Cada ángel es una especie

La diferencia entre el ángel y el hombre en cuanto a su constitución ontológica permite iluminar, por contraste, aquello que el cuerpo añade al ser propio de la criatura racional encarnada. La primera de estas iluminaciones parte de la idea de que cada ángel agota en sí mismo una especie entera, idea que es una tesis central de la angelología tomista.

El primer punto de esta antropología filosófica que aquí expongo concierne a la relación entre especie e individuo y al papel que la materia desempeña en ella. En el caso del ser humano, la especie, es decir, la humanidad, reúne bajo un único concepto a todos los hombres y mujeres que han existido, existen y existirán. La especie es una y los individuos muchos. Cada uno posee un rostro irrepetible, una voz que nunca volverá a sonar del mismo modo en la historia, una mirada que ocupa un lugar único bajo la luz del mundo. El principio que explica esta multiplicidad dentro de la unidad específica es la materia, porque es ella la que individualiza.

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El desajuste del hombre

Recurro a la antropología y la sociología para dar más precisión a mis notas. Comienzo poniendo en contraste el ajuste animal con el desajuste humano.

La naturaleza, que en el animal ensambla como un artesano minucioso la pieza exacta en el hueco exacto, parece haber abandonado al hombre antes de tiempo, como si lo hubiera arrojado del taller sin pulir las aristas. Quedó incompleto, abierto y con resortes sueltos que no encajan del todo.

Ese desajuste no se corrige con la edad. El adulto sigue siendo un cuerpo sin compás fijo, atravesado por impulsos que no obedecen a ritmo ni a destino. Su sexualidad, por ejemplo, no se ciñe al orden sencillo del celo animal. En el perro, el deseo llega cuando la hembra lo llama con un signo claro; se cumple el acto y vuelve la calma. El hombre, en cambio, vive en una vigilia perpetua, encendido por cualquier chispa, por mínima que sea; un roce, una mirada, un recuerdo que se alza como un viento tibio en la noche, una vaga esperanza que ha brotado de una mirada, enciende el deseo. No hay llamada externa que ordene su impulso, ni calendario que lo module. Y esa energía, sin cadencia, tiende al desborde. Está condenado a guardarse o a perderse.

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Lo que no se acaba

Por eso Ulises debió volver y enterrar a Elpénor. No por obediencia a los dioses. Sino por respeto al abismo. Había algo en la muerte que no podía tocarse, no podía encerrarse en un frasco de laboratorio ni encerrarse en un ataúd bien barnizado. Algo que no obedecía ni a los microscopios ni a las … Leer más

Sobre metafísica

Un hombre piensa, siente, imagina, y como pensar, sentir e imaginar son acciones que acontecen en lo que él llama su interior, cree que proceden enteramente de ahí. Se concibe a sí mismo como el manantial de donde emanan pensamientos amores, creencias y proyectos. Cuesta convencerse de lo contrario, pero lo contrario es lo cierto. … Leer más