La segunda iluminación que la angelología tomista proyecta sobre el ser corporal del hombre parte de una pregunta que, a primera vista, parece pertenecer a la física o a la geometría, pero que encierra una dimensión metafísica de primer orden: ¿puede un ser desplazarse de un extremo a otro sin pasar por los puntos intermedios? La respuesta diferenciada que Tomás de Aquino ofrece para el cuerpo y para el ángel permite comprender, por contraste, el hecho de que toda vida corporal está obligada a atravesar el camino que separa el punto de partida del punto de llegada, una de las condiciones más profundas de la existencia humana, pese a su aparente simpleza.
El punto de partida es una argumentación de la Suma teológica acerca del movimiento local del ángel. Tomás de Aquino se pregunta si el ángel, al trasladarse de un lugar a otro, está obligado a recorrer los puntos intermedios del trayecto. Su respuesta es que esta obligación pertenece esencialmente al ser corporal, pero no al ser angélico. Lo expresa con una fórmula cuya precisión merece conservarse:
“Pasar de un extremo a otro y no por el medio, es algo que no le puede corresponder al cuerpo, pero sí al ángel, porque el cuerpo está contenido y delimitado por el lugar, y, así, es necesario que, al moverse, esté sometido a las leyes de dicho lugar. En cambio, la sustancia del ángel no está sometida a un lugar como contenido, sino que es superior a él como continente. Por eso es dueño de aplicarse al lugar del modo que prefiera, bien sea pasando por el medio o bien sin pasar”.
La distinción es metafísica antes que física. El cuerpo está contenido por el lugar. Habita el espacio como el agua habita un cauce o como un viajero ocupa un compartimento de tren. El lugar lo rodea, lo delimita y le impone condiciones. No puede abandonar una estación y aparecer en otra sin atravesar la distancia que las separa. Está obligado a recorrer el mapa.
El ángel, en cambio, no se encuentra encerrado dentro del espacio de ese modo. Su relación con el lugar es distinta. No está contenido por él, sino que se aplica a él. El espacio no lo envuelve como una habitación envuelve a quien se encuentra dentro de ella. Más bien se asemeja a una página sobre la que una inteligencia puede posar la mirada donde quiera. Puede elegir recorrer los intermedios o no hacerlo. Puede pasar de un lugar a otro mediante una sucesión continua o comparecer en el punto de llegada sin haber transitado los puntos medios. Esa libertad le corresponde porque su ser no está sujeto a la materia ni delimitado por la extensión.
Para hacer inteligible esta diferencia, Tomás recurre implícitamente a una experiencia que todos conocemos. Basta pensar sucesivamente en Cádiz y en Sevilla. Entre ambas ciudades se encuentra Jerez, pero nuestra mente no necesita detenerse en ella para pasar de la una a la otra. El pensamiento salta, recorre continentes en un instante, cruza océanos sin mojarse, puede abandonar una calle soleada de Andalucía y encontrarse inmediatamente bajo la nieve de una ciudad del norte.
Sin embargo, ese privilegio termina donde termina el pensamiento. El hombre que imagina Cádiz y Sevilla sin pasar por Jerez no puede viajar físicamente entre ambas ciudades del mismo modo. Si decide emprender el camino, tendrá que atravesar carreteras, campos, pueblos, kilómetros y horas. La inteligencia vuela, pero el cuerpo camina, el pensamiento salta, pero la materia avanza paso a paso. Ésa es precisamente la constricción que el cuerpo introduce.
Pero esta constricción no debe entenderse únicamente como una limitación. Puede parecerlo cuando la prisa gobierna nuestras acciones y el trayecto se convierte en una molestia. Entonces los puntos intermedios se presentan como una demora, como los minutos que un viajero impaciente mira caer en el reloj de una estación vacía.
Sin embargo, hay situaciones en las que ocurre exactamente lo contrario. Cuando se pasea, el valor no reside en llegar, sino en recorrer. Lo que se busca entonces es precisamente el camino. Una avenida iluminada por la tarde, una calle donde las sombras avanzan lentamente por las fachadas, un sendero entre árboles o una playa recorrida al atardecer no son obstáculos entre dos puntos. Son la experiencia misma de caminar.
Por eso hay que agradecer al cuerpo la posibilidad de pasear.
El ángel no pasea. No necesita demorarse bajo los árboles ni escuchar cómo cambia el sonido de sus propios pasos sobre la piedra. No conoce el placer de recorrer lentamente una ciudad al anochecer ni la felicidad sencilla de caminar sin finalidad urgente. Piensa ir de un lugar a otro y ya está allí. El hombre, en cambio, recibe del cuerpo algo más valioso que la velocidad. Recibe el trayecto.
Una sevillana rociera resume admirablemente esta verdad:
“De Cádiz pa Sevilla yo voy andando
y los pasos que doy los voy contando”.
Los pasos pueden contarse porque existen inevitables para nosotros. Los kilómetros pueden medirse porque han de ser recorridos. Entre el origen y el destino se abre un espacio real que no puede ser abolido. El camino no es una ilusión. Está ahí, como está ahí la distancia entre dos pueblos o la lenta sucesión de estaciones que ve pasar quien mira por la ventanilla de un tren.
De esta necesidad de atravesar los puntos medios se siguen consecuencias inmensas para el conocimiento y para la vida humana. Gracias a ella tienen sentido la velocidad y la aceleración, la cercanía y la lejanía, el antes y el después. Sin ella no existirían la aritmética, la geometría ni la física. Tampoco existirían la conversación, la música, la danza ni el deporte.
La música misma depende de esta condición corporal. Una melodía no puede escucharse de golpe. Debe desplegarse en el tiempo. Cada nota necesita dejar paso a la siguiente. Una sinfonía escuchada instantáneamente dejaría de ser música del mismo modo que un camino recorrido de una sola vez dejaría de ser camino.
Lo mismo sucede con una conversación entre amigos al caer la tarde, con una comida compartida, con una carrera, con un baile o con el crecimiento de un niño. Todo ello requiere duración. Todo ello exige pasar por el medio.
El cuerpo necesita tiempo para hacer cualquier cosa. Vive sometido a la sucesión. No puede saltar de un instante a otro como quien cambia de página sin leer lo escrito entre ambas. Su condición es atravesar el tiempo y el espacio.
Sin embargo, algo semejante a un deseo de existencia angélica ha acompañado a ciertos científicos y filósofos a lo largo de la historia. Y este hecho resulta particularmente revelador.
Durante siglos se pensó que la visión consistía en una especie de efluvio instantáneo que partía del ojo y alcanzaba el objeto sin demora. Más tarde, Newton creyó que la gravitación actuaba también de manera inmediata. Se habló incluso de velocidades infinitas. Era como si la naturaleza misma pudiera comportarse sin distancia efectiva, sin demora ni tránsito, del modo en que se comporta un ángel. Era un tipo angelical de conocimiento.
Pero la historia de la ciencia ha ido corrigiendo progresivamente esas intuiciones. La luz necesita tiempo. También lo necesita la gravedad. Toda influencia física debe atravesar el espacio que la separa de su término. Ninguna puede abolir completamente el camino.
En cierto sentido, la ciencia moderna ha ido descubriendo que el universo es más corporal de lo que muchos imaginaron. Sus fenómenos no aparecen por arte de magia en el punto de llegada. Viajan, recorren distancias, atraviesan el medio.
Ésta es la segunda pincelada acerca de lo que el cuerpo añade al ser humano.
El hombre no puede ir de un extremo a otro sin pasar por los puntos intermedios. No puede hacerlo en el espacio ni, como veremos más adelante, en el conocimiento. Debe recorrer los caminos, atravesar las distancias, dejar que el tiempo haga su trabajo.
No obstante, lo que podría parecer una mera limitación constituye también una de las mayores riquezas de la existencia humana. Gracias a esa necesidad de tránsito existen los paseos, las conversaciones, las melodías, los aprendizajes, los encuentros, las despedidas y las historias. Gracias a ella el mundo no es una colección de puntos aislados, sino una red de caminos.
Esa condición se sigue del hecho fundamental de que somos un cuerpo.