especialización.
Esto condujo a su vez al fraccionamiento de los funcionarios del Estado en dos clases que deberían ser diferentes pero que en muchas ocasiones se confunden. Una clase es la de los funcionarios de profesión y otra los funcionarios de partido. Estos últimos no necesitan capacitación alguna, al menos en España, donde se está dando el caso de que dicha capacitación se mide muchas veces por los cargos que ha desempeñado, como si la valía de alguien procediera del puesto y no fuera un requisito previo para desempeñarlo. En otros países no sucede así. Por otro lado, estos funcionarios no son fijos ni vitalicios y pueden ser colocados en diferentes puestos, según el criterio del jefe de filas. Pueden ser también destituidos en cualquier momento si el trabajo que desempeñan no satisface a dicho jefe.