Hay metáforas que sobreviven a sus autores. Cambian de siglo, de lengua y de doctrina, pero conservan intacta una extraña capacidad para iluminar la realidad. El «viejo topo» pertenece a esa rara estirpe. Shakespeare lo imaginó como la voz del pasado; Hegel lo convirtió en el espíritu de la historia; Marx hizo de él la revolución. Y todavía hoy seguimos discutiendo si ese topo continúa cavando bajo nuestros pies.
La escena original pertenece a la llamada «escena del sótano» de Hamlet (I, 5). El espectro del rey asesinado, oculto ya bajo el escenario, exige una y otra vez a Horacio y Marcelo que juren guardar el secreto. Su voz parece desplazarse bajo tierra, como si persiguiera a los vivos desde las entrañas mismas del mundo. Hamlet responde con un humor sombrío:
Well said, old mole! canst work i’ the earth so fast? / A worthy pioner! («¡Bien dicho, viejo topo! ¿Tan aprisa puedes trabajar bajo tierra? ¡Digno zapador!»)
El detalle de pioner merece detenerse un momento. No significa «pionero» en el sentido moderno, sino el soldado encargado de excavar minas bajo las murallas enemigas. Shakespeare introduce así una imagen militar de enorme potencia: el verdadero trabajo decisivo no siempre se realiza a la vista de todos; a veces consiste en socavar silenciosamente los cimientos de aquello que parece inexpugnable.
Hay otro matiz aún más importante. El topo no representa el futuro. Es el espectro del padre, la voz del pasado que exige memoria y reclama justicia. Esa inversión temporal será decisiva cuando la metáfora pase a manos de Hegel y Marx.
Hegel recoge la imagen al final de sus Lecciones sobre la historia de la filosofía. Allí describe el trabajo silencioso del espíritu universal, que parece retirarse del escenario histórico para fortalecerse en secreto hasta romper finalmente la costra que lo separa de la luz de su propio concepto. Entonces cita expresamente a Shakespeare:
Brav gearbeitet, wackerer Maulwurf!
La traducción clásica de Wenceslao Roces (Lecciones sobre la historia de la filosofía, FCE, vol. III) conserva el tono: «¡Bien trabajado, viejo topo!»
La metáfora cambia aquí de naturaleza. El topo ya no es únicamente el padre muerto que habla desde debajo de la escena y se convierte en el propio movimiento oculto de la historia. No es Marx quien inventa este uso filosófico; lo recibe ya elaborado por Hegel, del mismo modo que recibirá tantas otras intuiciones dialécticas.
Marx desarrollará la imagen en dos textos fundamentales.
El primero aparece al final del capítulo VII de El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852). El contexto suele olvidarse, aunque resulta esencial. Marx sostiene que la revolución no avanza mediante explosiones improvisadas, sino mediante un trabajo metódico. Primero perfeccionó el poder parlamentario para hacerlo vulnerable; después, tras el golpe de Bonaparte, perfeccionó el poder ejecutivo, lo redujo a su forma más pura y concentró contra él todas las fuerzas capaces de destruirlo. Entonces escribe:
«Y cuando haya llevado a cabo esta segunda mitad de su labor preliminar, Europa se levantará de su asiento y exclamará jubilosa: ¡Bien hozado, viejo topo!» (Brav gegraben, alter Maulwurf!).
La aparente derrota forma parte del propio trabajo revolucionario. Incluso el bonapartismo aparece como una fase del lento proceso de excavación.
El segundo texto es menos conocido, aunque quizá resulte todavía más revelador. En el discurso pronunciado con motivo del aniversario del People’s Paper (Londres, 14 de abril de 1856), Marx habla en inglés y vuelve directamente a Shakespeare. Pero añade una figura inesperada:
«…we recognize our brave friend Robin Goodfellow, the old mole that can work in the earth so fast, that worthy pioneer—the Revolution.» (Reconocemos a nuestro valiente amigo Robin Goodfellow, el viejo topo que puede trabajar en la tierra tan rápido, ese digno pionero: la Revolución)
Aquí el viejo topo se funde con Robin Goodfellow, el Puck de A Midsummer Night’s Dream. Marx demuestra una vez más que no cita a Shakespeare de memoria, sino que lo habita como lector apasionado.
Existe además un pequeño detalle filológico que encierra una auténtica tesis histórica.
La cadena comienza con Shakespeare: Well said (bien dicho)
Hegel la transforma en: Brav gearbeitet (bien trabajado)
Marx concluye con: Brav gegraben (bien cavado)
Del «bien dicho» se pasa al «bien trabajado» y finalmente al «bien cavado». La palabra se convierte en trabajo y el trabajo en excavación. El topo pierde progresivamente voz y gana cuerpo.
Pero la transformación más profunda afecta al tiempo.
La crítica shakespeariana reciente de Margreta de Grazia («Teleology, Delay, and the “Old Mole”», Shakespeare Quarterly, 1999) y Peter Stallybrass («Well Grubbed, Old Mole», 1998) ha señalado que Shakespeare y Marx utilizan el mismo animal para designar realidades temporalmente opuestas. En Hamlet, el topo representa el pasado que exige memoria; en Marx, el futuro que se prepara silenciosamente.
La misma figura ha girado ciento ochenta grados sobre el eje del tiempo. No es una simple curiosidad erudita. Es el desplazamiento histórico de la legitimidad. La autoridad deja de buscarse en el origen y pasa a buscarse en el porvenir.
La tradición posterior prolongó esa genealogía. Rosa Luxemburg tituló «Der alte Maulwurf» («El viejo topo») un artículo publicado en abril de 1917 dentro de las Cartas de Espartaco. Mientras muchos daban por enterrada la revolución bajo el peso de la Primera Guerra Mundial, la Revolución rusa demostraba que el viejo topo seguía cavando bajo los tronos de Europa.
En España, la imagen dio nombre a la revista El Viejo Topo, fundada en Barcelona en 1976 y convertida muy pronto en uno de los símbolos culturales de la izquierda durante la Transición.
Jacques Derrida recuperó simultáneamente el topo y el espectro de Hamlet en Espectros de Marx (1993), haciendo de ambos figuras centrales de su «espectrología».
Más tarde, Gilles Deleuze propuso un inesperado epitafio. En la «Posdata sobre las sociedades de control» (1990) sostuvo que el viejo topo pertenecía al mundo disciplinario de los espacios cerrados y que había sido sustituido por otro animal: la serpiente, emblema de las nuevas formas de control continuo.
Michael Hardt y Antonio Negri retomaron esa idea en Imperio (2000), preguntándose si el viejo topo marxiano no habría muerto definitivamente.
Daniel Bensaïd respondió poco después con un libro cuyo título constituye ya toda una declaración de principios: Résistances. Essai de taupologie générale (Fayard, 2001), un «ensayo de topología general» en el sentido del topo.
Esta es la prueba definitiva de la fuerza de una metáfora. Es tan persistente que incluso su muerte debe discutirse utilizando la propia metáfora.
Pero hay todavía una última lección. El viejo topo constituye un ejemplo perfecto de un fenómeno que me interesa especialmente: la persistencia del significante con mutación del significado. El animal permanece, lo que cambia es representado por él. Primero fue el espectro del padre, después el espíritu del mundo, más tarde la revolución proletaria y finalmente, para Deleuze, el vestigio de una época extinguida.
Las metáforas, igual que las monedas, las campanas o los relojes, no dejan nunca de ser ellas mismas. Sólo cambian el tiempo que anuncian.