Cae la tarde en Oaxaca. Bajo los laureles de la plaza, una campana llama a misa. Junto al quiosco, una mujer zapoteca vende tlayudas; algo más allá, dos estudiantes discuten, en un español de vocales demoradas, sobre un poema cuyo sentido todavía se les resiste. La escena tiene vida propia, pero un viajero llegado de un pequeño pueblo de Cuenca reconocería la disposición de la plaza, los soportales, la torre, quizá también esa inclinación tan nuestra a prolongar la tarde en una conversación. Advertiría, al mismo tiempo, cuánto le resulta ajeno; acaso el maíz, el color de los muros, una lengua más antigua que acompaña al español en la voz de quienes pasan. Entre lo familiar y lo desconocido nace entonces un reconocimiento singular. Tal vez la Hispanidad consista en descubrir algo de nuestra casa cuando nos sale al encuentro en una casa distinta.
Para comprenderla hay que detenerse primero en España, en una historia que ha reunido tierras, pueblos y modos de vivir cuya convivencia exigió tiempo, esfuerzo y no pocas discordias; una historia hecha de la austeridad de la meseta y de la costa mediterránea, de la lluvia de Galicia y de la luz de Almería, del castellano junto al catalán, el gallego y el euskera, de las huellas romanas, visigodas, judías y andalusíes. Su unidad se formó entre alianzas y guerras, fronteras y pactos. Nunca estuvo enteramente libre de discordia ni dejó de interrogarse acerca de sí misma. Creo que ninguna patria se ha preguntado tanto por lo que es.
La respuesta no puede encerrarse en una esencia inmóvil, porque hacerlo sería desconocer una labor histórica en la que se fueron encontrando lo diverso y lo común. España ha debido preguntarse, una y otra vez, cómo ser una sin dejar de extenderse, cómo conservar una forma común sin abolir cuanto en ella era distinto. En 1492 aquella pregunta atravesó el océano en tres carabelas y adquirió una dimensión que desbordaba ya la experiencia peninsular.
Nebrija publicó su gramática del castellano, la lengua del imperio y del derecho, mientras Colón y los Pinzones partían de Palos. Hay quienes han visto en aquella coincidencia un anuncio del dominio, y ciertamente la expansión de la lengua acompañó a la expansión del poder, pero aquel poder no comenzó su expansión americana mediante el envío de ejércitos; ningún ejército partió con Colón. Y la lengua, una vez entregada a sus hablantes, vive de lo que ellos hacen con ella.
El castellano llevado a Veracruz y al Callao recibió palabras del náhuatl, del quechua, del taíno y del guaraní. Aprendió a decir chocolate, cancha y huracán, y con cada nombre incorporó una realidad y una manera de percibirla. Hace ya mucho que una parte inmensa de su caudal vivo procede de América. Una carta escrita en Montevideo puede leerse hoy en Sevilla sin traducción. La costumbre nos oculta lo extraordinario de esa cercanía.
En español se conservan los pleitos de las audiencias coloniales y las canciones de cuna, los tratados de teología y los boleros. Teresa de Ávila exploró en él sus moradas interiores y Rubén Darío renovó desde Nicaragua la poesía de España. Su continuidad se sostiene precisamente en esa capacidad de recibir y de devolver transformado lo recibido. Ningún país, ninguna institución y ninguna academia pueden reclamar su posesión exclusiva.
Con la lengua llegó también una fe que llevaba consigo una determinada comprensión del hombre. El cristianismo levantó iglesias de piedra blanca en Arequipa, inspiró retablos cuyos ángeles recibieron de manos indígenas sus propios rasgos y sostuvo hospitales, cofradías y fiestas patronales que todavía ordenan el año de muchos pueblos. Pero su huella alcanza más allá de las formas visibles. Alcanza a la conciencia misma, porque cada persona posee una dignidad anterior a las concesiones del poder, una dignidad que el poder no otorga y que, por tanto, está obligado a reconocer.
La conducta histórica contradijo a veces esa exigencia. Hubo quienes invocaron a Dios mientras consumían la vida de otros. ¿Cuándo no ha habido agravios entre los seres humanos? Sin embargo, dentro de aquella misma tradición surgieron también las razones con las que juzgar los abusos. En 1511, Antonio de Montesinos preguntó desde un púlpito de La Española con qué derecho se mantenía a los indios en servidumbre. Las Casas, aquel obispo atrabiliario y embustero, dedicó su vida a defenderlos; Vitoria sostuvo en Salamanca (se cumplen ahora quinientos años de la fundación de la Escuela que lleva el nombre de esa ciudad) que los pueblos americanos eran legítimos señores de sus tierras. La controversia de Valladolid constituye uno de los testimonios más severos de aquel examen de conciencia.
Hubo a veces distancia entre la doctrina y los hechos y esa distancia debe ser reconocida sin eufemismos. Pero la existencia misma de la doctrina permitía conocer la contradicción y exigir responsabilidades por ella. Una civilización capaz de formular principios contra los cuales juzgar su propia conducta posee la posibilidad de volverse críticamente sobre sus actos. Otros imperios no han desarrollado con igual intensidad esa capacidad de someter su propia acción a juicio.
Esa capacidad de juicio obligó también a mirar el sufrimiento. Se destruyeron vidas mediante guerras y mediante la transmisión de enfermedades desconocidas para los indios. Son hechos que pertenecen a la historia común y deben conservar íntegra su gravedad. Pero pertenecen también a esa historia las vidas que resistieron, negociaron y crearon.
Los pueblos indígenas combatieron, pactaron, acudieron a los tribunales del rey, preservaron lenguas y ritos. Participaron en la formación de una cultura a la que aportaron algo que ninguna orden podía imponer ni obtener por decreto. Los africanos y sus descendientes llevaron consigo saberes, devociones y ritmos que acabarían siendo inseparables de la música del Caribe. El duelo encontró en sus cantos una forma de hacerse compartible sin dejar por ello de ser dolor.
El mestizaje recoge buena parte de esa experiencia. A comienzos del siglo XVII, el Inca Garcilaso, hijo de un capitán español y de una noble incaica, escribió sus Comentarios reales; contó el mundo de su madre en la lengua de su padre y asumió con orgullo su condición de mestizo. Sus páginas dejan sentir la dificultad y al mismo tiempo la fecundidad de pertenecer a dos herencias.
El mestizaje nació unas veces del amor y otras de la violencia, convivió con jerarquías de castas y con desprecios cuya huella persiste. Nada se gana ocultándolo, mas de aquella mezcla surgieron también formas de vida que ya no podían reducirse a ninguno de sus orígenes. Los pueblos americanos no se limitaron a recibir una herencia; la hicieron suya al recrearla.
¿Qué responsabilidad nos deja hoy esa historia?
La nostalgia imperial ofrece poco a una comunidad que sólo puede mantenerse mediante el reconocimiento entre iguales. España es su casa primera; esa precedencia histórica no le concede autoridad sobre las demás. Una comunidad de memoria no puede convertirse en jerarquía política. Su legitimidad presente depende precisamente de la libertad con que quienes la integran quieran reconocerse en ella.
Los vínculos, si han de permanecer vivos, necesitan obras concretas. Necesitan estudiantes que crucen el océano y libros que viajen de Bogotá a Barcelona, archivos accesibles, traducciones y bibliotecas, una educación capaz de enseñar sin ocultaciones los logros y los desvaríos de aquella historia, el cuidado de las lenguas indígenas y una acogida capaz de reconocer en quienes llegan de América a España no a extraños absolutos, sino a interlocutores de una conversación largamente compartida. La libertad da sentido a esa pertenencia.
Ha anochecido en Oaxaca. La campana calla. La mujer recoge su puesto y los estudiantes continúan ante el poema, que ahora parece entregarles algo de su secreto. Hablan una lengua llegada del otro lado del mar, pero en sus voces esa lengua posee ya el acento de la ciudad, el tiempo de sus calles y la intimidad de sus vidas. La plaza va quedándose vacía. La conversación, sin embargo, continúa.