El argumento maestro de Diodoro Crono

Sobre el peso del pasado y el ser de lo posible

I. Megara, escuela de la refutación

Euclides de Megara no debe confundirse con el geómetra. La tradición cuenta que fue de los primeros discípulos de Sócrates. Cuando Atenas prohibió a los megarenses pisar la ciudad (432-431 a. C.), se dice que entraba de noche, disfrazado de mujer, para oír a su maestro. Estuvo en la muerte de Sócrates (400-399), y en su casa se refugiaron Platón y otros socráticos.[1]

Antes de conocer a Sócrates, Euclides se había formado en la doctrina eleática. Después la torció en sentido moral: el Uno de Parménides pasó a ser el Bien, y la virtud, una unidad. Según Diógenes Laercio, el Uno recibía muchos nombres (Dios, razón, prudencia), pero seguía siendo uno. De ahí que Euclides negara un principio contrario al Bien, pues habría sido multiplicidad, y la multiplicidad era para los eléatas apariencia.

Con Eubúlides la escuela derivó hacia la erística, un arte de la refutación por reducción al absurdo. Le pertenece el problema del montón: un grano de trigo no hace montón, ni añadido otro grano, ¿en qué momento lo hay? También le pertenecen los enredos del cornudo («lo que no has perdido lo tienes; no has perdido cuernos; luego los tienes») y de Electra, que conoce a su hermano Orestes y no lo conoce, porque está delante de ella disfrazado.[2] Esos juegos tenían un propósito serio. Igual que las aporías de Zenón contra el movimiento, querían mostrar que el lenguaje ordinario, tomado al pie de la letra, conduce a lo imposible.

De esa escuela procede Diodoro Crono, apodado «el Dialéctico». No dejó, o no se conserva, ningún escrito, y fue más hombre de conversación que de tratados, como Sócrates. Tuvo un discípulo notable en Estilpón, que enseñó en Atenas hacia el 320 y fue expulsado de ella. A Estilpón, tras el saqueo de su ciudad, le preguntaron qué había perdido. Contestó que nadie le había visto llevarse la sabiduría ni el saber.[3] Zenón de Citio, el fundador del estoicismo, fue su alumno.

II. Tres proposiciones que no caben juntas

El nombre completo del argumento es ho kyrieuon logos, «el argumento dominante» o «maestro». No poseemos la versión de Diodoro. La conocemos por la reconstrucción de Epicteto, que la presenta como una incompatibilidad entre tres proposiciones plausibles:[4]

La primera dice que todo lo pasado verdadero es necesario. La segunda, que de lo posible no se sigue lo imposible. La tercera, que hay algo posible que ni es ni será verdadero.

Cada par de estas tesis contradice a la tercera. Diodoro, dice Epicteto, advirtió el conflicto y se sirvió de la plausibilidad de las dos primeras para demostrar que nada es posible que no sea verdadero ni vaya a serlo. Epicteto cuenta enseguida cómo se repartieron las escuelas posteriores. Cleantes y Antípatro, entre los estoicos, salvaban las tesis segunda y tercera y negaban la primera, es decir, que todo pasado verdadero sea necesario. Crisipo mantenía la primera y la tercera y negaba la segunda, y admitía por tanto que de lo posible pueda seguirse lo imposible. Diodoro había elegido el tercer camino: aceptaba las dos primeras y negaba la tercera.

Epicteto añade, con su ironía habitual, que si le preguntaran cuál de las tres defiende, respondería que no lo sabe, porque él no ha sido puesto en el mundo para comparar apariencias ajenas y fabricar una opinión propia. Sus palabras, en versión castellana de la edición de Tufts, son estas:

La observación no es ociosa. El argumento era ya en su tiempo un ejercicio de escuela, y a Epicteto le importa más la vida que la lógica. [5]

III. La conclusión de Diodoro

Lo que Diodoro sostenía queda claro por el resultado: sólo lo real es posible. Según la tradición que recogen Cicerón y Boecio, definía lo posible como lo que es o será verdadero, y lo necesario como lo que, siendo verdadero, no será falso.[6] Lo posible se reduce así a lo actual, presente o futuro.

Una exposición clásica del argumento lo desarrolla de este modo.[7] Lo posible no puede volverse imposible. Ahora bien, de dos proposiciones contradictorias, si una se realiza, la otra queda imposibilitada. Luego, si esa otra hubiera sido posible antes, lo imposible habría procedido de lo posible, y eso es lo que la segunda premisa prohíbe. En consecuencia, nunca fue posible. El ejemplo, tomado de esa misma exposición, tiene una elegancia inquietante. El mundo existe. Si alguna vez hubiera sido posible que no existiera, una posibilidad se habría convertido en imposibilidad. Como eso no puede ser, nunca fue posible que el mundo no existiese.

La tesis ha tenido una vida larga. Nicolai Hartmann la ha repetido en nuestro siglo, con vocabulario propio: lo que en realidad acontece depende de la totalidad de las condiciones dadas, y dadas esas condiciones no podría haber acontecido otra cosa.[8]

IV. El nudo del tiempo

Conviene ver dónde se anuda el problema. La primera premisa, la necesidad del pasado, resulta muy natural: nadie cambia lo que ya ha ocurrido. La segunda parece una regla mínima de la lógica modal. La tercera no es más que el uso corriente de la palabra «posible»: puede lloverme mañana aunque de hecho no vaya a llover. Lo escandaloso es que las tres, tomadas por separado, seducen y juntas se destruyen.

Lo que las une es una cuestión sobre el estatuto de las afirmaciones acerca del futuro. Si hoy es verdad que mañana no ocurrirá X, entonces lo fue también ayer y hace mil años. Y si fue verdad, entonces pertenece al pasado, y el pasado es necesario. De ahí a decir que X es imposible sólo falta un paso. Este es, en el fondo, el problema de los futuros contingentes.

V. La respuesta de Aristóteles

El tratamiento clásico de ese problema está en Sobre la interpretación IX, un texto muy debatido.[9] Conviene precisar antes la cronología. Aristóteles murió en el 322 y Diodoro floreció después, de modo que Aristóteles no responde a Diodoro sino a sus predecesores megáricos. El argumento maestro es la forma más aguda de una dificultad que el Estagirita ya tenía delante.

Aristóteles parte de un principio que acepta sin reservas. Respecto del pasado y del presente, todo enunciado es verdadero o falso de modo determinado. El problema aparece cuando se extiende esa regla al futuro. «Mañana habrá una batalla naval» y «mañana no la habrá» no pueden ser ambas verdaderas ni ambas falsas. Si una es hoy verdadera, entonces la batalla es necesaria, y si es falsa, imposible. Todo sucedería por necesidad, y con ello la deliberación, el esfuerzo y el azar serían ilusiones. ¿Para qué cavilar sobre lo que ya está dicho?

Su solución distingue dos planos. La disyunción «mañana habrá batalla naval o no la habrá» es hoy necesariamente verdadera, porque se cumple por el principio de tercero excluido. Pero de ahí no se sigue que sea necesario cada miembro. La necesidad afecta al «o» y no a los extremos. Los escolásticos formalizarían más tarde esta diferencia entre necesidad de la proposición compuesta y necesidad de cada parte. Para Aristóteles, además, el valor de verdad sigue al ser de las cosas, y donde el ser todavía no está determinado tampoco lo está la verdad del enunciado.

Su otro golpe a la escuela de Megara lo da en la Metafísica.[10] Allí rechaza que sólo haya potencia cuando hay acto. El constructor conserva su capacidad de construir aunque esté dormido, y una sustancia puede poseer una potencia real, natural o racional, de actuar o de no actuar, aunque no la ejerza ahora o aunque nunca llegue a ejercerla. Diodoro concluía que lo posible es lo actual, mientras que para Aristóteles la potencia es un modo de ser, distinto del acto, aunque ordenado a él.

Como capa interpretativa, y no de exposición, conviene añadir que los intérpretes discrepan sobre lo que Aristóteles afirma. Algunos sostienen que niega la bivalencia para los futuros contingentes. Otros piensan que sólo niega que la verdad presente de tales enunciados los haga necesarios. Cuál de las dos lecturas se adopte cambia bastante el alcance de la respuesta.

VI. Herederos modernos

La discusión no ha envejecido. Buena parte de la filosofía contemporánea del tiempo (Putnam, Rietdijk, Smart y otros) ha vuelto a una posición muy cercana a la diodórica.[11] Si la relatividad trata el tiempo como una dimensión más del continuo, cabe pensar que el futuro «ya está ahí», como lo están las regiones lejanas del espacio, en un universo de bloque. Los compatibilistas contemporáneos añaden que, así como el pasado no se puede cambiar, tampoco el futuro. Dennett pregunta con cierta sorna: ¿cambiarlo de qué a qué?[12]

Hay quien responde apoyándose en la filosofía de la información. Según ese planteamiento, la información no es una constante de la naturaleza sino algo que el proceso cósmico crea continuamente, y en esa creación interviene un margen irreductible de azar. Ciertas verdades acerca de sucesos futuros no existirían, por tanto, hasta que los sucesos potenciales se hicieran reales.[13] Es una tesis de escuela, no un resultado consensuado, y presupone lo que está en discusión. Coincide, sin embargo, con el instinto de Aristóteles: la verdad sobre lo futuro no precede al ser de lo futuro.

Convendría, en fin, distinguir dos cosas que se confunden con frecuencia. El fatalismo es una forma de determinismo, pero no toda predestinación exige leyes causales. El Destino personificado de los antiguos podía obrar arbitrariamente, incluso por milagro, y en ese caso la contingencia volvería a abrirse paso.

VII. Lo que está en juego

El argumento maestro puede leerse como un simple acertijo, pero también como una pregunta sobre el ser. ¿Tiene lo posible una realidad propia, distinta de la del acto? Si la respuesta es afirmativa, hay que admitir que las cosas pueden tener capacidades reales que no se cumplen, y con ellas un futuro abierto y un espacio para la libertad. Si es negativa, el mundo es lo que es y no podría haber sido otro, y la libertad sólo sobrevive como una palabra. Aristóteles eligió la primera opción y Diodoro la segunda. Cuánto de lo que hoy discutimos sobre el tiempo, el azar y la responsabilidad cae de un lado o de otro sigue siendo una cuestión abierta.


[1]Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, II, 106-112 (Euclides y la escuela megárica).

[2]Diógenes Laercio, II, 108-109, atribuye estos argumentos a Eubúlides. Algunos autores atribuyen a Diodoro el del cornudo; los materiales de partida siguen esta última tradición.

[3]Diógenes Laercio, II, 113-120 (Estilpón). Diodoro Crono: II, 111-112.

[4]Epicteto, Disertaciones, II, 19, 1-5. Los materiales de partida daban por error «libro 2, capítulo 1». Versión castellana de la edición de Tufts (Proyecto Perseo).

[5]Epicteto, Disertaciones, II, 19, 5. Traducción adaptada.

[6]Cicerón, Sobre el destino, 12-15; Boecio, Comentario a «Sobre la interpretación» de Aristóteles (segunda edición), a propósito del capítulo IX. Referencia dada de memoria: conviene cotejar la paginación antes de publicar.

[7]El pasaje procede de una exposición de manual en castellano sobre la escuela de Megara, cuyo autor no consta en los materiales de partida.

[8]Nicolai Hartmann, Möglichkeit und Wirklichkeit (1938).

[9]Aristóteles, Sobre la interpretación, 9, 18a28-19b4.

[10]Aristóteles, Metafísica, Θ 3, 1046b29 ss.

[11]Por ejemplo, C. W. Rietdijk (1966) y Hilary Putnam (1967) sobre relatividad y determinación del futuro; J. J. C. Smart, en la misma línea.

[12]La fórmula procede de los materiales de partida, que la atribuyen a Daniel Dennett. No he verificado el lugar exacto.

[13]Posición defendida en el sitio Information Philosopher (Bob Doyle), de donde parecen proceder los materiales de partida. La atribución de procedencia es probable, no comprobada.