El retórico y la ciudad desarmada

Decía Dodds que el Gorgias es el más moderno de los diálogos platónicos, porque allí laten dos heridas que aún supuran: cómo contener el poder de la propaganda en la democracia y cómo restituir un criterio moral cuando las antiguas normas han perdido su fuerza. Platón imaginó un combate entre Sócrates y los maestros del discurso; nosotros asistimos cada día a su reedición bajo luces electrónicas.

La escena es conocida. En el ágora antigua hablaba el sofista; en la plaza contemporánea habla el estratega de comunicación. Cambian los instrumentos, no la tentación. Entonces como ahora, la palabra descubre su ambigüedad: puede ser puente hacia la verdad o velo que la encubra. Y cuando el velo se vuelve más rentable que el puente, la ciudad comienza a desarmarse por dentro.

Se ha producido entre nosotros un desplazamiento casi imperceptible, pero decisivo. Allí donde el gobierno era concebido como prudente ordenación del bien común, sometida a la resistencia áspera de la realidad, emerge una práctica distinta, más aérea y más teatral. La acción, que antes buscaba transformar la vida concreta, cede su primacía a la gestión del relato. No importa tanto lo que se hace, ni siquiera lo que se omite, sino la historia que logra imponerse sobre ello.

El gobernante contemporáneo ha aprendido una lección inquietante: el daño material puede tolerarse si la narración permanece intacta. Las necesidades reales, con su densidad ingrata y su negativa a simplificarse, resultan menos peligrosas que una grieta en el discurso. La política deja de medirse por sus efectos y comienza a juzgarse por su capacidad de agitación simbólica, como si administrar palabras bastara para gobernar hombres.

No estamos ante un simple exceso retórico ni ante una degeneración anecdótica de las costumbres públicas. Se trata de una mutación en la lógica misma de la acción política. Tradicionalmente, el poder se legitimaba por decisiones contrastadas con la realidad y evaluadas por sus consecuencias verificables. Hoy la eficacia parece consistir en fijar un marco interpretativo favorable. El relato ya no acompaña a la acción, sino que la sustituye. La política opera menos sobre las cosas que sobre su representación.

Este giro no es inocente. Cuando el poder privilegia la agitación simbólica permanente, ese agit-prop que ya no es episodio, sino clima, se libera de la obligación de responder a la complejidad de la vida común. La pobreza, la precariedad institucional, el deterioro de los servicios, la descomposición del tejido social, no desaparecen; puden incluso empeorar; sea como sea, se subordinan a la coherencia del mensaje. Lo decisivo no es resolver, sino narrar de modo que la persistencia del problema no altere el equilibrio simbólico que sostiene al gobierno.

De ahí nace la paradoja amarga de nuestro tiempo: la política puede fracasar materialmente sin pagar un precio inmediato, siempre que el relato absorba el fracaso, lo redistribuya en antagonismos oportunos o lo diluya en consignas. El discurso actúa como amortiguador moral. La responsabilidad se disuelve en una cadena de explicaciones. El ciudadano deja de ser sujeto que padece consecuencias y se convierte en receptor de estímulos cuya reacción se busca modular.

El efecto más corrosivo de esta primacía narrativa es, sin embargo, otro. El bien común se vacía. Permanece como fórmula solemne, útil para legitimar decisiones ya tomadas o para encubrir la ausencia de decisiones significativas. No se gobierna para alcanzar un bien reconocible, sino para sostener una historia de legitimidad capaz de sobrevivir incluso al empeoramiento objetivo de las condiciones sociales. El bien común se convierte en palabra decorativa, no en principio operativo.

Gobernar empieza a parecerse a mantener una escenografía estable. Los conflictos se dramatizan sin resolverse; las promesas se reformulan sin cumplirse; la vida cotidiana, con su gravedad silenciosa, queda relegada a ruido de fondo. La ciudad escucha discursos mientras sus cimientos crujen.

Platón sospechaba que cuando la retórica se emancipa de la verdad, la democracia corre el riesgo de convertirse en teatro. Nuestra experiencia añade algo más: cuando la política se refugia en el relato, termina por olvidar que su razón de ser no es persuadir, sino ordenar con justicia la convivencia de hombres reales. Hombres que no viven de metáforas, sino de pan, de trabajo, de instituciones firmes, de principios morales y religiosos comunes y de palabras que correspondan a las cosas.

La tarea más urgente no es inventar un nuevo relato, sino restaurar una jerarquía. Que la palabra vuelva a rendir cuentas ante la realidad, que la acción recupere su primacía sobre la escenografía y que el bien común deje de ser consigna para persuadir y vuelva a ser criterio para actuar en la vida pública. Sin esa restitución, la ciudad seguirá llena de discursos emotivos, destellos brillantes y ciudadanos desatendidos, como un teatro iluminado en el que nadie recuerda ya por qué se encendieron las luces.