// < ![CDATA[ (function(i,s,o,g,r,a,m){i['GoogleAnalyticsObject']=r;i[r]=i[r]||function(){ (i[r].q=i[r].q||[]).push(arguments)},i[r].l=1*new Date();a=s.createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','//www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-25183444-1', 'auto'); ga('send', 'pageview'); // ]]>El terrorismo no es solo un conjunto de actos criminales y una banda de individuos que los cometen. Significa también la perversión de la sociedad en que germina esta mala hierba. Inocula en sus miembros el miedo a convertirse en víctimas y con el miedo llega la cobardía y la aceptación resignada e incluso complaciente del terror. También su justificación. “Por algo habrá sido”, se decía con frecuencia ante un asesinato de un guardia civil o de un policía en los años de plomo de la ETA, cuando había que oficiar el funeral a escondidas y sacar el ataúd por la puerta trasera de la iglesia. Nadie confesará nunca que es un cobarde. Su conciencia se retorcerá hasta presentarle la maldad de modo aceptable y convincente, hasta que la vea como un bien o, cuando menos, como un mal necesario.