La quinta pincelada sobre el cuerpo como constitutivo del ser humano despliega uno de los rasgos más originales y fecundos de la antropología tomista: la direccionalidad. El cuerpo no es una masa inmóvil ni un recipiente donde el alma hubiera venido a alojarse provisionalmente. Es orientación, impulso y trayectoria. Está hecho de tal manera que siempre apunta hacia algo que no es él mismo.
Que el ser humano esté dirigido hacia el mundo, hacia el tiempo, hacia los demás y hacia el otro sexo no es una propiedad añadida a su corporalidad. Es una consecuencia directa de ella. El cuerpo es, desde su raíz, una flecha.
I. Ser el cuerpo, no tenerlo
El punto de partida es una tesis de Tomás de Aquino que corrige todas las formas de idealismo antropológico.
Con frecuencia se ha pensado que el hombre es esencialmente alma y que el cuerpo constituye apenas una posesión, un instrumento o un vehículo. Según esta imagen, el alma habitaría el cuerpo como un viajero ocupa una habitación de hotel durante una noche antes de continuar su camino.
Tomás rechaza radicalmente esa interpretación.
El ser humano no consiste solamente en entender. Consiste también en vivir, sentir, respirar, crecer, cansarse, recordar, mirar y tocar. No tiene un cuerpo del mismo modo que tiene una casa o un oficio. No desciende a él como una paloma desciende al campanario. Lo primero no es la posesión sino el ser.
El hombre es su cuerpo. Esa afirmación transforma por completo la comprensión de la existencia humana.
Basta observar lo que ocurre cuando un cuerpo intenta separarse de aquello que lo rodea. Ningún ser vivo puede hacerlo. Un árbol arrancado de la tierra se seca, un pez separado del agua agoniza, un pájaro encerrado para siempre en una caja termina perdiendo el cielo para el que fue hecho. También el hombre depende del mundo que lo rodea.
El ejemplo de los astronautas que llegaron a la Luna resulta particularmente revelador. Durante unas horas caminaron sobre otro mundo. Sin embargo, lo hicieron transportando consigo una pequeña isla terrestre. Llevaban aire, temperatura, presión, agua y alimento. Su traje espacial era una patria portátil. Estaban en la Luna, sí, pero no estaban allí como están los hombres en la Tierra.
La diferencia es decisiva. Una mano protegida por un grueso guante puede introducirse en una sustancia corrosiva. Una mano desnuda no. Del mismo modo, una cosa es visitar un entorno protegido por una compleja maquinaria técnica y otra muy distinta habitar naturalmente ese entorno.
El cuerpo es más amplio que su piel. Se prolonga invisiblemente hacia aquello que lo alimenta, lo sostiene y le permite vivir. Su frontera real no termina donde termina la carne. Alcanza el aire que respira, el agua que bebe, la luz que recibe y el suelo que pisa. Si ese mundo desaparece, el cuerpo desaparece con él. Y con el cuerpo desaparece también el hombre.
II. La trayectoria temporal: de la cuna a la tumba
Ser el cuerpo imprime una dirección fundamental. Todo cuerpo tiene una trayectoria. La tiene una piedra lanzada al aire, un río que baja de la montaña la tiene, un tren nocturno que atraviesa lentamente la llanura la tiene. También el hombre tiene una dirección. La diferencia es que su trayectoria no atraviesa únicamente el espacio, sino también el tiempo. Desde el instante mismo en que comienza a existir, el cuerpo humano avanza en una dirección irreversible. La naturaleza ha trazado el recorrido antes de que el viajero tenga conciencia de él: va de la cuna a la tumba. Es una dirección que nadie escoge.
Cada cumpleaños parece una celebración de la vida, y ciertamente lo es; pero es también una señal silenciosa de que la travesía continúa. Los relojes avanzan, las estaciones regresan, los veranos vuelven una y otra vez, pero cada regreso ocurre un poco más adelante en el camino.
La vida se parece a esas lámparas antiguas cuya llama consume lentamente la mecha que la alimenta. Iluminan mientras arden, pero el mismo fuego que da luz consume aquello que le permite existir, porque no hay mechas que no se consuman.
Por eso la mortalidad, lejos de ser un accidente exterior que sobreviene al hombre, está inscrita desde el comienzo en la dirección misma de su existencia corporal. El hombre no está dentro del tiempo como un libro olvidado dentro de una caja. Es un ser hecho de tiempo.
III. La orientación espacial y su repercusión cultural
El cuerpo no sólo introduce una dirección temporal. Introduce también una dirección espacial. Estamos hechos para avanzar hacia delante.
La observación parece trivial hasta que imaginamos otras posibilidades. Una estrella de mar no distingue delante y detrás del mismo modo que nosotros. Una medusa no habita el espacio según nuestra experiencia. Un cangrejo avanza lateralmente. Nosotros no. Nuestro cuerpo posee una orientación privilegiada porque tenemos rostro, espalda y un horizonte hacia el que caminamos.
Nuestra marcha se dirige hacia donde miran nuestros ojos.
Y de esta estructura corporal nacen categorías que han organizado la experiencia humana durante milenios: arriba y abajo, delante y detrás, derecha e izquierda. Son palabras que parecen sencillas, pero han modelado civilizaciones enteras.
No es casual que lo diestro se haya asociado tantas veces con la habilidad y lo siniestro con la inquietud, como tampoco es casual que el lenguaje hable de adelantarse o quedarse atrás para expresar realidades que nada tienen ya de espaciales.
Es que el cuerpo proyecta sus propias coordenadas sobre la forma de comprender la realidad.
Incluso la idea moderna de progreso conserva algo de esta herencia corporal. Avanzar significa literalmente ir hacia delante. El futuro aparece ante nosotros; el pasado queda detrás. Pensamos la historia con imágenes tomadas de la marcha porque somos criaturas que caminan erguidas bajo el cielo.
La historia tiene horizonte porque el cuerpo tiene horizonte.
IV. La técnica: envidia biológica y superación de la desnudez
La direccionalidad posee además una dimensión técnica.
El hombre es un ser extraño. Nace desnudo en un mundo para el que parece insuficientemente equipado. No vuela, no nada con facilidad, no posee garras, no posee colmillos, no corre tan rápido como muchos animales, no soporta bien el frío ni el calor extremos.
En verdad, parece una criatura inacabada.
Pero precisamente ahí comienza una de sus mayores aventuras.
Julián Marías llamó a este impulso envidia biológica.
El niño que observa un pájaro experimenta algo parecido. Mira el cielo y desearía acompañarlo. Ve un pez desaparecer bajo el agua y quisiera seguirlo. Contempla la fuerza de ciertos animales y siente oscuramente el deseo de poseerla.
Durante miles de años la humanidad ha estado mirando el mundo de ese modo, con admiración, envidia e imaginación.
Así es como nacieron las herramientas, las embarcaciones, las armaduras, los molinos, los telescopios, los motores y los aviones.
La historia de la técnica es la historia de una criatura desnuda que se negó a aceptar la estrechez de sus límites. Como no podía volar, construyó alas. Como no podía respirar bajo el agua, construyó barcos y submarinos, como no podía alcanzar las estrellas, construyó cohetes.
La técnica es una consecuencia directa de la direccionalidad corporal. El cuerpo descubre sus carencias y convierte esas carencias en proyectos. Y así cada herramienta es una dirección convertida en objeto y cada invento un deseo corporal hecho materia.
V. La condición sexuada y la dirección hacia el otro
Existe, finalmente, una dirección todavía más profunda. Consiste en que un sexo está orientado hacia el otro sexo, el hombre hacia la mujer y la mujer hacia el hombre. No se trata simplemente de una inclinación biológica. Se trata de una estructura fundamental de la existencia humana.
El ser humano no aparece en el mundo como una entidad autosuficiente. Está hecho de tal modo que algo en él permanece abierto hacia otro, como si fuera una puerta, una pregunta o una mitad que espera respuesta. Por eso el mito narrado por Aristófanes en el Banquete de Platón conserva todavía su fuerza poética. Los hombres primitivos fueron divididos por los dioses y desde entonces cada mitad busca a la otra.
La imagen es ciertamente mítica, pero señala una verdad profunda. Las dos mitades de la humanidad no están hechas para ignorarse. Están hechas para mirarse, buscarse y reclamarse mutuamente.
Sin embargo, esta dirección hacia el otro va mucho más allá del atractivo sexual. Basta formular una pregunta sencilla. ¿Qué sería de nosotros sin nuestras madres? ¿Qué sería de nosotros sin nuestras hermanas, esposas o hijas?
La respuesta no exige largas demostraciones: faltaría algo esencial, faltaría aquello que un poeta polaco llamó «el pan y la sal de la vida». La expresión es exacta porque alude a lo cotidiano, a aquello cuya importancia sólo advertimos cuando desaparece.
La flecha del cuerpo
Todo lo expuesto, la trayectoria que va de la cuna a la tumba, la orientación espacial que organiza nuestra experiencia, el impulso técnico nacido de la insuficiencia biológica y la dirección constitutiva hacia el otro sexo, se sigue de un mismo hecho, de que somos un cuerpo.
La direccionalidad no es una característica añadida posteriormente a la naturaleza humana, sino una consecuencia necesaria de su constitución corporal.
El cuerpo nos orienta en todas las dimensiones de la existencia. Nos lanza hacia el futuro. Nos sitúa ante un horizonte. Nos empuja a crear. Nos conduce hacia los demás. Es una flecha que no deja de volar mientras vive.
Y esa es la quinta pincelada.