Hay ciudades que parecen obedecer a la geometría y otras que la desmienten. Ceuta pertenece a las segundas.
Apenas ocupa dieciocho kilómetros cuadrados y, sin embargo, concentra algunas de las grandes preguntas políticas de nuestro tiempo. Está en África y pertenece a España. Mira hacia Europa desde la otra orilla. Es frontera de un país y al mismo tiempo frontera exterior de la Unión Europea. Quizá por eso la imagen que mejor la define no sea la del muro, sino la del umbral.
Un umbral separa, ciertamente. Nos dice dónde termina una habitación y comienza otra. Pero hace algo más: permite que ambas se comuniquen. Por él entramos y salimos. En él recibimos al desconocido. Desde él contemplamos simultáneamente la casa y la calle. Toda frontera contiene esa ambivalencia.
La concebimos demasiado fácilmente como una línea destinada únicamente a separar. Sin embargo, una frontera obliga también a dos comunidades a mirarse. A comerciar, negociar, desconfiar, colaborar y reconocerse. Puede convertirse en lugar de conflicto, pero también de intercambio.
Ceuta lleva siglos viviendo esa paradoja. Fenicios, romanos, bizantinos, árabes, portugueses y españoles comprendieron que aquel pequeño territorio situado junto al estrecho poseía una importancia muy superior a su extensión. Allí el Mediterráneo se encuentra con el Atlántico y Europa casi toca África.
La geografía no determina la historia, pero tampoco es inocente.
Hoy la vieja pregunta continúa bajo formas nuevas. ¿Cómo puede una comunidad proteger sus límites sin convertirlos en negación moral de quienes permanecen fuera? ¿Cómo se defiende una frontera sin olvidar que al otro lado hay personas? ¿Puede existir ciudadanía si la pertenencia no establece también alguna diferencia entre quienes forman parte de una comunidad política y quienes no?
No hay una consigna sencilla que resuelva estas contradicciones. Ceuta tampoco las resuelve. Hace algo quizá más interesante: las vuelve visibles.
Por eso su pequeñez engaña. En unos pocos kilómetros se encuentran España y Marruecos, Europa y África, cristianismo e islam, soberanía y migración, memoria y presente.
Hay lugares que aparecen en los mapas. Otros nos obligan a preguntarnos qué significa un mapa. Ceuta pertenece a estos últimos.
Por todo esto Ceuta es una de las joyas de más valor. Significa mucho para España. Es una de las columnas de Hércules que abren nuestro mundo más allá (Plus Ultra) Hay que protegerla de la barbarie exterior e interios que la amenaza.