El conocimiento tiene cuerpo

Existe todavía una tercera consecuencia de la corporalidad que apenas suele advertirse y que, sin embargo, afecta al modo mismo en que el hombre se relaciona con la verdad. El cuerpo no sólo nos sitúa en un lugar, nos individualiza y nos introduce en una historia; determina también la forma en que conocemos. El entendimiento humano no recibe la verdad de una vez ni la contempla en un solo acto. Avanza hacia ella lentamente. Piensa discursivamente.

Tomás de Aquino explica esta diferencia mediante la oposición entre el conocimiento angélico y el conocimiento humano. No se trata de una comparación destinada únicamente a describir la naturaleza de los ángeles. Su verdadero interés consiste en iluminar la condición del hombre. Comprendemos mejor lo que somos cuando advertimos aquello que no somos.

El conocimiento angélico es intuitivo. Intuir significa captar inmediatamente la verdad sin recorrer un proceso previo. El ángel no necesita enlazar unas proposiciones con otras, ni buscar un principio del que deducir una conclusión. Lo que para nosotros aparece distribuido en una sucesión de razonamientos comparece para él en un único acto de inteligencia. No tantea, no rectifica, no aprende por ensayo y error. Conoce.

El hombre, por el contrario, sólo puede acceder a la verdad mediante un camino. Su inteligencia no recibe el objeto plenamente constituido, sino que debe alcanzarlo paso a paso. Observa, compara, distingue, infiere, corrige y vuelve a comenzar. Cada nuevo conocimiento descansa sobre otros anteriores y prepara los que vendrán después. Pensar es recorrer una secuencia de mediaciones que no pueden suprimirse sin destruir el propio acto de conocer.

Esta diferencia no es accidental. Pertenece a la estructura misma del entendimiento humano. Nuestra inteligencia necesita tiempo porque está unida a un cuerpo. Todo en nosotros acontece de manera sucesiva: caminamos recorriendo la distancia que separa un lugar de otro; hablamos articulando unas palabras detrás de otras; vivimos enlazando unos instantes con los siguientes. También el conocimiento participa de esa misma condición. La verdad no comparece ante nosotros como un paisaje contemplado desde lo alto, sino como un territorio que ha de recorrerse.

Por eso el error acompaña inevitablemente al conocimiento humano. Quien avanza puede equivocarse de dirección, detenerse demasiado pronto o tomar por definitivo lo que sólo era una etapa. El entendimiento humano progresa precisamente porque puede rectificar. Su perfección no consiste en poseer desde el principio toda la verdad, sino en conservar la capacidad de aproximarse a ella.

La filosofía moderna manifestó con frecuencia el deseo de superar esta limitación. En muchos de sus autores aparece la aspiración a un conocimiento inmediato, transparente y absolutamente cierto, semejante, en cierto modo, al que la tradición atribuía a los ángeles.

El ejemplo más conocido se encuentra en Descartes. Su célebre cogito suele presentarse como un razonamiento: «Pienso, luego existo». Sin embargo, la formulación latina —ego cogito, ego sum— revela con mayor fidelidad su intención filosófica. Descartes no pretende deducir la existencia a partir del pensamiento como quien obtiene una conclusión desde unas premisas. Lo que afirma es una evidencia inmediata. En el mismo acto de pensar, el sujeto se descubre existiendo. No hay distancia entre una cosa y otra.

Esta búsqueda de una certeza originaria marca buena parte del proyecto moderno. El ideal consiste en encontrar un punto de partida absolutamente evidente, una verdad cuya claridad excluya toda posibilidad de error y sobre la cual pueda edificarse el edificio entero del conocimiento.

No resulta casual que muchos de los grandes filósofos de esa época fueran también matemáticos de extraordinaria capacidad. Las matemáticas ofrecen una experiencia singular de evidencia. En ellas la inteligencia parece alcanzar un ámbito donde cada demostración se impone con una necesidad que no depende de las fluctuaciones de la experiencia. Una vez comprendida, la conclusión ya no admite vacilación. Es natural que esa forma de certeza ejerciera una profunda fascinación y despertara el deseo de extenderla al conjunto de la realidad.

La aspiración es comprensible. Todo hombre desea un conocimiento libre de incertidumbre. Sin embargo, desde la perspectiva tomista, esa aspiración encierra también una tentación: la de olvidar que el entendimiento humano no conoce como un entendimiento angélico.

No pensamos desde fuera del mundo. Pensamos desde dentro de él.

Nuestro acceso a la realidad comienza siempre por la experiencia sensible. Antes de formular conceptos hemos visto colores, escuchado voces, distinguido formas, percibido temperaturas y reconocido rostros. La inteligencia no sustituye esta experiencia; trabaja sobre ella. El entendimiento abstrae, compara y ordena aquello que los sentidos le ofrecen. Por eso el cuerpo no constituye un obstáculo del conocimiento, sino su condición.

La verdad llega hasta nosotros siguiendo el mismo ritmo con que transcurre nuestra existencia. Aprender exige tiempo porque vivir exige tiempo. Comprender supone atravesar mediaciones porque toda vida corporal está hecha de mediaciones. La lentitud del conocimiento humano no es una deficiencia accidental, sino la expresión intelectual de nuestra condición encarnada.

Por eso Tomás de Aquino no considera que el hombre deba lamentar no poseer un conocimiento intuitivo. La discursividad no disminuye la dignidad de la inteligencia humana. Define su modo propio de conocer. El entendimiento del hombre no está llamado a contemplar todas las verdades en un solo acto, sino a conquistarlas mediante un trabajo paciente en el que la experiencia, la memoria, la reflexión y el diálogo cooperan entre sí.

En esta perspectiva, el cuerpo deja de aparecer como una carga que limita el espíritu. Es aquello que confiere al conocimiento humano su forma específica. Pensamos como seres corporales porque somos seres corporales. Y precisamente por eso nuestro acceso a la verdad posee una riqueza que ninguna inteligencia puramente intuitiva necesitaría conocer: la riqueza del descubrimiento, de la búsqueda y del aprendizaje.

La tentación del conocimiento angélico

Esta diferencia entre el conocimiento humano y el angélico permite comprender uno de los rasgos más característicos de la filosofía moderna. En muchos de sus representantes aparece el deseo, unas veces explícito y otras apenas entrevisto, de alcanzar un saber que prescinda de la lentitud propia de la condición humana. El ideal consiste en contemplar la verdad con una evidencia tan inmediata que desaparezcan la incertidumbre, el error y la necesidad misma del discurso.

No se trata únicamente de una aspiración metodológica. En el fondo expresa una determinada imagen del hombre. Cuanto más se aproxima el conocimiento al modelo matemático, más parece liberarse de las limitaciones que impone el cuerpo. La inteligencia sueña entonces con una transparencia absoluta, como si pudiera elevarse por encima de la experiencia sensible y contemplar directamente el orden de las cosas.

Pocas figuras representan mejor esta aspiración que Leibniz.

Su pensamiento posee una extraordinaria confianza en la racionalidad del universo. Todo cuanto existe responde, en último término, a un orden inteligible. Nada ocurre sin razón suficiente. La realidad aparece así como una inmensa arquitectura cuya estructura puede ser comprendida por una inteligencia capaz de descubrir las relaciones que la sostienen.

Desde esta convicción nacieron algunos de los proyectos más ambiciosos de la historia de la filosofía.

El primero fue la characteristica universalis, un lenguaje simbólico universal mediante el cual cualquier razonamiento pudiera expresarse con la misma precisión que una demostración matemática. Leibniz imaginaba una ciencia capaz de traducir las controversias filosóficas, jurídicas e incluso políticas a una forma de cálculo. Allí donde hoy dos hombres discuten largamente acerca de una cuestión difícil, bastaría sentarse ante una mesa y decir: calculemus. Dejemos de discutir; calculemos.

La propuesta conserva todavía hoy un innegable atractivo. ¿Quién no desearía que los desacuerdos humanos pudieran resolverse con la claridad de un problema geométrico? Sin embargo, precisamente esa perfección revela también su límite. La vida humana no está hecha únicamente de relaciones lógicas. También está atravesada por la prudencia, la memoria, la experiencia, el sufrimiento y el tiempo. Hay decisiones que exigen razonar, pero también comprender; y comprender nunca equivale simplemente a calcular.

La razón matemática alcanza su máxima perfección cuando trabaja sobre objetos completamente definidos. La existencia humana, por el contrario, permanece abierta. Sus circunstancias cambian, sus fines se transforman y las situaciones concretas nunca se repiten exactamente. Reducir toda deliberación al cálculo significaría olvidar esa dimensión irreductible de la experiencia.

La misma inclinación reaparece en otro aspecto de la filosofía leibniziana.

Para Leibniz, la realidad corporal posee una consistencia mucho menor de lo que sugiere la experiencia inmediata. Lo que llamamos materia constituye, en último término, la expresión fenoménica de un orden mucho más profundo de relaciones inteligibles. El universo visible no sería sino la manifestación de una estructura cuya verdadera naturaleza pertenece al ámbito del espíritu.

La tesis posee una extraordinaria elegancia especulativa. Sin embargo, deja en el aire una pregunta que la experiencia cotidiana no permite silenciar. ¿Qué ocurre con la densidad concreta del mundo sensible? ¿Qué sucede con el peso de una piedra, con el frío de una mañana de invierno o con el calor de una mano estrechando otra?

Podemos describir matemáticamente la propagación de una llama, calcular su temperatura o expresar mediante ecuaciones la combustión que la produce. Nada de ello nos entrega, sin embargo, aquello que experimentamos cuando acercamos las manos al fuego.

Un tratado de geometría puede describir una llama; no por eso nos da su calor.

Algo semejante sucede con la música.

Leibniz afirmaba que la música es un ejercicio secreto de aritmética en el que el alma calcula sin advertirlo. La observación posee una profundidad indudable. Toda composición musical encierra proporciones, ritmos y relaciones numéricas cuya armonía puede estudiarse con admirable precisión.

Pero cuando escuchamos una fuga de Bach o una melodía que ha acompañado nuestra vida, no experimentamos una sucesión de operaciones matemáticas. Oímos sonidos. Reconocemos voces. Despiertan recuerdos que parecían dormidos. La música nos conmueve precisamente porque llega a nosotros a través de la sensibilidad antes de convertirse en objeto de análisis.

Imaginemos que, mientras una orquesta interpreta una sinfonía, alguien sustituyera cada nota por la ecuación que describe su frecuencia o por una interminable secuencia de cifras binarias. La estructura permanecería intacta. Ninguna relación matemática habría desaparecido. Y, sin embargo, la música habría dejado de sonar.

La experiencia sensible no constituye un revestimiento accesorio de la realidad. Es el modo propio en que la realidad comparece ante una inteligencia unida inseparablemente a un cuerpo.

Éste es el punto decisivo.

Desde la perspectiva de Tomás de Aquino, el conocimiento humano no se perfecciona cuanto más se aproxima al modelo angélico, sino cuanto mejor desarrolla su propio modo de conocer. La inteligencia humana no necesita avergonzarse de depender de los sentidos. Al contrario. Esa dependencia manifiesta la peculiar dignidad de una naturaleza en la que el espíritu no ha sido separado del mundo, sino llamado a comprenderlo desde dentro.

Por eso todo auténtico conocimiento humano conserva siempre algo de experiencia. Incluso las formas más elevadas de la especulación filosófica terminan apoyándose, directa o indirectamente, sobre aquello que un día fue visto, oído o tocado. Ninguna idea llega a nosotros completamente desligada de la vida.

Y acaso sea precisamente ahí donde reside la diferencia más profunda entre el hombre y el ángel. El ángel contempla la verdad. El hombre la descubre.

La paciencia del entendimiento

La condición discursiva del conocimiento humano fue descrita con singular claridad por Galileo. En uno de sus diálogos, Salviati sostiene que la inteligencia del hombre es, al mismo tiempo, insignificante y admirable. Es insignificante cuando se la compara con la inmensidad de lo que ignora; admirable cuando alcanza una verdad y consigue comprenderla plenamente.

La observación encierra una paradoja que merece detenerse un momento. El hombre sabe muy poco. Cuanto más se amplía el horizonte del conocimiento, tanto más visible se vuelve el territorio de lo desconocido. Cada descubrimiento abre nuevas preguntas, y cada respuesta despliega dificultades que antes permanecían ocultas. Una biblioteca inmensa no elimina la ignorancia; apenas ilumina una región algo mayor de la oscuridad que la rodea.

Y, sin embargo, cuando el entendimiento humano demuestra una proposición matemática, cuando comprende una relación necesaria o descubre una ley de la naturaleza, esa comprensión posee una certeza que no admite grados. En ese punto preciso participa de una perfección que supera la fragilidad de quien conoce. No porque el hombre haya dejado de ser limitado, sino porque la verdad conocida no depende de esa limitación.

Pero llegar hasta ella exige un camino.

Para demostrar una propiedad del círculo no basta con contemplarlo. Hay que comenzar por una definición, establecer unas premisas, avanzar mediante inferencias sucesivas y comprobar que cada paso descansa sobre el anterior. Ningún resultado puede separarse del proceso que lo hace posible. Si uno de los peldaños falla, toda la construcción se resiente.

Así trabaja el entendimiento humano. No recibe la verdad terminada. La edifica.

La imagen del edificio resulta aquí más apropiada que la del relámpago. El conocimiento no suele aparecer como una iluminación repentina, sino como una construcción paciente. Cada generación añade algunas piedras al edificio recibido de las anteriores, corrige errores, fortalece fundamentos y, en ocasiones, descubre que una parte considerable debe rehacerse desde el principio. La historia de la ciencia y de la filosofía muestra tanto la continuidad de ese esfuerzo como su permanente vulnerabilidad.

El conocimiento humano posee, por ello, una dimensión esencialmente histórica.

Ningún hombre comienza desde cero. Pensamos con conceptos que otros elaboraron, utilizamos lenguajes que no hemos inventado, leemos libros escritos por inteligencias ya desaparecidas y aprendemos en instituciones que existían antes de nuestro nacimiento. La razón humana nunca trabaja en soledad. Es siempre una razón heredada.

Tomás de Aquino constituye un ejemplo privilegiado de esta verdad. Su obra no nació únicamente de su genio personal. Fue posible gracias a la tradición que recibió: la filosofía griega, los Padres de la Iglesia, los pensadores árabes y judíos, las universidades medievales, las traducciones que hicieron accesible Aristóteles al Occidente latino. La inteligencia más poderosa necesita siempre una comunidad de inteligencias que la preceda.

También por eso el conocimiento requiere tiempo.

No sólo el tiempo del individuo que aprende, sino el tiempo de las generaciones. La humanidad piensa lentamente. Sus descubrimientos son el resultado de innumerables correcciones, rectificaciones y conversaciones que atraviesan siglos enteros. Ninguna gran verdad madura en el aislamiento.

Esta lentitud no debe interpretarse como una imperfección que habría que superar. Constituye la forma propia del conocimiento humano. Lo que el ángel contempla de una vez, el hombre lo alcanza mediante una historia.

Newton expresó admirablemente esta conciencia de límite. Al final de su vida confesó sentirse como un niño que juega en la orilla del mar, entretenido en recoger una concha más hermosa o una piedra más pulida, mientras el inmenso océano de la verdad permanecía inexplorado ante él.

La imagen ha sobrevivido porque expresa algo que toda inteligencia reconoce tarde o temprano. Cuanto más aprende el hombre, más claramente percibe que el mundo excede cualquier explicación completa. La sabiduría no consiste en ignorar ese límite, sino en habitarlo con serenidad.

Aquí vuelve a aparecer la diferencia entre el hombre y el ángel.

El ángel no necesita recorrer el camino porque contempla simultáneamente aquello hacia lo que el hombre avanza paso a paso. Su conocimiento no depende de la experiencia, ni del tiempo, ni de la memoria. El nuestro sí. Recordamos porque olvidamos. Aprendemos porque ignoramos. Corregimos porque podemos equivocarnos.

Lejos de disminuir la dignidad del entendimiento humano, esta condición pone de manifiesto su peculiar grandeza. La verdad no se le entrega como un don plenamente poseído; debe conquistarla mediante un trabajo constante de observación, reflexión y diálogo. Cada descubrimiento lleva inscrita la memoria del esfuerzo que lo hizo posible.

Por eso el conocimiento humano posee una virtud que difícilmente puede atribuirse al conocimiento puramente intuitivo: la humildad. Quien ha llegado lentamente a comprender una verdad sabe cuánto costó alcanzarla y cuánto queda todavía por conocer. La inteligencia aprende así una lección que ninguna demostración puede enseñar por sí sola: que la realidad siempre excede nuestras construcciones y que toda comprensión permanece abierta a una comprensión mayor.

Esta humildad no es resignación. Es la forma madura de la inteligencia.

Porque sólo quien acepta la lentitud del conocer puede perseverar en la búsqueda de la verdad sin desesperar ante sus límites.

La inteligencia encarnada

Todo lo anterior permite comprender mejor la tesis de Tomás de Aquino. La diferencia entre el conocimiento humano y el angélico no consiste únicamente en que uno conozca menos y el otro más. Esa comparación sería superficial. Lo decisivo es que conocen de manera distinta.

El ángel posee una inteligencia intuitiva. Su conocimiento no necesita recorrer un proceso, porque no depende de la experiencia sensible ni del tiempo. El hombre, en cambio, sólo alcanza la verdad mediante una sucesión de actos: observa, compara, abstrae, formula hipótesis, corrige errores y vuelve a empezar. Su inteligencia no se despliega al margen de la vida; madura con ella.

En esta diferencia se manifiesta nuevamente la importancia filosófica del cuerpo.

Así como la corporalidad sitúa al hombre en un lugar determinado y lo introduce en una historia irrepetible, determina también el modo en que conoce. No aprendemos desde fuera del mundo, sino desde dentro de él. Todo cuanto sabemos comenzó siendo, de un modo u otro, experiencia. Ninguna idea llega a nosotros completamente desligada de aquello que alguna vez vimos, escuchamos o tocamos.

Por eso el entendimiento humano no puede avergonzarse de su lentitud. La paciencia no es una deficiencia de la inteligencia; es su forma propia de existir. El conocimiento discursivo exige tiempo porque la vida humana acontece en el tiempo. Cada descubrimiento es inseparable del camino que lo ha hecho posible.

La ciencia ofrece innumerables ejemplos de esta condición. Ninguna teoría aparece acabada desde el principio. Todas nacen de observaciones parciales, de hipótesis provisionales, de errores corregidos y de intuiciones que sólo poco a poco alcanzan la claridad. La historia del pensamiento no es una sucesión de revelaciones instantáneas, sino una conversación que atraviesa generaciones enteras. Cada época recibe un legado, lo examina, lo amplía y lo transmite de nuevo. La razón humana progresa porque recuerda.

También el filósofo piensa así. Ninguna inteligencia, por poderosa que sea, comienza desde sí misma. Toda filosofía es, en cierto modo, una conversación con los muertos. Platón dialoga con Parménides y Heráclito; Tomás con Aristóteles, Agustín, Avicena y Maimónides; la filosofía contemporánea continúa discutiendo con todos ellos. Pensar nunca ha consistido en producir ideas desde la nada, sino en incorporarse a un diálogo que comenzó mucho antes de nosotros y continuará cuando ya no estemos.

Esta continuidad histórica no disminuye la originalidad. Al contrario. Sólo quien ha aprendido a escuchar puede decir algo verdaderamente nuevo. La tradición no limita el pensamiento; constituye el suelo desde el que puede elevarse.

Todo ello sería incomprensible si el hombre conociera como un ángel. La historia del saber dejaría de tener sentido. No habría aprendizaje, ni educación, ni transmisión, ni maestros, ni discípulos. Bastaría una intuición perfecta para poseer la verdad de una vez para siempre.

Pero no somos ángeles.

Nuestra inteligencia necesita recorrer el camino que va desde la experiencia hasta el concepto, desde el concepto hasta el juicio y desde el juicio hasta la demostración. Esa marcha puede parecer lenta cuando se compara con el ideal de un conocimiento inmediato. Sin embargo, posee una riqueza propia. Descubrir una verdad después de haberla buscado durante años no equivale simplemente a poseerla; significa haber sido transformado por ella.

Éste es quizá el aspecto más profundamente humano del conocimiento.

El hombre no sólo adquiere verdades; se forma mientras las adquiere. Cada aprendizaje modifica de algún modo a quien aprende. Comprender exige paciencia, disciplina, memoria y humildad. La verdad no aparece únicamente al final del camino; va modelando al caminante mientras avanza.

Aquí reside, probablemente, la diferencia más honda entre el entendimiento humano y el angélico. El ángel contempla la verdad. El hombre crece hacia ella.

Las tres pinceladas que hemos recorrido convergen ahora en una misma imagen. El cuerpo individualiza al hombre, lo sitúa en un lugar y lo introduce en una historia; pero hace todavía algo más: imprime su huella en la inteligencia misma. Pensamos con la lentitud propia de quien vive en el tiempo. Aprendemos porque recordamos. Comprendemos porque hemos recorrido un camino.

El cuerpo no es un obstáculo del espíritu.

Es la condición bajo la cual el espíritu humano llega a ser plenamente humano.

Ésta es la tercera pincelada.

Nuestro conocimiento tiene cuerpo.